16/5/15

Lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte

Hace ya algún tiempo escribí un pequeño cuento que titulé "Lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte". Me sirvió para cerrar Infraleve, un libro de esos que uno publica cuando es demasiado joven y luego no deja de arrepentirse una y otra vez. En el relato contaba una historia real que luego muchas veces mi madre recordó: la historia de una pastilla de jabón y de una mirada en un espejo. 
Hoy, más de diez años después, una pastilla de jabón casi desaparece en mi mano. Y no he podido evitar recordar. El cuento, el jabón, el espejo, mi padre y mi madre. Ya no me reconozco en esa manera de escribir. Y al cuento le falta ritmo por todos los lados. Pero la imagen me sigue pareciendo bella. Y cada vez que me viene a la cabeza me emociono. Por eso he decidido publicarlo de nuevo aquí. Una vez más. A pesar de todo.


Lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte
Desde que su marido murió, ella no hacía más que mirarse al espejo. Siempre al mismo espejo. Una y otra vez. Allí pasaba horas y horas. Mañanas, tardes y noches. Sentada. Recostada a veces sobre la silla. Mirando aquel espejo que nada tenía de particular.
Vivía sola, en un primer piso en el que apenas penetraba la luz. Y en aquella penumbra, paliada por la incandescencia de una bombilla, el espejo le ofrecía siempre la misma imagen, el reflejo de un rostro aún joven, pero marchito, marcado por el sufrimiento, ojeroso, descuidado, velado en ocasiones por algún cabello grasiento de un larga melena que en origen debió de ser rubia.
Sentada frente al espejo llevaba casi cuatro meses. Pero no estaba loca. Ella no estaba loca, se repetía una y otra vez; simplemente indagaba, buscaba algo que tenía que estar allí. De algún modo tiene que permanecer, pensaba. Algo debe quedar. Algo de él, ahí, mirándose, algún miasma de su reflejo habitando en la superficie especular.
Él se había mirado en aquel espejo pocos segundos antes de su muerte. ¿Quedaba algo de su mirada?, se preguntaba a cada momento. Quería reencontrarse allí con el infraleve poso de una mirada en un espejo. Y lo buscaba por todos los medios, amparada en la creencia de una posible sedimentación del ver, en la creencia de que lo que vemos, en cierto modo, también es lo que nos mira y que, desde allí, algo permanece.
La casa había dejado de oler a él. Progresivamente su esencia iba desapareciendo de todo. Su armario, su ropa, sus libros... sus cosas comenzaban a dejar de ser sus cosas para volver a ser solamente cosas, y nada de él iba quedando ya.
¿Lo último que tocó? Una pastilla de jabón. La pastilla con la que lavó sus manos. La misma que ella, desde entonces, acariciaba cada mañana para intentar sentir de nuevo su tacto. Pero aquella pastilla de jabón, poco a poco, también fue deshaciéndose cada mañana hasta que, cuatro meses después, apenas podía percibirse sobre sus manos.
Una mañana, cuando la pastilla se había convertido en un cristal transparente, ella supo que era la última mañana. La última que intentaría buscarlo en el espejo, la última que intentaría tocarlo en el jabón.
Se sentó como cada día a mirar su reflejo. Tanto tiempo lo había mirado que ya ni siquiera veía un rostro —el de ella— que se había hecho consustancial al espejo. Miraba sus propios ojos, pero tan sólo para in- tentar colocarlos en el mismo lugar en el que él pudo haber tenido los suyos, intentando hacerlos coincidir con lo que podría haber sido su última mirada. Si algo quedaba de él, sus ojos seguramente lo notarían.
Pero, como siempre, sus ojos no notaron nada. Sin embargo, ese día, al intentar ladear la mirada, sintió de repente un escalofrío que le subió por la nuca hasta el cuero cabelludo, y su cuerpo se erizó por completo.
¿Qué estaba sucediendo?

Nada.

Eso era precisamente lo que ocurría: que en el espejo no había nada. Absolutamente nada. Ocurría que ésa era la respuesta que tanto tiempo había buscado: “lo que queda en el espejo cuando dejas de mirarte”, murmulló. Nada. De él no queda ya nada allí, tan sólo su ausencia, una gran nada, inmensa, inabarcable.
Abatida, como último recurso, pensó entonces en conservar el pequeño y casi inexistente fragmento de jabón. Allí al menos sus manos sí habían tenido contacto directo. Para poder contemplarlo cada día, pensó en conservarlo en una urna de cristal. Pero cuando fue a guardarlo, la certidumbre de que, aun recordándolo, nunca más volvería a tocar lo que él tocó, hizo brotar en su ojo una lágrima, una sola, pero tan densa que, tras surcar su rostro, cayó sobre el pedacito de jabón y lo deshizo por completo.
Y allí acabó todo. El último resquicio de él diluido por una lágrima, lo infraleve de su tacto, por última vez, tocado infralevemente, y diluido para siempre.



10/5/15

Decepción

[Publicado en La Opinión, 09/05/15]

La semana pasada, en la mesa redonda que el SOS 4.8 dedicaba a “Narrar la decepción”, defendí la tesis de que uno de los orígenes de la literatura, al menos tal y como yo la entiendo, se encuentra en el desencanto con el mundo, en la sensación de que las cosas no han salido como esperábamos, que los planes se han truncado y que precisamente por eso es necesario escribir, como un remedio ante aquello que no podemos controlar. La idea de partida me la dio Muy poco… casi nada, el fascinante ensayo de Simon Critchley sobre el nihilismo contemporáneo. Allí el pensador británico observa que el origen de la Filosofía, en lugar de provenir, según la tradición  clásica, de la admiración por la belleza y las maravillas del mundo, se encuentra en la desilusión ante la imposibilidad de dar sentido a aquello que, en algún momento, creíamos conocer. La filosofía comienza, dice Critchley, “con un sentimiento indeterminado pero palpable de que algo deseado no se ha cumplido, de que un proyecto fantástico ha fracasado”.

Critchley escribe este libro tras la muerte de su padre. Y siente que debe escribirlo porque su vida se ha desmoronado, porque todo aquello que tenía sentido ha dejado de tenerlo. En ese momento el mundo encantado desaparece y se muestra en su otro, se le ven las costuras y se revela que el truco de magia era sólo un truco, que el aparente sentido del mundo es sólo aparente. Y todo se deshilacha.

La decepción surge de la articulación de dos emociones primarias: la sorpresa y la pena. La sorpresa llega porque encontramos una realidad imprevista: porque aquello que pensábamos acaba siendo diferente, porque no se ajusta a la expectativa. Y la pena, la frustración, precisamente surge porque esa cara que muestran las cosas es lado negativo de nuestros planes.

Muchos son los escritores que se han adentrado en la decepción –no se puede entender la historia de la literatura moderna sin atender a esta sensación–, pero quizá pocos hayan llegado tan lejos como el austriaco Thomas Bernhard. Toda su obra se halla atravesada por la frustración, pero hay un libro que, casi de modo destilado, muestra el modo en que esa sensación funciona en la literatura: El malogrado, una de las novelas más terribles y lúcidas que jamás he leído. Escrita en un tono obsesivo, desgarrador y áspero –como todo Bernhard–, esta obra relata la historia de aquellos que, ante la visión del genio absoluto –el pianista Glenn Gould y su ejecución de las Variaciones Goldberg de Bach–, toman consciencia de que jamás alcanzarán la gloria del arte. Wertheimer, uno de ellos –el malogrado–, vive atormentado por no poder llegar a la altura del genio y acaba sus días ahorcándose frente a la casa de su hermana –así comienza la novela–; y el narrador, también consciente de esta imposibilidad, decide dejar la música y dedicarse a la escritura, rendir memoria, contar historias, hablar acerca del genio porque jamás él podrá serlo.


La contemplación del genio, la decepción, la frustración por no poder lograr aquello que desearíamos, se muestra aquí como origen de la escritura. Si lo pensamos bien, lo que está detrás de la novela de Bernhard es la toma de consciencia de que la propia literatura es una forma de decepción. El libro surge como respuesta a la decepción. Escribimos para afrontar la decepción ante el mundo: el rechazo, la frustración, el deseo incumplido. Escribimos para entender. Escribimos, en el fondo, porque somos malogrados.

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20/4/15

Tiempo y memoria en la cultura visual contemporánea

Esta semana, en el Museo de Bellas Artes de Murcia (MUBAM), la pasaremos reflexionando sobre tiempo y memoria en la cultura visual contemporánea. Os dejo aquí el programa por si a alguien le interesa acercarse en algún momento. Bienvenido será.




19/4/15

Versos al final de todo

[Publicado en La Opinión, 18/04/2015]

No soy yo muy de leer poesía. Por alguna razón extraña, la tengo abandonada. A veces la leo muy rápido y siento que me pierdo demasiadas cosas. Es problema mío, lo sé. Y tengo que solventarlo, también lo sé. Aun así, de vez en cuando cae en mis manos algún poemario que se me mete dentro y ya no sé cómo sacármelo. Es lo que me ha pasado recientemente con El hundimiento, el libro con el que Manuel Vilas ha ganado el XVII Premio de Poesía Generación del 27. Llevo unas semanas atrapado en su interior y no puedo parar de releerlo, una y otra vez. Se ha quedado a vivir en la mesita de noche y vuelvo a él de vez en cuando como si fuera una especie de droga perversa. Supongo que será que estoy melancólico estas semanas,  sensible, con las emociones a flor de piel. Será eso y será sobre todo que se trata de un libro sobrecogedor, terrible, brutal, absolutamente necesario. Cada poema es una bofetada. Algunos vibran directamente en las entrañas y te dejan sin aliento.

No soy crítico de poesía y no sabría juzgar el ritmo, los versos o el fraseado. Lo único que sé es que El hundimiento me ha dejado hundido. Que hay poemas allí de los que no encuentro el modo de salir. Poemas a los que vuelvo de modo obsesivo, como ocurre ante el trauma que no se puede superar y que sólo es posible repetir, de modo infinito, para hacerse aún más daño, para romperse un poco más, como una especie de pulsión masoquista. Así es como leo, por ejemplo, “974310439”, escrito a la muerte de su madre. Un bello y crudo poema en que la madre es un número de teléfono que ya nunca más aparecerá en la pantalla del móvil. 

En ese poema, como en todos los de este libro,  habita la desesperanza, la frustración, la sensación de fin, de acabamiento, de “hundimiento” y, sobre todo, de desdicha. Las cosas han salido mal; el plan era vivir de otro modo. Y aun así, al fondo late una pequeña luz, mínima, casi imperceptible: la luz de la memoria, la irradiación del pasado que se tuvo durante un momento fugaz e incluso del que se podría haber tenido. Una luz tenue y brumosa que llega al final, cuando todo está a punto de acabar o cuando ya es demasiado tarde y las cosas no tienen remedio. Es en ese momento postrero cuando recordamos a quienes hemos amado, el mundo que hemos perdido, la felicidad del aire que una vez respiramos y todo aquello que se ha desvanecido para siempre. Así ocurre en “Los cobardes”: “A cuántas mujeres has amado, di. Esa es la pregunta final, ¿en cuántas viste la felicidad universal? Hubo una, ¿te acuerdas? Hubo una, tan especial, de la que te acuerdas ahora que vas a morir.” Y así ocurre también en el poema a la madre: “Todo lo recuerdo, y todo lo recordaré / Te amo, finalmente.” Al final, por tanto, el reconocimiento. Pero también al final la toma de conciencia de que ya sólo queda eso. Y nada más puede hacerse: “Qué bien. Qué hermoso. Cuánto te quiero/ o te quise, ya no sé, y a quién le importa/ desde luego no a la Historia de España/ nuestro país, si es que sabías cómo se llamaba/ la solemne nada histórica en que vivimos papá, tú y yo.”



12/4/15

Contar historias

[Publicado en La Opinión, 11/04/2015]

Desde que leí La invención de la soledad, no puedo quitarme de la cabeza la expresión “contar historias para salvar la vida”. Allí Paul Auster aludía a la figura de Sherezade como metáfora de la pulsión de narrar para hacernos cargo de un mundo que nos sobrepasa y para suspender por un instante el momento de la finitud. Estos días he vuelto a hojear –o a “ojear”; nunca he sabido si se trata de pasar hojas o de echar un ojo– la maravillosa edición de Las mil y unas noches que ha publicado la editorial Atalanta y de nuevo he caído rendido ante la capacidad hipnótica de estos cuentos que son una especie de enciclopedia ficcional del medievo oriental. Y por supuesto, Sherezade me ha conquistado una vez más. Aunque parece seguro que el personaje es un añadido posterior para dotar de cierta linealidad a las historias, su presencia lo dota todo de un sentido diferente y convierte el libro en algo más que una serie de historias encadenadas, haciendo que los cuentos funcionen casi como una elipsis –como tiempo suspendido– de la historia con la que el lector realmente conecta, la de la propia narradora, que trabaja casi como una montadora de secuencias ya dadas, utilizando las historias de los otros para continuar pudiendo contar la suya propia.

Hace unas semanas tuve la oportunidad de leer Coronel lágrimas, la primera novela del joven escritor Carlos Fonseca (Costa Rica, 1987), y allí encontré esa pulsión narrativa a la que se refería Auster. Con una prosa elegante y meditada, y una sorprendente capacidad para crear imágenes líricas, Fonseca es partícipe de esa mencionada necesidad de contar historias para entender el mundo y también para entenderse a uno mismo. En el libro, un viejo coronel se retira a los Pirineos para escribir la historia del mundo. Este retiro, que pudiera estar inspirado en los últimos días del matemático francés Alexander Grothendieck, es el punto de partida para una serie de historias donde el tiempo se retuerce y presente y pasado se confunden, y sobre todo, donde las vidas de los otros se entremezclan con la existencia del propio coronel, como si las vidas ajenas fueran configurando, casi como espejos, la vida propia.

En su análisis de la formación de la subjetividad, Jacques Lacan aludió a la “identificación con el otro” en el proceso de construcción de la identidad: comenzamos a ser conscientes de nosotros cuando nos reconocemos en el otro. Es en el afuera, en la alteridad, donde comienza a formarse lo que somos. El coronel de la novela de Fonseca parece entender esto a la perfección. Y contar la historia del mundo, una historia llena de pequeñas historias, le sirve como un modo de contarse la suya propia.


Entre otras muchas cuestiones que merecerían destacarse de este libro, me ha llamado poderosamente la atención el modo en que el narrador muestra el mundo como si fuera el operador de una cámara de cine, conduciendo los ojos del lector por los rincones de la historia. Con esa visión cinematográfica, Fonseca construye la narración a través de la focalización y el detalle, con acercamientos y alejamientos constantes tanto a la realidad física como a las historias contadas. Esta “escritura-zoom” muestra desde el principio una fuerte voluntad de estilo que confiere al libro de una alta potencia literaria y que hace pensar que cualquier relato que surja de ese dispositivo construido por Fonseca es susceptible de convertirse en una gran historia.

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29/3/15

Escritura y contemporaneidad

[Publicado en La Opinión, 28/03/15]

Hay libros que sientes que están escritos para ti, que te hablan y te aluden directamente, como si el escritor te hubiera tenido en la cabeza en todo momento como lector ideal. Evidentemente, se trata de una ilusión. Pero no deja de ser sorprendente, porque a veces se establece una intimidad y cercanía con lo leído que va un paso más allá de la habitual comunicación narrador-lector.

Algo así es lo que me ocurre con los libros de joven norteamericano Ben Lerner. Su primera novela, Saliendo de la estación de Atocha, la disfruté con una intimidad inusitada. Y, ahora, con 10.04, que acaba de publicar Reservoir Books, esa cercanía no sólo se ha vuelto a producir, sino que se ha hecho aún mayor. Hay algo en su escritura que me cautiva. Tiene mucho que ver, desde luego, con su capacidad de análisis de la realidad, su racionalización de la experiencia, su examen minucioso de las emociones y su desapego irónico respecto al mundo intelectual en el que se mueve. Y por supuesto, también con la atención prestada al arte contemporáneo y el lúcido recuento de su experiencia ante las obras –como ocurre en 10.04 con las instalaciones de Donald Judd en Marfa, las obras de Christian Marclay, o su absolutamente genial relato de los ready-mades desfetichizados del Instituto del Arte Siniestrado–. Pero sobre todo, si percibo esa cercanía, si siento que “Lerner escribe para mí”, es, creo, porque me habla desde un tiempo común; es decir, porque es mi contemporáneo. Mientras leía 10.04 percibía que era así como hay que escribir ahora, que ése es el lugar preciso de la novela: consciente de su artificialidad, mostrando sus costuras, aprovechándola como dispositivo de análisis de la realidad contemporánea. Lerner es, pues, nuestro contemporáneo. Lo escribí respecto a su primera novela y ahora lo repito. Toma el pulso al presente. Y le habla en su propio idioma.


10.04 me ha fascinado por muchísimas cosas, aunque reconozco que ha sido su reflexión sobre la temporalidad la que más ha llamado la atención. En realidad, todo el libro tiene que ver con las diversas maneras en las que percibimos el tiempo. La enfermedad que le diagnostican al protagonista le hace sentirlo de modo alterado y la propia novela, en sí, trabaja con el dentro y el fuera del tiempo, casi como en las obras de Escher. Todo camina hacia la toma de conciencia de la experiencia temporal, como sucede con la obsesión del protagonista por The Clock, la película de 24 horas realizada por Christian Marclay y compuesta por el montaje, minuto a minuto, de escenas de la historia del cine en la que aparece un reloj marcando la hora. 


Cuando leía el momento en que se experimenta la instalación, no podía evitar pensar en el protagonista de Punto Omega, de Don DeLillo, que también nota cómo se ralentiza el tiempo en la obra de Douglas Gordon 24Hour Psycho. Allí el sujeto percibía el tiempo expandido, denso, casi táctil. En la obra de Ben Lerner, en cambio, el sujeto siente que el tiempo se diluye, se volatiza. Sin embargo, en ambos casos la escena artística es mostrada como un lugar en el que el tiempo fluye de modo diferente al de la vida cotidiana. Frente a los ritmos del capital y la mercancía, el arte propone experiencias temporales alteradas. Y esa trasformación del tiempo es, en cierto modo, una metáfora de la literatura –de la buena literatura–, que también nos hace conscientes del tiempo que habitamos, e introduce en él temporalidades alternativas que nos resitúan en el presente y nos hacen habitarlo conscientemente.