13/6/16

Instrucciones para viajar en el tiempo [O cómo leer a Benjamin mientras ves la televisión]

[Publicado originalmente en Campo de Relámpagos, 30/04/2016]

Cada vez que vemos, escuchamos o leemos algo no lo hacemos de modo puro. Nuestro cerebro produce montajes de imágenes, historias y emociones. No existe una experiencia perceptiva autónoma; todo se mezcla en nuestra cabeza. Las cosas se relacionan con el antes y el después, y también se yuxtaponen, colisionan y contagian, creando nebulosas y suscitando preguntas a priori no imaginadas.

Estas semanas, mientras preparaba un seminario sobre arte y temporalidad y releía algunos textos sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin, me entretenía por las noches en la televisión con 22.11.63, la miniserie de J. J. Abrams, inspirada en la novela homónima de Stephen King, y con la segunda temporada de El Ministerio del tiempo, la serie de RTVE creada por Pablo y Javier Olivares. Dos maneras de entender el viaje en el tiempo y dos modos de relacionarse con la historia. Un viaje al pasado para intentar evitar el asesinato de Kennedy y convertir el mundo en un lugar mejor, y una estructura funcionarial que intenta a toda costa que la historia siga como está, porque, aunque las cosas no estén bien, siempre podrían estar peor. Rápidamente, estas ficciones comenzaron a dialogar con los textos. Y enseguida me di cuenta de que las ideas de Benjamin podían servir para entender mejor lo que veía en la televisión y, al revés, que lo que sucedía en estas series sugería otro contexto de lectura para los textos del filósofo alemán.

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En “Sobre el concepto de historia”, escrito entre finales de 1939 y principios de 1940, poco antes de su muerte, Benjamin proponía una noción de tiempo en la que la historia está abierta: el pasado, lejos de estar clausurado para siempre, reverbera en el presente, lo afecta, lo toca y convive con él. Para Benjamin, nada de lo perdido está dado por perdido. Y, al mismo tiempo, nada de lo pasado está aún a salvo, ni siquiera los muertos, que pueden volver a morir de nuevo si nos olvidamos de ellos. La tarea del historiador es salvar la historia. Traer el pasado al presente. Evitar que se olvide. Y hacerlo efectivo.

Leídas sobre el fondo de contraste de El Ministerio del tiempo y 22.11.63, las tesis de la historia casi pueden ser entendidas como una ética para viajar en el tiempo. Sobre todo porque suscitan una pregunta que está en el corazón de estas –y otras muchas– ficciones televisivas: si pudiéramos viajar atrás en el tiempo, ¿qué haríamos? ¿Deberíamos dejar la historia como está o intentaríamos cambiarla? Si nos fuese dada la posibilidad de resolver las injusticias del pasado, de viajar atrás y evitar el Nazismo, la Guerra Civil, el golpe de Estado, salvar la República, liberar a los esclavos, romper las cadenas, evitar las matanzas de tantos y tantos lugares, el accidente de nuestro padre, incluso la aventura pasajera que tuvimos y rompió nuestro matrimonio… ¿lo haríamos? Si el pasado estuviese abierto y pudiéramos actuar sobre él, ¿lo cambiaríamos? ¿O sería mejor dejar las cosas como están porque, al fin y al cabo, “lo hecho, hecho está”?

La respuesta de Benjamin –al menos la que se derivaría de sus tesis– sería contundente: si pudiéramos viajar en el tiempo, sin ninguna duda, deberíamos cambiar la historia y reparar las injusticias. Somos resultado de ellas; somos responsables de nuestro pasado. Y hay en nosotros una “débil fuerza mesiánica” capaz de arreglar el pasado, de hacer justicia. Por lo que, indiscutiblemente, deberíamos intentar arreglar las catástrofes del ayer, incluso si así se pusiera en riesgo la continuidad del presente.  

Esa podría ser la respuesta de Benjamin. Una de las posibles. Ahora bien, ¿cómo responden estas dos series a esa cuestión de la responsabilidad con el pasado? ¿Qué tipo de historia promueven? ¿Y qué clase de relación con el tiempo plantean?

La respuesta de El Ministerio del tiempo parece clara: la historia debe mantenerse como está. La tarea del Ministerio del tiempo es precisamente preservar la historia para que todo suceda, una y otra vez, tal y como ha sucedido. La historia debe seguir su línea continua y directa hasta el presente. Hasta “nuestro presente”. Porque la historia que no debe cambiar en esta serie es la historia de España. Una historia que, entre otras cosas, presupone la presencia de un concepto intemporal de nación que se traslada incluso hasta Altamira. Una historia, además, puramente evenemental, forjada a través de hitos políticos y culturales, y protagonizada por héroes y prohombres de la patria cuyas vidas son más importantes que las del pueblo llano. Aunque en alguna ocasión los personajes de la serie intentan rebelarse contra esta idea –“¿por qué salvar a unos y dejar morir a otros?”, se preguntan a veces–, la consigna del Ministerio es precisa: las cosas tienen que suceder tal y como sucedieron. La empatía del Ministerio –por decirlo en palabras de Benjamin– está con los vencedores de la historia.

Uno de los precedentes más claros de El Ministerio del tiempo es el clásico de la ciencia ficción La patrulla del tiempo, la serie de novelas cortas y narraciones de Poul Anderson en los que la historia también debe ser preservada. En ellas no es la historia de la nación, sino la historia universal. Una raza evolucionada, los danelianos, necesitan que la historia continúe como está para que el progreso y la evolución de la humanidad tenga lugar. Igual que sucede en El Ministerio del tiempo, las injusticias y catástrofes del pasado han merecido la pena para llegar al presente que tenemos. El sufrimiento del pasado está amortizado en las conquistas del presente. No hay, en verdad, mejor visualización del modelo de historia de Hegel. La historia tiene un sentido. El presente –el mundo feliz y evolucionado de los danelianos, o el mundo cutre y casposo de la España contemporánea– debe ser preservado. Este es nuestro espíritu. El presente era el destino. Y todo ha merecido la pena.

Frente a esta visión conservadora de la historia, el argumento de 22.11.63 plantea, al menos en un principio, una respuesta que parecería más cercana a la propuesta de Benjamin. A través de una puerta inter-temporal situada en la despensa de un diner de Lisbon Falls, Maine, Jake Epping –James Franco en la serie– viaja hacia un momento concreto del pasado –1960 en la serie, y 1958 en la novela de King– para intentar evitar el asesinato de Kennedy, convencido de que, así, Estados Unidos no irá a la Guerra de Vietnam y el mundo –no ya sólo la nación americana– será un lugar mejor. La historia, pues, debe ser transformada. Sin embargo, el tiempo se resiste a ser corregido y se defiende ante cualquier intento de cambio. “Estoy convencido de que hay algo que no quiere que se cambie el pasado”, dice uno de los personajes. Un algo que aquí ya no es la estructura burocrática del Estado como sucede en El Ministerio del tiempo, sino una especie de fuerza inmaterial –una entidad mágica– que tiende a la preservación.  [Alerta Spoiler durante los dos siguientes párrafos] Aun así, tras una serie de sacrificios personales, Jake logra evitar el asesinato de Kennedy –entre otras injusticias del pasado–.

En un principio, la respuesta de 22.11.63 parece menos conservadora que la de El Ministerio del tiempo; la historia debe cambiar. Sin embargo, cuando Jake regresa al presente, el mundo que se encuentra es una catástrofe. No queda demasiado claro lo que ha sucedido, pero sí que el mundo es peor de lo que era. Porque las cosas tenían que pasar tal y como ocurrieron. De algún modo, ése era el destino de la historia. Estamos sujetos al pasado y no tenemos agencia sobre él. La historia gana, nosotros perdemos. No importa las veces que intentemos cambiarla; siempre será peor. Esto recuerda al célebre cuento de Ray Bradbury, “Un ruido del trueno”, en el que una mariposa pisada por uno de los exploradores del viaje al tiempo de los dinosaurios cambia por completo el ciclo de la evolución. Cualquier cambio en el pasado afecta al presente. Y por lo general para peor. Cualquiera de los mundos posibles surgidos del cambio es siempre peor que el presente que nos ha tocado vivir.
Más allá de atender a la calidad de estas ficciones y a lo que uno pueda llegar disfrutar con ellas –confieso que me divierto como un crío con El Ministerio del tiempo y estoy convencido de que es uno de los mejores productos audiovisuales en español de los últimos años–, me parece necesario señalar la noción de historia que promueven y el modo en que ésta configura una visión estática del presente que aboga por el mantenimiento del estatus quo. Las luchas fracasadas del pasado, las catástrofes, los desastres… fueron sacrificios necesarios; es la lógica del vencedor. Un vencedor que, si lo pensamos bien, no es otro que el tiempo presente. Y es que, a diferencia de lo que creen los personajes de 22.11.63, no es el pasado el que evita que las cosas cambien, sino el presente, que intenta protegerse a toda costa. Es nuestro estado de “bienestar”, nuestro inconsciente acomodado, nuestro orden establecido, el que no puede concebir la posibilidad de ser puesto en juego y cercena por completo incluso la posibilidad de imaginar historias alternativas.
                                                                      
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En 1973, al reflexionar sobre las inmensas posibilidades de la ciencia ficción, el escritor Robert Silverberg escribía: “si todo fuese posible, si todas las puertas estuvieran abiertas, ¿qué mundo tendríamos?” La pregunta era un alegato en pro de la imaginación de mundos posibles, de otros pasados, otros presentes y, por supuesto, otros futuros. Recientemente, Karen Hellekson (The Alternate History: Refiguring Historical Time, 2013) ha utilizado esta cita para abrir su libro sobre la importancia de la historia alternativa y los modos de imaginar pasados y presentes diferentes a los que nos ha tocado vivir. Un modelo de historia –abierta, maleable, móvil– cercano al concebido por Benjamin hace ya más de ochenta años.

Un ejemplo de este modelo de ficción podríamos encontrarlo en la novela de Orson Scott Card Observadores de tiempo: la redención de Cristóbal Colón (1996). Allí, una sociedad evolucionada tras una serie de guerras y desastres construye unas máquinas para observar el pasado y poder, de esa manera, homenajear a todos los que han tenido que morir para que ese presente glorioso sea posible. El sufrimiento del pasado, de nuevo, ha creado el presente. Sin embargo, Tagiri, una de las observadoras del pasado, tras contemplar una matanza indígena y sentir que los observados también la observan a ella –y que esa visión, que confunden con la de un dios, afecta a la realidad–, comienza a pensar que el presente tiene una responsabilidad con el pasado y que los muertos pueden ser salvados. Sin embargo, salvarlos, evitar la injusticia, supone arriesgar ese presente perfecto en el que ella vive. Salvar el pasado sólo es posible en la novela a costa de perder el presente. ¿Qué hacer entonces? Si repara la injusticia, su presente desaparecerá para siempre. Si no lo hace, todo seguirá como está, y los muertos deberán morir de nuevo, una y otra vez, para que el presente pueda seguir existiendo. Tagiri no lo duda un momento e idea un plan para evitar el evento que según ella es el detonante de gran parte del sufrimiento del pasado, el descubrimiento de América. Evitar la injusticia supone la transformación de la historia, que excepcionalmente –al menos si uno piensa en el modo en que las ficciones que trabajan con el “efecto mariposa”– cambia para bien. Scott Card propone un final feliz en paz y armonía entre naciones, con un Cristóbal Colón redimido y con una historia sin conflictos. Más allá de esta visión utópica que cae en el buenismo y lo ingenuo, Observadores del tiempo sirve como ejemplo del intento de imaginar cómo habría sido el mundo si las cosas hubieran pasado de otro modo –una ucronía–, pero sobre todo del modo en que, a veces, es necesario sacrificar el presente para salvar el pasado.

La ciencia ficción es un laboratorio para imaginar mundos posibles, pero también en un lugar para plantear preguntas sobre el tiempo en que vivimos y lo dispuestos que estamos a cambiarlo. Todo es posible en la ficción. Allí, como sugería Silverberg, todas las puertas están abiertas. Si ni siquiera en ese espacio nos atrevemos a transformar la historia por miedo a lo que pueda suceder en el presente,  ¿cómo seremos capaces de hacerlo en la realidad? Si no podemos arriesgar el presente en la ficción, ¿cómo podremos transformar el mundo? A través del convencimiento de que siempre es mejor dejar las cosas como están y que el sistema debe continuar funcionando incluso si funciona mal, productos como El Ministerio del tiempo o 22.16.73, niegan la posibilidad de arriesgar el presente. Nos conminan a preservarlo a toda costa. Frente al futuro y frente a todas las amenazas. Son, como decía más arriba, las ficciones de los vencedores. Las ficciones de un sistema, un tiempo, que sólo funciona si todo sigue igual. Un tiempo que da sentido las injusticias y que oculta, una y otra vez, que la verdadera catástrofe, como escribía Benjamin, es precisamente que “esto” siga sucediendo. 


7/6/16

Diario de Ithaca 31 (Preferiría no hacerlo) [FIN]

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 06/06/16. Escuchar Podcast] 

Comienza la recta final. Apenas una semana y media para el regreso. Todo es ya una despedida. Cada desayuno, cada vuelta en la cama, cada paseo por el pueblo, cada libro que abro lleva consigo la textura del fin.

El miércoles sustituimos el seminario por la barbacoa de despedida. Algunos becarios se van al día siguiente. Cuesta trabajo contener las lágrimas. Ha sido un año especial, dice el director de la Society. Por muchas razones.


Después de la barbacoa, me acerco con Annetta a casa de Philip, que organiza también una fiesta de fin de curso con algunos profesores y estudiantes. Bebo un poco y tomo un taxi al Westy’s al encuentro del resto de los becarios. También está Lauren, con quien paso la noche hablando de arte hasta que cierran el bar. Es una pena haberla conocido tan tarde.

El jueves por la mañana, última clase del año. Al terminar, el aplauso de los estudiantes me emociona. Después, almorzamos juntos y me dicen que les ha entusiasmado el seminario. Yo les digo que he aprendido más que ellos. Me ha costado sudor, nervios y noches sin dormir. Pero ha merecido la pena.

Ithaca hoy es una fiesta. Slope day. Fin de clases, música y borrachera. Desde las ocho de la mañana, los altavoces de las fraternidades están a todo volumen. Y a las diez ya hay gente vomitando en las esquinas. Me acerco al lugar del concierto para hacer algunas fotos. Esta alegría también se ha vuelto nostalgia.


El viernes voy a un cumpleaños y me siento fuera de sitio. Por la noche hace frío y la calefacción está rota. Hoy parece que la ciudad quiere que me vaya. Al día siguiente me escribe Marta para decirme que ha fallecido su padre. Y a partir de ese momento yo solo quiero regresar. Es el detonante para que adelante el vuelo unos días. También está la oposición a la plaza de profesor titular, a la que quiero llegar con tiempo; y esa sensación de que aquí ya he terminado con todo. Una semana más no tiene sentido.

Por la tarde quedo con Francisco para despedirme. Comenzamos a beber en Argos y acabamos cerrando el Lot 10. Es un día raro. Apenas hay nadie en los bares. Regreso andando a casa y el paseo de nuevo me sabe a fin, a último sábado en Ithaca.

El domingo, Ricardo y Meredith invitan a su casa de la Eco-Village a los becarios que aún no nos hemos ido. Allí me despido de todos. Quedamos en visitarnos y volvernos a ver pronto. En Murcia, en Austin, en Londres, en cualquier otra parte. Siento que esta vez no son sólo palabras. Estoy seguro de que, antes o después, volveremos a encontrarnos.


Entre el lunes y el martes recojo el despacho y comienzo a hacer las maletas. He comprado libros por encima de mis posibilidades. Envío dos cajas por correo postal y el resto intento meterlo como puedo en el equipaje de mano.

La noche del martes organizo una cena con mis vecinos en North Star. Vienen Joe, Maria, Allan y Mel. La última hamburguesa antes de volver a casa. Esta sí que sabe a final. Igual que las cervezas. Lo saboreo todo como si estuviese en una cata de vinos. Tomamos las últimas en casa de Mel. Allí rompí una pareja. Parece que el perro aún se acuerda de mí.

Al regresar a casa intento apresar el momento, guardar en la memoria cada esquina, cada casa, cada ardilla que se cruza en el camino. Me demoro como si estuviera paseando una tortuga. Incluso la piel quiere percibir el roce del aire del Ithaca. Es la última noche.


Dejo la casa lo más limpia que puedo. Alquilo el coche y salgo para Nueva York. Antes de tomar el último semáforo paso por delante de la casa que alquilé en agosto. Allí también viví momentos bellos, hasta que llegaron los vecinos ruidosos. Son las ocho de la mañana. No toco el claxon como tenía pensado hacer.

Después de cuatro horas llego al JFK. Pago sobrepeso. Al pasar la maleta de mano por el escáner se forma un revuelo. Nadie quiere tocarla. Me apartan a un lado. He metido los libros a tal presión que en el escáner tan sólo se ve una masa compacta. La balanza portátil, también a presión sobre los libros, parece el detonador. Tras varios minutos de indecisión la abren y me miran con rencor. Yo respiro. El último escollo antes de volver.

Despega el avión mientras suena The National. Vanderley Cry Baby Cry. Imagino los créditos de esta película imaginaria. Fondo negro. Letras blancas, quizá algo amarillentas. Todo a cámara lenta.

En España me espera la gente que amo. Me espera también la plaza de profesor titular. Martín, el protagonista de mi novela, volvía de Williamstown sin nada. Mi historia es menos triste. Regreso a un presente continuo que me recibe con los brazos abiertos.

Ha sido un año mágico que nunca quisiera olvidar. Afortunadamente está este diario.

Supongo que algún día, cuando la memoria falle y no recuerde qué hice entre el verano de 2015 y la primavera de 2016, volveré a estas notas grabadas con voz tibia y entrecortada, a este texto escrito para amarrar con fuerza el pasado. Y volveré entonces a vivir estos meses extraños en el paraíso, este periodo de mi vida en el que a pesar de los desvelos, del inglés, de la nostalgia, del frío, de tantas y tantas cosas… no he podido ser más feliz.



THE END