30/8/15

Fascismo acústico

R. ha regresado a España y te has quedado solo. Al llegar a Ithaca, después de la ida y vuelta en coche a New York para acercarla al aeropuerto, sientes que la casa está vacía. Es curioso que eches de menos sus espacios en una casa que no es la tuya. Han sido sólo tres semanas, pero cada uno ha ido ocupando su rincón y las huellas se forman en menos tiempo de lo que imaginas. Ese sillón que hace un menos de mes te resultaba extraño es ya una ausencia concreta. Por un momento, te invade la nostalgia. Pero es sólo un momento, porque nada más llegar encuentras a los vecinos dando por saco y lo que te invade es una gana de ponerles una bomba para que se callen. Esto del ruido americano va a acabar convirtiéndose en una pesadilla.

A las cuatro de la mañana del miércoles pasado escribiste un estado de Facebook cagándote en los muertos del ocupante de la habitación de al lado del motel de New Jersey en el que pasabas la noche con R. Al día siguiente salía su avión de regreso a España y queríais descansar para que el viaje no se hiciera demasiado pesado. Pero no hubo manera. La televisión de la habitación contigua sonaba a todo volumen y así era imposible dormir. El sitio era algo chungo, así que decidiste no hacer nada y esperar a que la apagaran. Pero conforme avanzaba la noche y la televisión seguía sonando, el cabreo iba en aumento hasta llegar la desesperación, hasta llegar a escribir “si tuvieras un arma te plantabas allí y le volabas la tapa de los sesos”, hasta llegar a pensarlo seriamente.


Es algo que no aguantas, el fascismo acústico, que la gente te haga escuchar sus mierdas, que le importe un bledo si molestan o no. Eso lo que te va a tocar todo el año. Tus vecinos de casa también son de esos que les gusta poner la música a todo volumen. No la pones tú y tienes que tragarte lo suyo. Poner la música a todo volumen es una forma de decir claramente que te importa una mierda todo lo demás, que se jodan los otros. Poner la música a todo volumen es una manera de restregar tu polla por la cara a los vecinos, de penetrar sus oídos, de violar su intimidad. Es, en una palabra, ser incivilizado. Joder al personal.

Creías que en España la gente era ruidosa –la imagen típica de los murcianos gritando en los museos, o los andaluces montando jaleo–. Pero no way. Estos americanos también dan por culo. Y mucho. Especialmente los estudiantes. Imaginas que luego serán serios en los exámenes, pero ahora no hay huevos a aguantar sus gritos y voceríos. Vas por la calle y parece esto una jungla. La noche los transforma. La luna los convierte en grito. Sus borracheras son más ruidosas que las vuestras. De lejos. Hay algo de totalitario en ese hacer ruido y montar escándalo. Es un tipo de invasión. A veces no son necesarios los tanques ni las armas de fuego. Y la resistencia a eso es muy jodida. Cabe ponerles flamenquito a toda pastilla, contraatacar con Melendi. Pero la guerra que se puede iniciar entonces es demasiado sangrienta. Dios dirá.




25/8/15

Ahora empieza todo

Ithaca cambia de la noche a la mañana. El lugar tranquilo y aislado se convierte en una especie de locura estudiantil. El viernes, durante el Move-In Day, las casas y los colegios mayores se llenan de estudiantes y la universidad se convierte en un ir y venir continuo de padres, hijos y espíritu santo.

Tu casa también se llena. Cuando dijiste que habías alquilado el apartamento en Stewart Avenue alguien te comentó que esa era la calle de las fiestas. Party Street, dijeron. No importa, pensaste. Mejor. Además, soy español; fiestas a mí. Pero el caso es que tenían razón. Las fiestas están bien, pero no cuando suceden en el apartamento de arriba o en la casa de al lado –y no te invitan, claro–. Desde el viernes el aislamiento se ha convertido en una especie de jolgorio continuo. Creías que esas fiestas de las películas, tipo Desmadre a la americana, sólo suceden en las películas. Pero no. Suceden también frente a la ventana de tu dormitorio. Gritos, música y alcohol. Eso sí, a la una de la madrugada cierran el chiringuito. Pero hasta entonces…

También vosotros vais a una fiesta el sábado. Es la despedida de P., a quien conociste la otra vez que estuviste en Cornell, y que ahora se va de sabático. Su fiesta es más un encuentro de amigos. Aunque también hay alcohol y música, pero no gritos. Si acaso, suspiros. Encuentras allí a varios amigos de la otra vez y conoces a gente nueva. Tu inglés no da para mucho, pero la mayoría habla español y por eso te salvas. El momento curioso de la noche sucede cuando conoces a S. y le dices que eres de España. De Murcia, apostillas. “Mi mejor amiga es de Sangonera la Verde”, dice. No das crédito y tienes que buscar a R. para decírselo y echar unas risas. Habéis estado bromeando sobre eso todo el viaje.

En la casa hay de todo tipo de bebidas y sobre todo una gran ensaladera en la que P. ha hecho un ponche al que ha echado de todo. Pruebas el vino, la cerveza, el bourbon y te obcecas en caer una y otra vez en el ponche. Es peligroso, dicen. Una bomba. Pero no tú no cesas de recargar el vaso. Cuando llegáis a casa apenas das el habla –en ningún idioma– y caes a la cama rendido. La resaca del día siguiente es de las más grandes que has tenido. Cada vez que recuerdas el ponche te entran el sudor frío y se te encoge el estómago. La cabeza te explota como si tuvieras gente dentro. Silencio, por favor.

Temes lo peor cuando R. te dice “el vecino se ha comprado unos altavoces grandes. He visto la caja en la basura”. Mierda, piensas. Y tus temores se cumplen. El colega le da uso a los altavoces… a las cuatro de la tarde. Aquí no hay siesta. Vaya, vaya. La casa entera se mueve. Y no vale con que te pongas los auriculares. Vibra el estómago. Como también vibra la casa cada vez que se mueven y saltan, o lo que quiera que sea que estén haciendo. Parecen elefantes. O saltimbanquis. A cualquier hora. Hoy estás especialmente sensible, pero como este jaleo vaya para largo intuyes que vas a pasar bastante tiempo en la Society. Allí sí que trabajas tranquilo. Lo mismo acabas llevándote una cama o improvisas algo sobre la moqueta. Acabarás haciéndote amigo del fantasma de A. D. White.

El lunes también hacen fiesta. O pseudo fiesta. Contratacas poniendo a Astrud y a Ojete Calor. A ver si las letras los asustan. Pero rápidamente te das cuenta de que lo tienes todo perdido. Tu única solución es comparte unos altavoces grandes y darte al reguetón. Ya verás lo que haces.

Mañana te quedas solo. R. regresa a España y tú ya la echas de menos. Ha sido un mes especial. Una especie de pseudovacaciones antes de comenzar el verdadero trabajo. Hoy habéis dado el último paseo por el Downtown. Al volver a casa se te ha ocurrido la feliz idea de pasar a retocarte la barba en una “Barber Shop” americana. Qué típica, has pensado, como las de las películas, vamos a entrar. Pero lo que ha pasado en el interior ha tenido menos gracia. Por mucho que has dicho que sólo querías un pequeño recorte –las puntas–, el barbero –o lo que fuera eso que estaba allí de pie plantado– ha sacado la máquina y no ha atendido ya ninguna súplica. Al ver que nada tenía remedio, has cerrado los ojos. Sólo al llegar a casa has tenido el coraje de mirarte al espejo y comprobar que se había llevado por delante siete meses de barba. Afortunadamente eso crece. Tienes tiempo por delante. Un año, casi. De hecho, ahora empieza todo.




20/8/15

Rituales cotidianos

Algo más de dos semanas. El tiempo pasa rápido y lento al mismo tiempo. Parece que llevas aquí varios meses y, a la vez, que apenas has llegado. Imaginas que esa sensación de tiempo trastornado la seguirás teniendo conforme pasen los días, las semanas y los meses.

El papeleo parece que va llegando a su fin. Cada gestión ha sido una pesadilla. El inglés te lo ha hecho todo más difícil. El lenguaje burocrático y las mil y una forms que rellenar. Pero ya está todo hecho. Tienes tu tarjeta de Cornell, tu seguro médico, has solicitado el número de la seguridad social, te has apuntado al gimnasio… ya estás monitorizado e instalado por completo.

Escribes este post ya desde el despacho de la Society, en un momento de descanso, con un café junto al ordenador. Café largo, aguado, pero adictivo. Hay una cafetera en la cocina y no cesas de bajar una y otra vez. En España te diste duro al hígado con el alcohol; aquí le va a tocar al riñón. Pero necesitas el ritual. Llegas al despacho después subir varias cuestas o, si estás cansado, de tomar la línea 30 (curiosamente, el mismo número que pasaba por tu pueblo y en el que fuiste al instituto y a la universidad) y, nada más dejar la mochila junto a la mesa y encender el ordenador, bajas a por café. Está ya hecho en la cafetera, caliente, como si te hubiera estado esperando. Subes con la taza a rebosar por las escaleras de madera alfombradas intentando hacer el menos ruido posible. Y es en ese trayecto donde vas poniendo tu mente en disposición de estudiar. Un ritual, un momento en el que se abren todos los poros del conocimiento. El mundo exterior se aleja, y te concentras en los libros y las ideas. Como hoy, mientras lees a Peter Galison y su fascinante trabajo sobre la simultaneidad y el modo en que el mundo sincronizó sus relojes a finales del siglo XIX y ya nunca más volvió a ser el mismo.

Pero el mundo exterior también es necesario. Pasear junto a las cascadas, viajar (ya contarás el viaje a Cumberland en el siguiente post) y también llegar a casa. en cualquier caso: desconectar. Intentarás mantenerlo así. Cada cosa en su sitio. 

Sigues hipnotizado con House of Cards. R. y tú estáis haciendo un maratón que en ocasiones te ha hecho ya tener pesadillas con Frank Underwood. Le estáis sacando partido a Netflix. Una inversión que merece la pena. También merece la pena puentear la IP americana para poder ver por momentos el fútbol. Te dan miedo estas cosas aquí, pero has descubierto el modo legal de hacerlo. Hasta que se demuestre lo contrario.

Las hamburguesas también merecen la pena. La de anoche fue memorable. Y la cerveza, Golden Secret. The Ithaca Ale House está demasiado cerca de casa. Intuyes que vas a reincidir en esa barra en más de una ocasión. R. también se ha dado cuenta. Al regresar, encontráis las luces de los vecinos encendidas. Ya está la casa llena de gente. Hacen ruido, pisan el suelo como si fueran elefantes. Por la noche os despiertan. Pero sabes que la semana que viene, cuando R. se vaya y te quedes solo, agradecerás las pisadas y los signos de vida en la casa de arriba.


16/8/15

Proyectos del futuro presente

Lunes 10

Comienza la semana y, aunque aquí aún no hay ningún fellow, te pasas por la Society. Ha llegado una de las cajas de libros que enviaste desde España y te hace ilusión colocarlos. Aquí tendrás todos los libros del mundo, es cierto, pero hay cosas en español que es difícil encontrar o, sobre todo, ciertos textos que necesitas subrayar y trabajar directamente. Por alguna razón, no estás demasiado habituado a usar libros de la biblioteca y eso te arruina algunos meses, porque no dejas de comprar y comprar. Aquí intentarás cambiar algo ese hábito, aunque eres consciente de que a veces necesitas subrayar para hacer tuyo el conocimiento, para llevártelo a tu terreno. Subrayar es una forma de poseer, de tener, como quien marca un ternero con su sello. Tener y saber, aunque no siempre –afortunadamente–, en ocasiones son términos sinónimos.

Colocas los libros y comienzas a diseñar el plan de investigación de este curso. Son varios proyectos. Por un lado, quieres ampliar y completar tu libro sobre los artistas historiadores y Walter Benjamin. Para que funcione fuera de España y pueda ser traducido a otros contextos necesitas estudiar el trabajo de artistas historiadores de otros ámbitos. Aprovecharás que tienes que escribir dos artículos para revistas académicas y dedicarás cada uno de ellos a un artista diferente con la intención de ampliar el contexto del trabajo. Fernando Bryce y la relación entre arte contemporáneo e historia en Latinoamérica y Akram Zaatari y el contexto de Oriente Próximo. Son dos artistas y dos contextos que te interesan especialmente. Con estos dos ámbitos y quizá con el trabajo sobre artistas que reflexionan sobre la historia a nivel global el libro se habrá ampliado y, con el tiempo, podrás comenzar a hacerlo circular fuera de España.

El otro proyecto es el seminario que tendrás que impartir en el segundo semestre. Contratiempos: anacronismo y obsolescencia en el arte contemporáneo. Quieres que sea la base de otro libro sobre el arte contemporáneo y los (h)usos del tiempo. Quizá menos académico y más ensayístico. Llevas varios días dándole vueltas al índice, a la estructura y al enfoque. Aún no lo tienes claro, pero poco a poco va tomando forma en tu cabeza. Te gustaría poder tenerlo antes de acabar la estancia y regresar a España el próximo junio con el libro debajo del brazo.

Son proyectos, claro. Nada más. Luego la realidad siempre es diferente. Lo único que tienes claro es que no vas a acumular información para trabajarla más adelante. Uno de los errores más grandes que has cometido en muchas de tus estancias de investigación ha sido volverte loco buscando artículos, textos, libros… fotocopiando y archivando documentos para un futuro que luego nunca ha llegado. Uno tiene la sensación de que tiene que aprovechar estas grandes bibliotecas para llevarse todo lo posible. Y que ya en casa escribirá y reflexionará sobre todo lo que ha archivado. Pero ese tiempo futuro de paz para escribir y reflexionar después no acaba de llegar. Y lo único que queda de la estancia es un archivo inmenso que no siempre se vuelve a consultar.

Por tu experiencia, lo mejor es aprovechar el tiempo para leer y escribir. Por supuesto, también buscar. Pero eso no llevarse más del diez por ciento (o menos) del trabajo. Lo que sí tienes aquí es tiempo y tranquilidad para la lectura. Y tienes que aprovecharlo. Hacerlo igual que hiciste en el Clark, donde pudiste leer casi al completo la obra de Benjamin. Y esa fue la base teórica de mucho de lo que has escrito después. Así que tu intención por encima de todo será leer y reflexionar sobre lo que lees. Tiempo para pensar y tiempo para escribir. 

Aprovechar el presente y no confiar jamás en el futuro. Si algo sabes ya es que no hay un tiempo por venir. O que ese tiempo por venir siempre viene de un modo diferente al que uno ha imaginado.



13/8/15

Encontrar un hogar

Miércoles 5 - Domingo 9

Te levantas temprano y haces café. Agua sucia marrón. Vas a echar de menos tu Nespresso. Desayunáis y salís rumbo a Cornell. Tienes que notificar tu llegada a la Oficina de Internacionales (ISSO). Llegáis sudorosos después de subir varias cuestas. Le habías contado a R. que Ithaca era una montaña rusa, pero ha tenido que venir aquí para experimentarlo. Tienes que volver a acostumbrarte. De momento, paras a la mitad para tomar aire y seguir subiendo.

Después de notificar tu llegada, vas por fin a la Society for the Humanities. El edificio de nuevo te sorprende. Es la antigua casa del primer presidente de Cornell, A. D. White, un edificio histórico que parece sacado de alguna novela de época. T. y M. te reciben entre abrazos. Es un placer volver a verlos. Te enseñan tu oficina y te quedas enamorado del lugar. Te imaginas allí los próximos meses leyendo y escribiendo y se te ponen ya los dientes largos. Das las gracias una y otra vez. Es mucho más de lo que habías soñado.

Coméis en una de las cafeterías de Cornell y tomáis un autobús al centro comercial para comprar un móvil americano. Necesitas eso y también internet en casa. Vais pillando redes wifi por los bares como si fuera el maná. Por la noche, lees y te entra el sueño antes de tiempo.

Al día siguiente, tras varios intentos, consigues hacerte la cuenta bancaria para que la universidad pueda pagarte.  Después, vas a la ciudad y contratas internet para la casa. El trámite es fácil. Y el servicio de Time Warner Cable no puede ser más rápido. De regreso coméis un pancake con sirope en un Diner que parece sacado de una película. Es el momento en que lo cinematográfico aparece con más fuerza. Esta vez, por alguna razón, quizá porque no estás solo, la sensación de estar en una película parece haberse esfumado. Y solo vuelve en algunos momentos concretos.

Por la noche, al fin, consigues instalar internet. Tener wifi en casa es convertirlo en un hogar. Sólo a partir de ese momento comienzas realmente a habitar con tranquilidad el lugar. Wifi y móvil: ahora ya estás comunicado, aunque sea para no comunicarte.

Acabas de leer Risa en la oscuridad y te da la sensación de que, en muchos aspectos, es un precedente del trabajo con las emociones y los celos que tienen lugar en Lolita. Nabokov la escribió en ruso en los años treinta y luego la tradujo. Aunque la acción está situada en Berlín a principios de siglo, no puedes dejar de imaginártelo todo como si sucediera en Estados Unidos en los años cincuenta. Hay autores que son modernos incluso antes de ser modernos.

El viernes aprovechas que la Society está vacía para comenzar a instalarte en el despacho. Entras con tus llaves por la puerta de atrás y te sientes un privilegiado. En el despacho despliegas cuadernos sobre la mesa, colocas algún libro en la estantería y enciendes el ordenador. Tendrás que acostumbrarte al teclado en inglés. Al salir de la oficina te das cuenta de que han puesto tu nombre en la puerta. Sientes que, de algún modo, ya hay algo tuyo allí. O al revés, que algo de eso te pertenece. Hay una filiación extraña entre tú y ese lugar histórico.


Coméis una ensalada en el Terrace. Vas descubriéndole a R. los lugares que frecuentabas la otra vez. Al llegar a casa, contratas Netflix y casi sin solución de continuidad comenzáis a ver House of Cards. Tenías muchas ganas de ver esa serie. Y no te defrauda. Inmediatamente te enamoras de Frank Underwood. Es un personaje odioso y al mismo tiempo fabuloso. La alusión directa al espectador que hace Frank cada dos por tres te hace cómplice de sus fechorías y sientes una incomodidad que imaginas que irá creciendo durante la serie. Lo quieres y lo odias.

El sábado volvéis al centro comercial. Vais comprando poco a poco las cosas que faltan. Y también poco a poco os vais dando algunos caprichos. Comes demasiado. Sientes que has engordado y que casi no te cierran los pantalones. Así que por la tarde intentas salir a correr. Te has traído ropa de deporte y tienes en la cabeza apuntarte a un gimnasio en cuanto tengas un momento. Así que haces la prueba e intentas correr. Y sí, lo intentas. Pero sólo lo consigues lo justo. Las cuestas de Ithaca lo convierten todo en una tarea imposible. Cuesta arriba casi se te sale el corazón, y cuesta abajo se te salen los zapatos. Al final decides andar. Entras por un camino junto a una cascada y acabas cruzando un cementerio en el que ves a unos ciervos comiendo hierba junto a unas tumbas. Esa escena sí que te devuelve de nuevo a lo cinematográfico. Por alguna razón te viene a la cabeza The Leftovers. Por la noche, continuáis viendo House of Cards. Maratón. Le vais a sacar partido a Netflix.

El domingo lo pasas descansando. Lees prácticamente de un tirón La chica del tren. Es el thriller de estas vacaciones. Insustancial, pero ameno. Se pasa rápido y ya sabes qué tiene ese libro del que habla tanta gente. Nada, que es adictivo, pero no hay en él ni una sola idea, ni una escena, ni un diálogo, ni una emoción que reverbere después de llegar al punto final.


A las ocho quedáis con P., al que conociste la otra vez. Os invita a una hamburguesa en el Ithaca Beer Co. Allí están también T. y R. Es una velada muy agradable. Las hamburguesas y las cervezas están de vicio. Y la conversación, también. Lo único difícil es seguir el inglés. Poco a poco vas entendiendo más, pero continúa siendo una pesadilla. Y sobre todo sientes que no puedes decir todo lo que quieres, que tienes que simplificar las cosas, que el lenguaje es una especie de prisión que te deja con las manos atadas y sin libertad de movimiento. Piensas que jamás podrás hablar con fluidez. Lo has intentado más de mil veces, pero hay cosas que no son posibles. Y esta parece ser una de ellas. Tienes diez meses para demostrar lo contrario y conseguir que el inglés se transforme en una casa confortable, en un hogar habitable como ese que has conseguido encontrar en Ithaca. Algo que te dice que no va a ser fácil.



11/8/15

Road movie II

Martes, 5 de agosto 

Te despiertas varias veces durante la noche y al final decides levantarte temprano. En el desayuno conocéis a un portorriqueño que ha ido a visitar a su tía enferma y que va a aprovechar el día haciendo turismo por las Endless Mountains. Antes de salir para Ithaca, pones la ruta en el iPad y haces una captura de pantalla. No parece difícil llegar. Mucho más fácil que salir del JFK. Conducir de día es otra cosa. Pones música –una emisora de country– y comienzas la road movie. Todo fácil hasta un momento inesperado que no aparecía en la ruta del iPad: ¿hacia Albany o hacia Siracusa? Decides Albany. Y te equivocas. Pero no lo sabes hasta que una hora después no te suena nada y paras en un área de servicio. Allí consultáis el mapa de carreteras que hay en los aseos. 

Te has equivocado. Claramente. Vas en la dirección contraria. East en lugar de West. Le haces una foto al mapa y la consultas antes de volver a salir a la carretera. Sólo tienes una cosa clara. Para llegar a Ithaca hay que tomar la estatal 79. Y esa te deja en la puerta de casa. Por eso, cuando ves la señal, incluso antes de la ruta que te indica el mapa, decides cogerla. Dudas un momento, pero R. dice que es dirección West. Le haces caso, y después de un tiempo de cruzar pueblos y pueblos, ves por fin la señal que pone dirección Ithaca. La ves al mismo tiempo que te cruzas con un autobús de Cornell y dais un grito de alegría como si hubierais visto a un pariente en la otra punta del mundo. Estáis en el buen camino. Ahora sí, sin duda. Sólo falta esperar.

Cuando entráis en Ithaca ya te suena todo. Recuerdas la otra vez. Pasas por delante de Woodcrest Avenue y te entra la nostalgia. Es la misma ruta que hacías a pie. Os aproximáis a vuestro destino: Stewart Avenue. Giras a la derecha. Cien metros y ahí está la casa, la 112, igual que en la foto de Google Earth. Aparcas en la puerta y llamas a la casera para decirle que ya estáis ahí. Te dice que ha dejado las llaves en un sobre en la puerta y que tu apartamento es el 3, el de la parte de atrás. Cuando entras se te cae un poco el alma a los pies. La casa es algo viejuna y no tiene nada aparte de los muebles. Eso lo sabías, pero aun así no puedes evitar la decepción. Diez meses ahí se te van a hacer largos, piensas.


Hacéis una lista de todo lo que hay que comprar y tomas el coche hacia el Ithaca Mall. Recuerdas la ruta que hacía el autobús y por intuición acabas llegando después de atravesar el North Campus. Compráis casi como una pareja de recién casados (sábanas, toallas, platos, cubiertos, bombillas, sartenes, cafetera, tostadora…, y comida, claro). Vistes la casa entera. Inversión para diez meses. Ya verás qué haces con eso cuando te vayas. Quizá lo regales.

Devolvéis el coche a Enterprise RentalCar y un taxi os deja en el Downtown. Le enseñas a R. el centro de la ciudad. Os tomáis un café en The Commons y volvéis a casa, a menos de diez minutos andando del centro de la ciudad. La situación es perfecta. Justo entre Cornell y el Downtown. Eso es lo que te animó en última instancia a alquilarla. Eso y el precio. Podría estar algo mejor, es cierto, pero después de situar las cosas en su sitio, poner libros en la estantería, hacer la cama y cenar, la casa ya parece vuestra. No está tan mal. Te sientas en el sofá. Comienzas Risa en la oscuridad. Leer a Nabokov en Ithaca parece necesario. Te quedas durmiendo enseguida. También esbozas una sonrisa. En la oscuridad.

8/8/15

Road movie I

Lunes, 3 de agosto

Amaneces con dolor de cuello. Ayer se te quedó pillado y llevas dos días drogado con relajantes musculares. Hoy duele menos, pero duele. Es temprano. Cierras la puerta de tu apartamento y la nuca se te eriza. Pero ahora no es la tortícolis, sino un principio de nostalgia por lo que dejas atrás. Tantas y tantas cosas. No sabes si quieres irte. Diez meses fuera de casa. Afortunadamente R. viaja contigo. Y la distancia parece menor.

El autobús sale a las ocho. Directo. Murcia-Barajas. Llevas más maletas de la cuenta. Dicen que una por persona. Vosotros lleváis dos cada uno. Os miran mal. Sobre todo cuando el maletero se llena. Una por persona, repiten. Sí, sí, dices. Y acabas colocando las maletas casi como si fuera un Tetris y subiendo al autobús sin mirar a nadie.

No duermes en el viaje. El cuello no te deja. Llegáis a Barajas a mediodía y facturáis sin colas. Las maletas están en el peso justo. Todo va sobre ruedas. Al embarcar os cambian los asientos y ya no tendréis salida de emergencia para poder estirar las piernas. Os espera algo mejor: Clase Business. Cuando entras, miras a R. y no te lo crees. El sillón reclinable con masaje, menú especial, carta de vinos, trato de lujo. El vuelo a Nueva York se te hace corto y no te da tiempo a disfrutar de todas las comodidades. Incluso el dolor de cuello se te pasa. R. no para de hablar con el hombre del asiento de al lado. Cuando le pregunto que quién es, me enseña una fotografía dedicada. Es Felipe Rose, el indio de los Village People, uno de los dos únicos originales del grupo que quedan. Un señor tremendamente amable que no para de levantarse y firmar autógrafos y fotos encantado de la vida. 



Las cosas cambian después del aterrizaje. En inmigración la cola es liviana, pero te meten en el cuartito. La combinación de tu nombre y tu apellido es demasiado común. Varios narcos son Miguel o Hernández. No es la primera vez que te pasa. Al menos en esta ocasión han sido amables. Después, las maletas. Tardan en aparecer más de la cuenta y por un momento crees que os las han perdido.

Salís del aeropuerto, cogéis el air train y conseguís llegar –después de preguntar más de una vez– a la sucursal de Enterprise Car en la que habéis alquilado un coche. No te piden el carnet internacional de conducción y apenas tardas nada en hacer la gestión. La odisea verdadera comienza cuando tienes que salir del JFK y tu GPS –con su mapa de Estados Unidos recién instalado– no conecta con ningún satélite. Os ponéis a un lado de la carretera y hacéis tiempo para la conexión. Nada: “cero satélites”. Conectas el móvil: tampoco funciona el GPS en el punto en el que estáis.

Confías en la tecnología y, creyendo que el GPS se conectará en algún momento, decides continuar. Por mera intuición sigues las señales que te llevan a Manhattan. Ya se conectará, dices. Pero sigue en silencio. Y el coche se acerca cada vez más hacia la ciudad. A lo lejos ya se ve el Skyline. Es de noche y el Empire State está iluminado. Pero no le prestáis atención. R. sigue trasteando el GPS una y otra vez pero no hay manera de hacerlo funcionar. A ti se te seca la boca cuando cruzas un puente y ya te imaginas con el coche en medio de la 5ª Avenida.

Después de cruzar el puente, en un peaje, un policía os salva la vida. Os habéis metido en una zona prohibida y se acerca para solucionar la situación. Dice que le paguéis a él directamente el peaje y os pregunta que hacia dónde vais. Saca el móvil y os indica las carreteras que tenéis que tomar para llegar a Ithaca. En medio del nerviosismo, el ruido y el acento cerrado del policía sólo logras entender tres cosas: 95, Washington Bridge y 80. Arrancas el coche y es lo único que tienes en la cabeza. Sigues por la 95, sin salirte. Acabas junto al estadio de los Yankees, pero sigues. Cuando crees que te has perdido aparece la señal de Washington Bridge y la sigues. Enseguida las señales os llevan al Bronx. Dos opciones: Bronx o continuar en la otra dirección. De nuevo se te seca la boca. En última instancia continúas por la otra y ves por fin la señal de la carretera 80.

Poco a poco os alejáis de Nueva York y cruzáis hacia Nueva Jersey. Regresa la calma. Seguir la 80 hasta el final. Todo se relaja. Respiras. Tragas saliva. R. te da agua y comienzas a ser persona. Ha sido difícil. Pero lo habéis logrado. Ahora es de noche. Tenéis que llegar a East Stroudsburg, al motel de carretera que habéis reservado para pasar la noche. Está en el camino. Sólo hay que esperar a que aparezca la señal del pueblo y luego ya veréis cómo encontrar el sitio. Todo empieza a tranquilizarse. Los problemas regresan cuando comienza la tormenta y apenas puedes ver la carretera. De nuevo se te seca la boca cuando el limpiaparabrisas no da abasto y una cortina de agua te impide ver absolutamente nada. Son unos minutos, pero sientes que no dominas el coche ni la situación.

Deja de llover y encontráis la señal del pueblo. A lo lejos ves el neón del motel: Budget Inn. Es casi medianoche. Aparcas junto a la carretera y os dirigís al interior. Un señor extraño os atiende y os da la llave de la habitación. El pasillo largo y oscuro te recuerda a más de una película de terror. La habitación no está mal. Confortable. Podéis descansar. Ahora os reís y decís que ya tenéis algo que contar del viaje. Ahora, sí, cuando habéis llegado de milagro. Mañana queda la segunda parte de la road movie: llegar a Ithaca. Supuestamente es más fácil. Todo recto y luego cambiar a la 79. Os dormís enseguida. Lleváis casi 24 horas despiertos. 

Puto TomTom, dices antes de apagar la luz. Puta tecnología, añade R. Donde se ponga un mapa…



2/8/15

Maletas para un año

Llevas unos días queriendo escribir esto. No sabes cómo hacerlo. O mejor, no tienes tiempo para hacerlo. En unas horas saldrás para Ithaca. Un curso académico. De agosto a junio. Un año casi. Aún no eres consciente de lo que significa. Un cambio radical. Dejas Murcia, dejas a la familia, dejas a los amigos, dejas tantas y tantas cosas... Pero es un año. No es tanto. Apenas nada. O demasiado, según se mire. Un año a veces vale por una vida entera. Y en ocasiones incluso por mil.

Estás nervioso y, al mismo tiempo, ilusionado. Se abre una nueva etapa. La universidad de Cornell. La Society for the Humanities. Una beca para investigar sobre los usos del tiempo en el arte contemporáneo. Un contexto inmejorable para estudiar, leer y escribir. Y escapar así de todos los compromisos que has ido adquiriendo. La mejor excusa para decir que no a lo que no quieres hacer. Lo que llevas buscando desde hace años: tiempo para poder trabajar en lo que más te gusta. Pero también responsabilidad. Mucha. Y desafíos. Constantes. El mayor: el inglés. Hablar inglés, que siempre se te ha atragantado. Escribir, escuchar, dar conferencias en inglés. Una pesadilla. Pero esperas que esta vez sea la definitiva. De esta no pasa, te dices. Esta vez acabo hablando inglés, por mis cojones, piensas.

Metes en las maletas ropa para un año, libros para un año, ilusiones para un año. Después de un tiempo sin apenas escribir ensayo y centrado en la narrativa, este curso vas a volver a la Historia del Arte. Te apetece. Aunque no sabes si también escribirás narrativa este año. En principio no es tu intención. Pero sabes que acabarás cayendo en la tentación. Los fines de semana, las noches largas e insomnes... no vas a poder escapar. Además, ya llevas un nueva novela en la cabeza.

Lo que sí tienes claro es que apenas vas a leer narrativa en español. Es lo que más has leído en estos últimos años. Novelas y cuentos. Ficción. Dos o tres libros por semana. Ahora no podrás permitírtelo. Sólo leerás en español los ensayos para tu investigación. Y la narrativa intentarás leerla en inglés. Como puedas, porque aún te sigue costando trabajo disfrutar con la ficción en inglés. Pero sabes que es la mejor manera de mantener la mente en ese idioma. Y también de descubrir autores que aún no se han traducido.

También dejarás las colaboraciones en el periódico. Se acabó el Presente continuo y ahora se acaban las reseñas de libros. Quizá continúes aquí, en el blog, posteando de vez en cuando –sin día fijo– lo que te va sucediendo. En este tono, en segunda persona, como si fuera una segunda parte del Presente continuo. Pero sin periodicidad, sin la presión de tener que entregar las cosas en un día concreto. Sólo aquí, en este no (ha)lugar que nunca acabas de abandonar, que siempre permanece, aunque sea como un eco lejano de una existencia cuyo ritmo quisieras atrapar.

Porque de eso  al fin y al cabo es de lo que trata la escritura, de atrapar aquello que se escapa en cada momento, de dejar constancia de lo que, de lo contrario, se olvidará para siempre. Uno escribe para no perder la memoria, o para construirla –porque en el fondo cuando recordamos construimos nuestro pasado–. Escribir para afirmar. Para constatar que uno sigue estando vivo, que uno aún respira, que uno aún puede escribir. Por eso seguirás escribiendo aquí, dando cuenta de los días, de las semanas y los meses. Compartiendo tus alegrías, tu nerviosismo, tu ilusión. Un año. Casi. Apenas nada. O mucho. Según se mire.