27/7/17

Aquí y ahora, 43

Hoy estás nervioso. Todo el día. Por la tarde tiene lugar el último momento de la novela. Sucede lo que faltaba por escribir. La historia se hace real. La sientes. Te emociona. Todo adquiere sentido. Por un momento, el libro deja de ser una novela y se convierte en lo que realmente es, una historia amarga y dolorosa, una historia que aún no sabes por qué has decido contar.
Por la noche, no puedes dormir. Te encierras en el despacho y escribes hasta la madrugada. El último fragmento. El capítulo que faltaba. El más verdadero. Escribes en el cuaderno hasta que te duele la mano, hasta que los ojos comienzan a cerrarse. Intentas ser fiel a la realidad. Ahí estaba la verdad. Una verdad a la que tú aún no habías atendido. La verdad del otro lado. La verdad de la otra cara. La verdad que por fin has conseguido entender.
Mientras escribes, sientes las palabras fluir. Percibes la fuerza de la realidad y también la potencia de la escritura para apresarla. Esto era la literatura. Escritura desbocada. Escritura que ayuda a dar sentido al mundo. Por eso escribes. No sólo por la satisfacción de ver tu libro sobre la mesa de novedades. También por estos momentos de intensidad.
Por estos momentos en los que sientes la conexión con algo que es mucho más grande que tú. Te sientes grande y pequeño al mismo tiempo. Un dios y un enano. Te acuestas satisfecho. Ni siquiera sueñas.

Martes 16 de mayo
Nada más levantarte, te sientas al ordenador y comienzas a transcribir lo que has escrito la noche anterior. Es mejor de lo que habías imaginado. Sientes que las frases están llenas de verdad. Por un momento, piensas que no eres tú quien las ha escrito. Por un momento, parece que se han escrito solas, como una fotografía, al contacto con el papel. Esa emoción te dura todo el día. En la clase de la tarde, en los encuentros, en los regresos, en todo lo que haces. La historia te ha poseído. Y estás ya en el límite del fin.

Miércoles 17 de mayo
Tutorías. TFG. Doctorandos. Todos están perdidos. Tú lo estás retrasando todo. Estás retrasando el mundo.
Acabas la novela por la noche. El segundo borrador. Con todos los capítulos. Con todos los fragmentos. Ahora sí que, por fin, es una novela. Ahora sí que contiene la historia. La historia que faltaba. La historia que le da sentido a todo. Antes de las doce escribes “Fin” y todo tu cuerpo se relaja. Te dejas caer unos segundos sobre el sillón, como si estas tres letras fueran las tijeras que cortan los hilos que te han mantenido erguido todo este tiempo.
Recuerdas cuando acabaste El instante de peligro. En aquel momento, después de escribir “Fin” saltaste de la silla y diste varias vueltas por la casa antes de poder volver a sentarte. Ahora el fin ha sido diferente. No ha sido un salto, sino una caída, un derrumbe. Y necesitas tiempo para asimilarlo.
Cuando logras recomponerte, envías el manuscrito a tu agente. En ese momento sientes que todo ha terminado ya. Por supuesto, hay mucho por corregir, pero ahora sí que el proceso ha llegado a su fin, el proceso de búsqueda, de intensidad, de obsesión. Lo que queda es diferente. Lo que queda es trabajo. Mucho trabajo. Pero la historia, la verdadera historia, ha terminado aquí. Lo percibes claramente. Y es entonces cuando percibes que este diario también necesita acabar, este aquí y ahora, este presente de escritura. Piensas en ello mientras intentas dormirte y sientes el vacío. Un vacío doble: el del diario y el de la novela. Sueñas con esa imagen: tu cuerpo engullido por un espacio hueco que aún no sabes cómo vas a poder llenar.

Jueves 18 de mayo
Última clase del curso en Filosofía. El surrealismo. Dos horas. Al final, apenas has podido avanzar nada. Siempre te ocurre lo mismo. No llegas ni a la mitad del programa. Este año ni siquiera has cruzado la barrera de los cincuenta. Terminas la clase con Frida Kahlo. Te despides con prisas y olvidas decir lo a gusto que has estado este año. Quizá este sea el último que eliges esa asignatura. El último año en Filosofía. Todo tiene la textura del fin.
Comes con Raquel en Los cazadores. Casi nunca aprovecháis los bares del pueblo. Os cuesta mirar a lo cercano. Pero hoy decidís comer ahí, al final de la calle. Y os tratan como reyes. El licor de membrillo casero es una delicia. Te deja en la zona perfecta para la siesta.
A media tarde, conversas con Jorge Carrión sobre su último libro, Barcelona. Libro de los pasajes. El libro es verdaderamente magistral. Mientras lo lees no puedes dejar de pensar en Walter Benjamin, y eso te conquista desde el principio. Eso y que se trata de un trabajo mastodóntico y ambicioso. Un ensayo que pretende captar una imagen del mundo. Un mapa afectivo de la ciudad, una cartografía poliédrica de Barcelona y un cúmulo de citas y referencias sobre los pasajes, la ciudad y la escritura, pero sobre todo una experiencia: la experiencia de un paseante del siglo XXI que observa los resquicios de un mundo en el límite de su desaparición. Esto es lo que más te interesa, la experiencia del observador, del pasajero, los fragmentos de vida intercalados entre las descripciones, la intuición de que la ciudad, igual que el libro, respira, late y palpita.
La última semana de tu Presente continuo leíste Los huérfanos. Ahora este diario acaba con otro libro de Carrión. Por supuesto, es una casualidad. Puro azar. Un azar extraño que confirma, una vez más, que la vida –“la verdad”, decía Lacan– tiene la estructura de ficción.
La noche no se alarga demasiado. En ella está Leo. Están también los escritores que vienen de la presentación del libro de Agustín Martínez: José Óscar y Diego. También los que vienen del curso del Cendeac: Javier, Miguel y Bárbara. Y la gente del taller de literatura: Sylvia, Fran, María José, Victoria y Félix. Es la tribu de los libros. Una tribu abierta y en mutación. Es la tribu que hace de Murcia un lugar excepcional.

Viernes 19 de mayo
Por la mañana, entrevista en la radio con Nieves B. Jiménez. Habláis de todo y te sientes cómodo. Al finalizar, te dicen que te quieren de tertuliano para hablar de lo que sea. No han notado la resaca.
Después, te encuentras con Eduardo en la Plaza de las Flores. Mientras os tomáis unas cervezas y unas marineras en el Fénix, no para de saludar y gastar bromas a todo el mundo. Ha sido uno de los descubrimientos del año. Como artista lo admirabas desde tiempo atrás, pero nunca habías tenido la oportunidad de conocerlo de cerca. De hecho, te habías formado una opinión diferente de él. Y ahora, al comprobar su generosidad y bonhomía, te das cuenta de lo equivocado que estabas. Los prejuicios –los juicios desde el desconocimiento de la realidad–, sin duda, son las barreras más idiotas.
Después llegan Pablo y Marta y continuáis la tarde. Coméis prácticamente hasta reventar. Pablo habla del ritual de la ayahuasca y sientes de nuevo que esa experiencia te persigue. Te llama por todos los lados. Antes o después tendrás que hacer caso a tu destino. A pesar del miedo. Cuando todos se van, te quedas con Marta. Lo escribiste en tu Presente Continuo, hace ya casi tres años: “M. te cautiva.”
Facebook te recuerda –pero no haría falta que lo hiciera– que hoy hace un año que regresabas de Ithaca. Tu aventura americana llegaba a su fin. Miras hacia atrás y piensas en todo lo que te ha ocurrido este año. Has escrito una novela. Has escrito un diario. Has amado. Has reído. Te has entristecido. Te has enfadado con el mundo. Has trabajado constantemente. Has leído todo lo que has podido. Casi pierdes un ojo. Has viajado. Has conocido a gente maravillosa. Has bebido. Has tenido resacas. Has sido feliz. Has vivido.

Sábado 20 de mayo
Almuerzas con tus hermanos en el Yeguas. Te alegra que estén también en este último diario. El Yeguas, la huerta, la casa de tus padres, los paraísos de la infancia… son los escenarios de tu novela. Sientes que todo se anuda. El pasado y el presente se dan la mano y el tiempo se retuerce sobre sí mismo.
Es lo que ocurre horas más tarde, en “La noche de la memoria”. En el Cendeac, junto a otras quince personas, tienes que mostrar tres fotografías relevantes de tu vida y comentar algo sobre ellas. Hablas de tu padre, de tu casa, de tu pasado, pero también de tu presente, de tus libros, de tu ilusión de ser escritor. De lo que eras y de lo que quieres ser. Los tiempos, una vez más, se confunden. El presente se proyecta hacia atrás y construye los recuerdos. El pasado regresa para dotar de sustancia a la actualidad. Ese es precisamente el corazón de lo que has escrito, la clave de tu viaje hacia atrás en la máquina de la literatura. Un viaje del que no has vuelto del todo, o al menos no del mismo modo. Porque el pasado que has ido allí a buscar ha regresado contigo. Los momentos felices, sí, pero también aquellos que habrías preferido olvidar.

Domingo 21 de mayo
Vas al gimnasio por la mañana después de varias semanas de ausencia. Ni siquiera recuerdas las rutinas. Mientras caminas sobre la cinta, vuelves a recapitular. Te ves desde fuera como el protagonista de un relato que llega a su fin. El cuarto acto. El regreso a la normalidad tras la conclusión de la acción.
Por la tarde, el Madrid gana la liga. Lo ves con Leo y Raúl en el Parlamento. Os abrazáis y, durante un momento, estáis tentados a salir a celebrarlo. Pero mañana es lunes. Todos tenéis cosas que hacer.
Raquel se extraña cuando llegas temprano. Has sustituido los gin-tonics por un helado de turrón que acabas junto a ella en el sofá. Un Stendhal cotidiano.
Antes de acostarte, imprimes la novela y la sitúas sobre la mesa. Te quedas unos segundos mirando el manuscrito. No puedes evitar fotografiarlo. Un año de escritura continua. Más de tres de esbozos y trabajo en segundo plano. Sesenta y dos mil palabras. Doscientas setenta páginas. Apenas un centímetro y medio de espesor.
Sales de tu despacho y apagas la luz. Sientes que todo se acaba. Quizá vuelvas a escribir otra novela –es lo que más deseas–. Quizá también vuelvas a escribir otro diario –eso aún no lo sabes–. Lo único que tienes claro es que lo que ahora escribes ha llegado a su fin. Casi puedes ver el telón cayendo. Rozando con sus flecos el suelo del escenario. En este preciso momento. Aquí y ahora.

Aquí y ahora, 42

Lunes de mayo
Temprano, Murcia-Madrid en tren. Aprovechas el viaje y corriges los fragmentos del pasado intercalados en tu novela. Avanzas mucho más rápido de lo que habías imaginado. Te sumerges en la historia y recuperas el tono cortante de la evocación. El viaje se te hace corto. Logras desconectar por completo. Estarías el día entero sentado en el tren con el ordenador.
En Madrid te espera Alejandro. Comes con él y con Jesús después de visitar la sede de Akal y programáis los próximos libros de la colección Estudios Visuales que coordináis. Jesús te pregunta que cuándo terminarás tu libro sobre el arte de historia, que ya lo esperan en la editorial. Dices que ya llegará. El próximo año, quizá. Hace unos años el problema era dónde publicar lo que escribías. Ahora tienes la suerte de haber encontrado los lugares ideales para hacerlo. Lo que necesitas es el tiempo para poder escribir.
El regreso es rápido y llegas a casa para cenar. Estás cansado, pero comienzas a ver con Raquel El cuento de la criada, la serie basada en la novela de Margaret Atwood. Desde el primer momento, te fascina. La historia distópica, por supuesto. Pero también la estética, la potencia de los colores y, por supuesto, la intensidad de la interpretación. Una serie de 10. No hay duda.

Martes de mayo
Escribes todo el día. Sigues corrigiendo la parte del pasado. El tono lo tienes dentro, como un virus. Puedes escuchar la voz cuando relees lo que has escrito. Estás contento con el resultado. Comienzas a verlo claro.
Por la tarde, máster. Continuáis organizando la exposición final. Intentas coordinar el grupo y al final parece que todo va tomando forma.
Antes de acostarte comienzas a leer El libro de los espejos, la novela de E.O. Chirovici. Has visto la sinopsis y lo has comprado sin pensar. Un libro sobre la memoria, y un thriller sobre el propio proceso de escritura. Tiene mucho que ver con lo haces ahora, piensas. Sin embargo, en cuanto comienzas a leerlo te das cuenta de que está lleno de clichés y que se le ven las costuras. Te preguntas inmediatamente si a tu novela también se le van a ver, si va a ser tan fácil identificar las estrategias narrativas. No sabes qué responderte. Para eso necesitas una distancia que no tienes. Vas a tener que confiar en los demás.

Miércoles 10 de mayo
Desde bien temprano,escribes y adelantas más de lo que habías planificado. Estás en vena. Y lo disfrutas. Corregir, más incluso que escribir. Pasar por cada frase, preguntarte por el lenguaje justo, por el verbo preciso, por el tono, por la sonoridad, eliminar reiteraciones, introducir palabras que dan ritmo y sentido al párrafo… El trabajo está hecho. La música está compuesta. Ahora se trata de ecualizar. Y eso es lo que más te gusta. Con diferencia. Podrías estar toda la eternidad modificando una frase para que suene bien. Te das cuenta de que esa es una de las cosas que realmente diferencia tu novela de este diario: el trabajo sobre el texto. Aquí improvisas, escribes y apenas revisas. Se trata de algo inmediato, aquí y ahora. Es puro presente. La novela –la literatura– también lo es; pero ese presente se construye y se evoca con tremenda laboriosidad. Al menos para ti. En este diario no vuelves sobre lo escrito. No buscas la sonoridad. Son pinceladas sobre el presente. Un boceto, quizá un dibujo a mano alzada. La novela, en cambio, es una pintura. Después del boceto hay mucho trabajo. Y a veces es difícil saber cuándo hay que dejar de pintar.
El Madrid pierde con el Atlético, pero pasa a semifinales de la Champions. Lo ves en casa tranquilo. Después, te vuelves a encerrar a escribir.

Jueves 11 de mayo
En clase proyectas The Artist is Present, el documental sobre la obra de Marina Abramovic. Mientras lo vuelves a ver, no puedes evitar recordar el momento en que Marina visitó Murcia. Eran los tiempos del CENDEAC. Recuerdas su seminario, su conferencia, su voz seductora, su cuerpo erguido solapándose con la proyección de su biografía, y su frase final: Bye, bye, Ulay. Recuerdas el caldero en el Mar Menor. Recuerdas la sesión de chistes verdes mientras regresabais de la playa en el coche. Recuerdas haberte enamorado perdidamente de ella. También recuerdas a Ulay y las largas conversaciones sobre el arte y la vida. Piensas que, aunque breves, sus visitas a Murcia te marcaron. Todo aquel periodo, en realidad, te hizo más sabio. El contacto con aquellas grandes figuras. La posibilidad de tocarlos, de aprender de ellos. Tienes que reconocerlo: fuiste un privilegiado. Y eso nunca podrás olvidarlo.
Te acercas con Leo a la charla de Ignacio Martínez de Pisón en Molina de Segura. Tomáis unas cervezas allí entre amigos y volvéis con él en coche a Murcia. Os quedáis unas horas charlando sobre literatura en la barra del Bosque Animado. Repasáis lecturas, filias y fobias. Pisón es un grande. Y una persona especial. Otro privilegio, haberle conocido.

Viernes 12 de mayo
Por la mañana, penúltima clase del curso. Continúas con la obra de Marcel Duchamp. Te centras en sus últimos proyectos, especialmente en Étant Donnés. Comentas que Duchamp, en realidad, no puede estudiarse como un artista de la vanguardia histórica. Es cierto que su obra, en un principio, se encuadra en el dadaísmo. Pero su verdadero impacto se produce en la segunda mitad del siglo. Ètant Donnés es una obra que se acaba en 1966, en plena efervescencia de las neovanguardias (el pop o el minimalismo). Es un artista tan contemporáneo como Warhol, Jasper Johns o Robert Rauschenberg. Su obra tarda medio siglo en entenderse y tener efecto. Afortunadamente, al final, la carta acaba llegando a su destino.
En Facebook, ves las fotos de hace un año en Ithaca. Acababan tus clases y ya comenzabas a despedirte del resto de los becarios de la Society. Por alguna razón, ese fin se proyecta ahora en tu presente. Y comienzas a intuir también que algo acaba, que este aquí y ahora también comienza a llegar a su fin.
Por la noche, terminas de corregir la parte del pasado. Ahora todo suena como tiene sonar. La voz se escucha. La historia se muestra. Te acuestas con el sonido de los recuerdos.

Sábado 13 de mayo
El día entero modificando citas y referencias. La conferencia de Oslo a la que no pudiste ir se va a publicar en Text Matters y tienes que adaptar el artículo al sistema de citas de la revista. Se te van varias horas cambiado los giros y las referencias al estilo MLA. Este es el verdadero problema de la interdisciplinariedad, tener que adaptar la escritura a los diversos contextos. Acabas a finales de la tarde y para despejarte decides ir al cine con Raquel. Coméis en el mexicano de El Tiro y entráis a ver El círculo. La película no puede ser peor. Es de las cosas más infames que has visto en tiempo. Lo más problemático, sin duda, el mensaje: no queda claro si defiende o cuestiona la transparencia. La confusión entre democracia y transparencia te alarma. Foucault se revuelve en su tumba.

Domingo 14 de mayo
Hoy relees la novela desde el principio. Quieres llegar al último fragmento que te falta por escribir. Quizá el más importante de todos. Mañana es el momento. El encuentro con el pasado y, después de eso, por fin, todo habrá acabado. Es la semana decisiva. Todo comienza a tener la textura del fin. Lo sientes. Lo percibes. El fin de la historia. Es el fin de la novela. Quizá, también, el fin de este diario. Llegas a esa conclusión en la noche agridulce. Triste y feliz. Hermosa y nostálgica. Pero todo acaba. Todo llega. Y mañana comienzas a terminar.

Aquí y ahora, 41

Lunes 1 de mayo
Todo el día preparando la conferencia sobre el giro historiográfico en el arte contemporáneo. Vuelves una y otra vez sobre lo que ya has escrito y publicado. Tienes la sensación de comenzar a repetirte. Y al mismo tiempo estás convencido de que aún no has planteado el tema tal y como deberías. Lo bordeas, lo llenas todo de sugerencias e ideas, pero todavía no has encontrado la forma precisa para trabajar sobre esta cuestión. Tu pequeño libro Materializar el pasado era apenas una intuición. El resto de artículos y conferencias de los últimos años son adendas a esa intuición. Cuando acabes tu novela y entregues los mil textos que ya te reclaman volverás a estas ideas y construirás con ellas un libro que realmente te satisfaga. Eso esperas.

Martes 2 de mayo
Escribes temprano el diario y sales en coche para Valencia. Comes por el camino y llegas justo para una mínima siesta antes de la conferencia.
En el IVAM te espera Álvaro de los Ángeles, que te muestra la exposición de Xavier Arenós de la que hablarás en tu charla. Has leído el catálogo y te ha interesado la obra desde el principio, pero verla en la sala de exposiciones da verdaderamente cuenta de la potencia del trabajo. En tu futuro libro sobre el Arte de Historia ocupará, sin duda, un lugar especial. Es un rescate del pasado de Valencia como capital de la II República, en especial, de dos grandes iniciativas que vinculan a la República con la educación y la cultura: la construcción del Pabellón Español de la Exposición Universal y el proyecto de Instituto para Obreros. En ambos casos, Arenós trabaja con la memoria de lo posible. Esos eventos de la historia pasada, eventos truncados, como la propia República, sirven hoy como modelo de posibilidad. En un momento en que la cultura y la educación comienzan a estar secuestradas por lo privado, observar los caminos que abrió el pasado es un modo de buscar la energía para el cambio. Eso es lo que intuyes de la lectura de la obra de Arenós, que te interesa, además, porque reelabora de manera crítica e inteligente los materiales del pasado. En lugar de mostrar los objetos y documentos de la historia, parte de ellos para desplegarlos en una obra que, a primera vista, tiene el aspecto de una instalación minimalista, con una elegancia formal tremendamente cuidada. Es sólo en la lectura activa del espectador cuando la obra de descubre como lo que es: un trabajo de arte historiográfico que hace vibrar el pasado en el presente.
De todo esto hablas en la conferencia y te alargas más de la cuenta. Al terminar saludas a Paco, le firmas un libro a Conchi y tomas una cerveza rápida con Álvaro y Sandra sin dejar de mirar de reojo la semifinal de la Champions. Después, te quedas solo en el bar, pides una hamburguesa y ves la segunda parte entre valencianistas. Gana el Madrid y tú no cantas los goles. En el hotel te masturbas para intentar dormirte. La cama es dura y apenas puedes conciliar el sueño.

Miércoles 3 de mayo
Regresas en el coche temprano y llegas justo a tiempo para las tutorías de las 11 de mañana. Tres horas después llegas a casa y, casi sin comer, duermes unos minutos de siesta para poder afrontar la clase del máster.
Dos horas y media de clase sobre la ética del comisario de exposiciones. Después, decidís el tema de la exposición que van a hacer los alumnos. Preguntas por sus obsesiones. Todos acaban hablando de la pérdida de sentido del mundo contemporáneo. La intuición de que vamos a peor.
Te enteras de que a Belén Esteban le gusta Patria. Pocos libros han generado tanto consenso. Tienes que leerlo ya, como sea.

Jueves 4 de mayo
Por la mañana, tutorías de doctorado y, después, dos horas de clase sobre la abstracción. Kandinsky, Mondrian y Malevich. Te demoras casi una hora con el Cuadrado negro. Con Malevich, dices, nace el arte con manual de instrucciones. El arte que se lee. El arte que se piensa.
Por la tarde, de nuevo, dos horas y media de clase del máster. Llegáis al fin al tema de la exposición: el autorretrato en la era del selfie.
Tras la clase, acudes a la inauguración de In ictu oculi en Art Nueve. Así se hace una exposición, le dices a los alumnos. El comisario, Jesús Alcaide, ha retomado algunas ideas de José Luis Brea, sobre todo las de su texto “Los últimos días”, para plantear una reflexión sobre la vanitas, la fugacidad y lo barroco. Es una exposición elegante y equilibrada. Un retorno a la alegoría. Las fotografías de Pablo Genovés, las construcciones de Pablo Capitán o la lápida de mármol de Isaque Pinheiro están llenas de misterio contenido. Como también lo está la naturaleza muerta oscura y melancólica de Sergio Porlán –una de sus mejores obras–, o el alfabeto emocional de cobre de Javier Pividal.
Después pasas por la inauguración de Torregar en el Hispano. Pintura y restauración. Murcia es un continuum. Hoy hay mil cosas al mismo tiempo. Y mañana, el WAM.

Viernes 5 de mayo
En clase hablas sobre el dadaísmo y comienzas a trabajar la obra de Marcel Duchamp, el más grande de todos los artistas del siglo XX. Sientes rápidamente que su obra conecta con los alumnos de filosofía. Hacer arte es pensar de nuevo el mundo.
A mediodía llega Raquel después de una semana en Almuñécar. Apenas tienes tiempo de verla. Después de la siesta, te vistes de moderno y sales para el WAM (We Are Murcia), el festival que sustituye al SOS 4.8. Recuerdas el primer SOS y no puedes sacarte de la cabeza a Zizek y a su novia bailando al son de los Chemical Brothers. Esa imagen no se te borrará jamás. Esos tiempos tampoco volverán jamás. Ahora todo es más modesto. Tanto que al principio lo ves todo algo desolado. Sólo poco a poco la cosa se va animando. Por primera vez en un festival, has visto ya a casi todos los grupos. Mejor. Así disfrutas sin presión. Cerveza, amor y amistad. Y música de fondo. Ningún concierto te llega a emocionar del todo, ni siquiera el de Editors. Recuerdas todos los que has visto en ese recinto en los últimos años. Recuerdas, por ejemplo, The National. Y te entra la nostalgia. Esto está bien. Pero es otra cosa. A las tres y media de la madrugada, Ojete Calor. Te hacen gracia, pero sólo para un rato. Está en el límite de la impostura. O lo cruzan, directamente.

Sábado 8 de mayo
Te levantas con menos resaca de lo que hubieras imaginado. Te sobró el gin-tonic. Pero, aun así, te recuperas bien. Dormitas un poco durante la mañana y, tras la siesta, logras levantar el ánimo para afrontar la segunda parte del festival. Por un momento, dudas si ir. Pero al final te decides. Y te alegras, porque acabas pasándolo incluso mejor que el día anterior. En el concierto de Orbital bailas hasta que te duelen las caderas. Después, acompañas a Marta a casa y regresas solo al festival. Te encuentras un momento con Leo y os tomáis unos Thunder Bitch. Whisky canadiense picante y con sabor a canela.
El invento no puede estar más malo. Estás contento, eufórico y decides adentrarte solo entre la multitud para escuchar a Delorean. Su electrónica elegante te gusta especialmente. Es el tipo de música que quisieras poder hacer. Agachas la cabeza y te metes en medio del concierto para disfrutar en soledad. Pero es imposible caminar. Alumnos, amigos, lectores, conocidos. Todos te hablan, todos te saludan. En un momento determinado consigues zafarte y logras llegar a primera fila. Allí estás cerca de la música, cerca de lo que quieres escuchar, cerca de lo que quieres experimentar. Te hemos visto en las pantallas, te dirán después. Parecías como en éxtasis, como ido, como en otro mundo. Y eso es precisamente lo que buscabas, poder elevarte durante unos minutos. No sabes si lo has conseguido del todo.
Regresas a casa andando cuando comienza a amanecer. Estás lúcido, pero cansado. Escuchas cómo el último dj pincha la banda sonora de tus últimas vivencias: New Order, Chvrches, Dorian… Ralentizas el paso. Llegas incluso a detenerte para disfrutar el momento. El dj está pinchando para ti. La música está sonando para ti. El mundo está ahí, lleno de vida, para ti.

Domingo 7 de mayo
Te despiertas sin resaca, pero tremendamente cansado. Te duelen las piernas de tanto bailar. Los gemelos se te suben como si hubieras estado escalando el Tourmalet.
Comes con Raquel, su madre y sus hermanas. Celebráis el día de la madre. Piensas en la tuya y, por un momento, llega la melancolía. El vacío sigue siendo vacío. Por mucho tiempo que pase. Nada podrá volver a llenarlo.
Por la noche, terminas de leer Kanada, la última novela de Juan Gómez Bárcena. Te ha tenido abducido durante varias horas. El tono martilleante y la voz en segunda persona te aluden como si fueran un espejo. Y también la historia. La memoria del campo de concentración. El trauma del holocausto. La historia claustrofóbica y llena de culpa de quien regresa al mundo después de estar en el infierno. La responsabilidad de quien se salva de la catástrofe. La carga pesada del superviviente. Del superviviente que tiene que ser parte del mal para poder salvarse de él. En todo momento, mientras lees el libro, tienes en la cabeza El hijo de Saúl, la película de Lásló Nemes que también reconstruye la experiencia de los miembros de los sonderkommando, los judíos que colaboraban en las tareas de limpieza de los campos, los encargados de quemar los cadáveres, de ordenar la ropa y las pertenencias. Pero Kanada es algo más. Es también una reflexión sobre el tiempo, sobre el modo en que la historia se repite y se retuerce, sobre la intuición de que pasado, presente y futuro están entrelazados y no es posible identificarlos como tiempos puros. Sabes lo difícil que es hacer eso, mezclar los tiempos, provocar la confusión en la mente del lector, convertir la novela, más que un espejo, en una estructura topológica, desorientada, desquiciada, como el propio personaje protagonista, como su culpa, como su responsabilidad, como su intuición de que no hay redención, porque todo ha sucedido ya, porque los crímenes del futuro ya han sido cometidos. Gómez Bárcena es un escritor.

Aquí y ahora, 40

Lunes 24 de abril
Comienza la locura. A partir de ahora, no vas a poder hacer otra cosa que dar clase, atender alumnos de TFG y doctorandos. Eso y poco más.
Organizas la clase del máster en Patrimonio Cultural. “Organización de exposiciones”, tu asignatura. Toda la mañana recopilando los apuntes de otros años y pensando en cómo lo vas a afrontar. Por la tarde, dos horas seguidas presentando el programa y las lecturas de este año. Bibliografía comentada. Al final montaréis todos juntos una exposición.
Por la noche preparas  la charla del día siguiente en el Festival de Cine y Patrimonio. Vas a presentar There is a Criminal Touch in Art, la acción que Ulay realizó en 1976, justo cuando emprendía su carrera de artista con Marina Abramovic. Es una de las obras de arte que más te han impresionado jamás. El artista alemán roba un cuadro (El poeta pobre, de Carl Spitzweg) de la Neue Nationalgalerie de Berlín y, tras despistar a la policía, lo cuelga en el salón de unos inmigrantes turcos y llama al director del museo para decirle dónde está. Es una obra sobre el robo, pero también sobre la memoria de una obra (El poeta pobre, que había sido un icono del nazismo) y la visibilización de la presencia de unos inmigrantes ninguneados y relegados a un gueto de Berlín. Pasas la noche leyendo entrevistas con Ulay sobre esa pieza, y también curiosidades. Entre ellas, que el cuadro fue robado otra vez en 1989 y en esa ocasión desapareció para siempre. Te duermes con la idea de que quizá la obra ahora cuelga del salón de Ulay, o del salón de alguno de los miembros de una familia turca.

Martes 25 de abril
La charla es a las diez de la mañana. Presentas la película y luego debates sobre el sentido del robo y sobre cómo aquello no era una obra de arte para el propio Ulay, sino más bien una acción que tenía que llevar a cabo como sujeto, como ciudadano preocupado por la memoria del país. Cuentas también que Ulay fue encarcelado y que escapó de la justicia hasta años después, cuando lo atraparon antes de subir a un avión y sus amigos tuvieron que pagar la fianza. Mientras hablas de todo esto, piensas que ahí hay una historia, una novela, y que quizá algún día la escribas.
Por la tarde, dos horas de clase hablando sin parar sobre el origen de las exposiciones y la figura del comisario. Terminas sin voz y sin aliento. En casa tienes el tiempo justo para preparar las clases del día siguiente.

Miércoles 26 de abril
Temprano, visitas el cuarto oftalmólogo de este viaje infinito. Sigues viendo borroso. Le dices ya directamente que lo que te pasa es seguro del orzuelo, que se ha convertido en un chalazión, que está oprimiendo la córnea y que eso puede producir astigmatismo y visión borrosa. Lo has leído en internet más de cien veces y crees estar en lo cierto. El oftalmólogo te dice que seguro que no es tu caso y que, además, no ves tan mal. Ya, contestas, pero es que antes veía bien. Nada, es que tienes una edad… Te envía frío para el quiste del ojo y dice que si en un mes no ha bajado necesitas cirugía. Y que lo de la visión… pues que ya se verá.
Con las pupilas dilatadas, llegas a la sesión de tutoría con doctorandos. Tienes que leer y corregir diez TFG, un TFM y dos tesis antes de junio. Aunque sólo te dedicaras a eso no tendrías tiempo material. No tienes ni idea de cómo lo vas a hacer. Y sobre todo cómo lo vas a combinar, con las conferencias, los textos por entregar y la novela por terminar
Por la tarde, dos horas de máster y luego visita de exposiciones con los alumnos hasta las nueve. Habláis de los límites del comisariado y del momento en que el comisario se mete a escenógrafo o artista, utilizando la obra como decoración. La exposición de Peter Greenaway en Verónicas es un ejemplo de eso. Una exposición “con” Peter Greenaway.

Jueves 27 de abril
En clase de Filosofía hablas sobre la crítica y los criterios para evaluar una obra de arte. No todo es relativo. Hay normas. Coherencia, pertinencia, riesgo, conocimiento de la tradición en la que se inserta la obra…, reglas relativamente objetivas. Y, sobre todo, experiencia. El juicio crítico se forma a través de la experiencia. A veces hay que fiarse de los críticos. Se dedican a eso.
Por la tarde, invitas al máster a César Novella. Habla de sus locos proyectos curatoriales y os da ideas para la exposición que vais a organizar como trabajo de fin de asignatura. Tras la charla, presentas en AB9 La señal perdida, el libro de Jesús Galiana que cuenta, con dureza y lucidez, su intensa travesía con el Parkinson, la enfermedad que lo ha hecho reencontrarse con la pintura. El libro es una bajada a los infiernos que acaba con un resquicio de esperanza, un enfrentamiento a pecho descubierto con la enfermedad y sus demonios, pero también una apuesta por la vida y por los modos en los que el arte es capaz de salvarnos de lo peor. El arte y los amigos, como todos los que se congregan y abarrotan AB9, como esos que después continúan la noche hasta bien entrada la madrugada, como esos que te escuchan tocar en el piano desafinado de El Albero algo a medio camino entre Satie, Wim Mertens y el himno del PP, como esos a los que quieres y comienzas a besar. Sergio, Eduardo, Marta, Isabel, Alfonso, Aurelia, Mª Ángeles… y todos los demás.

Viernes 28 de abril
Casi sin dormir y con dolor de cabeza, sobrevives a dos horas de clase sobre Picasso y el cubismo. Nadie nota nada –al menos, eso esperas–. Después, quedas con María José, que os lleva a ti y a Leo el resultado del Face to Face (fotografía y dibujo) que os ha regalado. Todo un descubrimiento, María José. Generosidad, inteligencia y dinamita. Por alguna extraña razón, llueve siempre que os encontráis entre fotos y dibujos.
Por la tarde vas al quinto oculista del mes. Desde el principio notas la diferencia. Hablas con él y le cuentas el largo viaje de tus ojos durante las últimas semanas. Le dices que has leído en internet que es posible que la visión borrosa sea producto del orzuelo interno y él dice que, por supuesto, que es lo más probable y que, claro, lo primero que hay que hacer es quitarlo. Hay dos opciones, dice. El quirófano o “como yo lo sé hacer y me enseñó mi padre”. Esa segunda opción es ahora mismo, a pelo, y algo molesta. Te agarras fuerte al sillón y dices que adelante, que te lo quite cuanto antes. Son sólo unos minutos, pero no quieres recordar el dolor y ni la incomodidad. La enfermera te agarra con fuerza las manos, el médico te retuerce el párpado, te realiza una pequeña incisión y comienza a apretar como si no hubiera mañana. No puedes reprimir un pequeño alarido al final. Pero el resultado es milagroso. Aunque el dolor es tremendo y lloras lágrimas de sangre, sales de allí sin orzuelo y confiando en que el problema se ha solucionado.
Haces tiempo hasta poder coger la moto para regresar a casa y visitas a Marta, que también ha vuelto de urgencias. Su casa parece un hospital de campaña. Jaime os cuida a los dos. Os ha mirado un tuerto. Quizá tú mismo. Al llegar casa te tumbas boca arriba y te pones calor en los ojos. Duermes hasta el día siguiente y sientes que un erizo rueda por tu retina.

Sábado 29 de abril
Tu sobrino Pedro, ahijado de Raquel, comulga en Capuchinos. Hacía tiempo que no ibas a una comunión y, claramente, te equivocas de outfit. La gente viste de boda. Y tú, con vaqueros. Afortunadamente llevas corbata. Y zapatos rojos a juego. Sobrevives a la hora y pico de misa y, al llegar al restaurante, pides un Martini como quien implora agua en el desierto. En la comida la alegría aumenta al ritmo del vino tinto. La mesa está dividida. Madridistas y culés. Con gracia y sin resquemor, no paráis de tiraros pequeñas puyas. Emilio pone el partido en el iPhone y os juntáis a ver el final. Después lo celebras en la barra libre con Marcelino y José. No puedes seguir su ritmo. El de comida ni el de bebida. No sabes dónde lo meten. Le dices a Raquel que tus cuñados te han emborrachado y que así no sabes cómo vas a aparecer ahora en la fiesta sorpresa de Marta, que cumple cuarenta años. Entras al aseo, te sobrepones y llegas a la fiesta justo a tiempo, con los ojos más rojos que la corbata y el aliento del último Ballantine’s. Allí cambias el alcohol por agua e intentas guardar la compostura. En el Ideales avasalláis a la dj a peticiones y estáis tentados a quitarle el sitio. Estáis legitimados por la celebración. Es necesario bailar. Son cuarenta años. También los cumple María. Los están cumpliendo todos los amigos. En un mes te tocará a ti. Números redondos. Con mucha suerte, la mitad de la vida. De una vida que hay que festejar mientras haya razones para hacerlo. De una vida intensa y en ebullición, una vida que no cesa de palpitar, aquí y ahora.

Domingo 30 de abril
Te levantas sin demasiada resaca y puedes aprovechar el día. Organizas la semana y comienzas a preparar la conferencia que impartirás en el IVAM el próximo martes. En un momento determinado estás tentado a decir que no vas y que te quedas en casa corrigiendo la novela. La tentación dura apenas unos minutos. Después te vence la responsabilidad. Y sobre todo el honor de dar una conferencia en un contexto como el IVAM. Aun así, tras el largo día retomando las ideas de Benjamin y el arte de historia, te acuestas con una sensación amarga. Esta semana apenas has leído nada. No leer nada para ti es no leer narrativa. Tampoco has escrito nada. Ni una sola línea. Y no escribir nada es no haber podido regresar a esa novela que ya comienza a reclamar atención. Cuando cierras los ojos antes de dormir, la recorres mentalmente y te frenas justo en el lugar que necesita ser corregido y reescrito. Quisieras que se frenase el tiempo. Necesitas una semana para terminar lo que falta y poder enviársela a tu agente. Una semana aislado del mundo. Sólo una semana. Solo, una semana.

Aquí y ahora, 39

Lunes 17 de abril
Temprano, continúas con la corrección de la novela. Comienzas ahora con la parte del pasado, escrita en segunda persona. Es un tono diferente y pasas el día acostumbrándote a una voz martilleante y seca que te recuerda a la que utilizas en este diario. La realidad reverbera en la ficción, constantemente.
Por la noche, planchas el traje de huertano para el Bando. Los pliegues del zaragüel son una pesadilla. Mañana vas a parecer un acordeón.

Martes 18 de abril
Escribes temprano el diario y comienzas a vestirte. El zaragüel, la camisa de lino, las calcetas amarillas, la faja mostaza, el chaleco rojo, las esparteñas atadas a media pierna… es una especie de ritual en el que el tiempo se condensa. Sales a la calle y no te ves ridículo. Se percibe ya el buen ambiente y la alegría. Es el Bando de la Huerta. Es la fiesta de Murcia. Y tú eres un huertano travestido.
Comienzas con Marta y sus amigos cerca de la Plaza de las Flores. Allí te encuentras con media Murcia. Apenas puedes beber nada en medio de tanto saludo. Después llega Raquel, que acaba de salir de trabajar y tomáis unas marineras con Leo y María. Habéis reservado en un restaurante y tú llegas ya sin hambre y con varias cervezas en el cuerpo. Al terminar, visitas el camión de tu sobrino, que está cargado de comida y bebida. Allí te ofrecen un Ballantine’s con Coca-Cola que apenas lleva Coca-Cola y eso es lo que te deja KO. A partir de ese momento ya te mueves como un zombi. Un zombi alegre del siglo XVIII que ha perdido la vergüenza. Así es como consigues llegar al Parlamento justo a tiempo para el Madrid-Bayern. Gana el Madrid y Leo y tú salís a celebrarlo. Pero las calles ya están llenas de gente demacrada. Entráis al Bizz’art y allí tienes que dejarte la copa. No puedes más. Regresas a casa con todo en su sitio. El camino de vuelta se hace eterno. Las esparteñas se te clavan en el alma. Murcia no se acaba nunca. Pero el Bando llega a su fin.

Miércoles 19 de abril
La resaca es llevadera. Podría ser peor. Te levantas con el tiempo justo para preparar el equipaje y coger el autobús que te lleva al aeropuerto. El avión sale a su hora y llegas a Barcelona a media tarde. La cabeza te duele menos de lo esperado. Duermes como un lirón.

Jueves 20 de abril
Visitas por primera vez la Agencia MB. Estás nervioso e ilusionado. Allí está Mónica, Txell, Christian, Inés y todos los demás, incluso Greta. Sentado en el sofá les hablas de la novela que estás a punto de terminar. Percibes el interés sincero y te llena de emoción. Te hacen sentir como un escritor de verdad. Un autor de MB. Comes con Mónica y seguís hablando de proyectos literarios. Después lo pensarás durante toda la tarde: si hace un tiempo te hubieras visto en esta imagen, no lo habrías creído. Se te están cumpliendo todos los deseos.
Con la sonrisa en los labios y cargado de libros, te encuentras con Marta, Jaime y Miren. Contáis chistes y hacéis tiempo hasta la charla de Enrique Vila-Matas y Teju Cole en el CCCB. La disfrutas como un crío. Dos escritores a los que admiras, frente a frente. Al final de la charla incluso te animas a preguntar. Te tiembla la voz y te lías intentando ser claro. Pero ambos te responden. A la salida Teju Cole te firma la edición americana de Cada día es del ladrón y charlas unos segundos con él. Después, saludas a Enrique y os emplazáis para el próximo sábado. Ahora sí que la sonrisa no te cabe en el cuerpo. La sensación de felicidad no se va durante la cena, ni tampoco después. El día ha sido perfecto. No podrías pedir más. No podrías ser más feliz.

Viernes 21 de abril
Por la mañana te acercas al MNAC para ver Insurrecciones, la exposición sobre el levantamiento y la revuelta que ha comisariado Georges Didi-Huberman. Es excepcional. Una descomposición de la idea de insurrección: la elevación, el salto, la rabia, el gesto, la protesta, el enfrentamiento, las palabras, los deseos, las madres, el duelo, la promesa… Es el ejemplo de lo que debe ser una exposición. Una experiencia de ver, conocer y sentir. No sólo una acumulación de obras en torno a un tema, sino una narración, una manera de contar la historia a través de las imágenes. O de dejar que sean ellas quien la cuenten. Hacía tiempo que no sentías tanta empatía en una exposición. Hacía tiempo que no te apetecía tanto comisariar una exposición. Una exposición así.
Por la noche, cenas con Marta en el Giardinetto. Le habías hablado del restaurante y te apetecía que lo conociese. Al terminar llegan Leo y Pepe y también Juan Soto y Andrea. El porcentaje de murcianos es apabullante. Las camareras se acuerdan de ti y te invitan al primer Old fashioned; la última vez no les salió bien. Los tres que te tomas esta noche saben a gloria. También la conversación y la amistad. Y los besos y los abrazos. Murcia en Barcelona. Todo es celebración.

Sábado 22 de abril
La resaca de los Old fashioned es tremenda y sólo comienza a remitir después de comer.
A media tarde, acudes a la conversación entre Enrique Vila-Matas e Ignacio Martínez de Pisón en La Central. Los modera Anna Maria Iglesia. Hablan de cómo se conocieron y de su amistad literaria. Escuchándolos, eres consciente de su trayectoria, y también de que eres un recién llegado y que todo sigue siendo un camino de aprendizaje.
Tras la charla, tomas un café con Enrique, Paula, Marta y Martín. Después se une Mónica.  El resto se va a la fiesta de La Vanguardia. Supuestamente, es el sitio en el que hay que estar. Pero tu prefieres sentarte a escuchar las anécdotas de Enrique. Las historias de la
vida loca de la literatura, de la literatura loca de vida.
En un momento, os acordáis del cónsul de México y del evento del junio pasado en el mismo lugar. Sigue siendo una presencia ausente. Ya no está. Quizá nunca estuvo. Recuerdas la silla vacía en la cena. Quizá en el fondo siempre fue un fantasma. Un fantasma que ha dejado huella. Huella criminal. Podría ser el personaje de una película de David Lynch. El cónsul borrador.
Tras la cena, recibes la llamada de Juan. En el Giardinetto, dice, te esperan todos. Y en efecto, allí están todos. Todos los escritores que admiras. Todos los amigos que quieres a rabiar. Está Sergio, Luis, Marta, Silvia, David… Los abrazas a todos. De nuevo es alegría. De nuevo es incredulidad. De nuevo te acuestas con la sonrisa en los labios. Por esto y por todo lo demás.

Domingo 23 de abril
Barcelona es una fiesta. Qué pena que hoy tengas que volver. Nunca has visto un Sant Jordi. Es el día del libro. Y, en algunos casos, también de la literatura. Por supuesto, no son la misma cosa. El libro es un soporte. La literatura es otra cosa. Hay literatura más allá de los libros. Y libros –los más– que no son literatura. El problema es cuando se confunden las cosas y se meten en el mismo saco. Pero mejor celebrar los libros que cualquier otra cosa. Mucho mejor.
En el tren de regreso intentas leer, pero un hombre mayor no cesa de hablar a todo volumen. No se calla hasta Alicante. Radia todas las estaciones por las que pasáis. Sabe de todo. Ni siquiera puedes aislarte con los auriculares. El tono de la voz vibra en tu estómago. Alguien le llama la atención y dice que ahora no es hora de dormir. Te gustaría ponerte a leer en voz alta uno de los libros que has comprado. El ensayo de Didi-Huberman sobre la insurrección. Levantarte y leérselo junto a su oído. Dejarlo sordo a base de notas al pie de página de Walter Benjamin. Sueñas con eso en el momento en que consigues dormirte. Tienes esa imagen en la cabeza cuando de nuevo la voz se te clava en el estómago: “Xàtiva, La Socarrada”. Su puta madre.
Cuando se baja en Alicante respiras aliviado y puedes prestar atención a la polémica que se ha armado en Facebook. Gente peleándose en público y perdiendo los papeles. Imaginas la escena como un patio de colegio virtual. Tres tirándose de los pelos y el resto mirando, algunos jaleando, otros callados y disfrutando, otros rojos de vergüenza. Eso es en el fondo la red, el patio de colegio de los adultos, el jardín de infancia que nos hace conscientes de que aún no hemos crecido, que quizá no lo hagamos nunca.
Llegas a casa menos cansado de la cuenta y Raquel te espera con el regreso de Prison Break. La serie te conduce unos años atrás en el tiempo. La ves y recuerdas ese momento en el que hacíais esgrima y comentabais los episodios después de perder combates, una y otra vez. Sientes nostalgia de aquel tiempo feliz. Pero no lo cambiarías por este. En realidad, no cambiarías nada por nada. Te gustaría quedarte en este presente. Aquí y ahora, para siempre.
Al día siguiente comienza la locura. Clases mañana y tarde, textos por entregar, conferencias… No sabes cuándo vas a tener un momento de descanso. Pero eso es mañana. Hoy todavía saboreas las vacaciones. Hoy todavía das gracias por todo. Hoy todavía es Aquí y ahora. Y lo escribes para que no se olvide.

Aquí y ahora, 38

Lunes 10 de abril
Amanece temprano en Edimburgo y la luz del sol llena toda la habitación. Desayunáis en casa y salís sin prisa a visitar la ciudad. El tiempo os respeta. Subís hacia el castillo y desde allí contempláis el paisaje urbano. Los turistas miran de espaldas, a través de la cámara del móvil. Los palos de selfi comienzan a ser una prótesis siniestra.
A la bajada del castillo hay una fábrica de tartán. Raquel dice que estarías guapo vestido de escocés y accedes a la sesión de fotos. Os visten con la ropa típica y os hacen posar de todas las maneras. Con espadas, con gaitas, levantando el kilt… Afortunadamente nadie os conoce.
Por la tarde, después de pasear sin rumbo por la ciudad, quedáis con Luz y su marido, que también están en Edimburgo. Tras más de diez años de contacto por internet, Raquel y ella se desvirtualizan allí. Las casualidades del mundo global y digitalizado.
Cenáis en un restaurante cerca de la casa y os recogéis pronto. Antes de iros a la cama, veis un capítulo de Big Little Lies. La serie os ha conquistado desde el principio. De nuevo, una estructura que combina el relato de la historia con entrevistas desde el presente a algunos de los testigos de lo ocurrido. Lo mejor: la tensión por saber lo que ha pasado. Alguien ha matado a alguien. Y no se sabe quién es el asesino ni el asesinado.

Martes 11 de abril
Por la mañana tomáis el tranvía hacia el aeropuerto y allí alquiláis un coche para viajar hacia Inverness. Has pasado la noche algo nervioso pensando en lo difícil que va a ser acostumbrarse a conducir por la izquierda. Y nada más subirte al coche, eres consciente de que tenías razón: conducir por la izquierda, de buenas a primeras, es una pesadilla, sobre todo en los cruces y las rotondas. Aunque, con diferencia, son las marchas lo que te llevan de cabeza. Cada dos por tres golpeas la puerta con tu brazo derecho. Es un gesto inconsciente del cuerpo. Tienes que aprender a conducir de nuevo. Recuerdas la tensión de los primeros días de la autoescuela. Ni siquiera pones música para no distraerte.
Raquel ha metido en el GPS algunas de las localizaciones de Outlander. La primera es la casa de Jamie Fraser. Para llegar allí tenéis que atravesar varios caminos de cabras en los que se va incluso la señal del teléfono. Pero cuando ves la mirada de Raquel y el modo en que dice Lallybroch, todo adquiere sentido. Entráis a la propiedad privada saltándoos todas las normas y ella posa como Claire en la novela. Te contagia la alegría.
Por pura intuición, conseguís salir de allí y conduces hasta Blackness Castle, otra de las localizaciones. La silueta del castillo frente al mar es espectacular, pero el viento te hiela los huesos. Ni siquiera el café consigue calentarte. Tras ese lugar, salís hacia Linglithgow Palace, que en la novela es una especie de prisión, y continuáis la ruta Outlander en el pequeño pueblo de Culross –el Cranesmuir de la serie–. Parece que se haya quedado parado en el tiempo varios siglos atrás. En una de las plazas, descubres a dos señoras mayores haciendo fotos a un monolito que también aparece en la serie. No estáis solos en esta locura. La serie y la novela son la atracción del lugar. Tomáis un café y un bizcocho en un pequeño bar lleno de fotos de los actores firmadas durante el rodaje.
La ruta acaba en Falkland, la Inverness de la serie. Allí está el hotel al que llegan los personajes al principio y el monolito en el que se aparece el fantasma de Jamie Fraser. También la tienda de regalos en cuyo escaparate Claire se queda absorta. Tú no sabes nada de esto, ni de la novela ni de la serie, pero Raquel te lo va explicando y poco a poco vas teniendo la sensación de ser un experto en todo, al menos en los episodios esenciales. En ese hotel café vuelves a tomarte otro capuchino y otro brownie de chocolate. Una señora mayor explica a su marido que allí es donde se hospeda Claire y su pareja en el primer capítulo de la serie. No estás solo en esta aventura, lo vuelves a comprobar.
Conduces entonces hacia a la Inverness real y llegáis allí a media tarde. El Bed and Breakfast que os han recomendado parece sacado de una película; no puede ser más típico. Dais una vuelta rápida por la ciudad y regresáis enseguida. La tensión de todo el día conduciendo por la izquierda se te ha posado en el cuello y comienzas a notar el cansancio. Raquel, en cambio, es pura euforia.

Miércoles 12
Desayuno escocés completo. Salchichas incluidas. Devoras hasta el último champiñón.
Visitáis el campo de batalla de Culloden. Recorréis el lugar en el que los Jacobitas fueron masacrados a manos del ejército británicos y os cuentan la batalla. Es un viaje en el tiempo. Y una lección de historia. Emociona el modo en el que la derrota configura la identidad y la memoria de un pueblo.
Después, a unos pocos kilómetros de Culloden, visitáis un enterramiento prehistórico, el clairn de Clava. Tres círculos de piedras rodeados por árboles. Supuestamente en ellos se inspira Diana Gabaldón para el inicio del viaje en el tiempo de la protagonista de Outlander. Lo cierto es que el tiempo realmente se frena en ese lugar. Más que en otro sitio, tienes la sensación de que hay algo de otra época que aún reverbera en el presente. Algo invisible, pero perceptible. Una energía extraña que te recarga y te eriza la nuca.
Volvéis a subir al coche y os dirigís al Lago Ness. La carretera es estrecha, pero los coches van a toda prisa. Tú intentas ser prudente, pero no puedes evitar causar una retención detrás de ti. Coméis en Drumnadrochit, la casa del monstruo. Allí todo es Nessi. Incluso la cerveza. La industria del misterio.
Tras la comida, entráis al castillo de Urquhart y desde allí bajáis al lago. El tiempo es inestable. Llueve, sale el sol, llueve, sale el sol… en menos de diez minutos. El arco iris no deja de aparecer. En la orilla del lago, tiras algunas piedras que rebotan sobre el agua y te llevas en el bolsillo varias como recuerdo.
Regresáis a Inverness. Paseáis por la ciudad, cenáis rápido y volvéis al Bed and Breakfast para ver el Madrid-Bayern. Afortunadamente, Internet funciona. Gana el Madrid. El día ha sido perfecto.

Jueves 13 de abril
Desayuno escocés temprano. Hacéis las maletas y las subís al coche. Hoy se acaba el viaje. Antes de salir, dais un pequeño paseo y os despedís de la ciudad.
De camino a Edimburgo, se os ocurre visitar la destilería Tomatin. Te llama la atención el nombre y decides parar allí por mera curiosidad. Tenéis tiempo de sobra, así que hacéis toda la visita guiada y después la cata de whisky. ¿Quién conduce?, preguntan. Le dices a Raquel que levante la mano y pruebas las cuatro clases de whisky que te sirven. Te gustan todos. No puedes evitar llevarte a casa alguno de ellos.
La cata es mínima, pero algo se te sube a la cabeza. En un momento determinado, te das cuenta de que llevas unos minutos conduciendo por el lado contrario. Te has relajado tanto que has conseguido olvidarlo todo.
Llegáis a Edimburgo con el tiempo justo para dejar el coche y facturar el equipaje. Por problemas técnicos, en el avión no os dejan usar los dispositivos móviles y no podéis ver el final de Big Little Lies. Lees de un tirón Saturno, la pequeña novela de Eduardo Halfon que ha publicado Jekyll&Jill. Es una delicia. Una carta al padre, como la de Kafka, pero también un estudio sobre el suicidio literario. Halfon es un autor al que sigues desde hace tiempo. Te sedujo con El ángel literario y desde entonces no has dejado de leerlo. Este librito es en realidad lo primero que publicó, pero estaba inédito en España. Es una suerte que alguien se haya atrevido a editarlo aquí. Y sobre todo que lo haya hecho de esa forma tan delicada y primorosa.
Llegáis a Murcia casi a las tres, cansados, pero con la sonrisa en la boca. Ha sido un viaje mágico. Y lo habéis aprovechado hasta el último momento.

Viernes 14 de abril
Al despertar eres consciente por primera vez estos días de que es Semana Santa. Piensas en el pasado y en cómo estos días todo era tristeza. Había muerto Cristo en la cruz y tú también tenías que mantener el duelo. Hoy, sin embargo, todo es diferente. Aquel mundo es para ti apenas un rumor, aunque hayas vuelto a revivirlo con la novela que escribes.
Contestas varias decenas de mails y comes con Leo, José, Diego y José Óscar. Viernes Santo Hindú. Y literario. Habláis de literatura, de vuestros proyectos, del machismo en la literatura y también de la dictadura de lo políticamente correcto. José Oscar saca libro en unas semanas. Diego, en unos días y José edita sin parar. Murcia tampoco se acaba nunca. Al final os quedáis Leo y tú y tomáis la última en la plaza de Europa. Después te encuentras con Marta y sus amigos. Es el cumpleaños de Lola, y sigues un poquito más. No estás tan perjudicado para todo lo que has bebido.

Sábado 15 de abril
Pasas el día encerrado en el despacho. Necesitas volver a la novela. En cuanto te pones delante del ordenador todo fluye. Corriges a una velocidad que no habías previsto. Lo que lees te gusta y notas que hay partes que están mucho mejor de lo que esperabas. A finales de la tarde estás prácticamente en trance. Te quedas unos segundos durmiendo y regresan las pesadillas. Te angustia, pero sabes que es buena noticia. Eso significa que has vuelto a entrar en la novela, que la historia vuelve a caminar contigo. Hay semanas en las que es difícil retomar el ritmo y la voz de la historia, y otras veces, en cambio, uno es capaz de zambullirse hasta el fondo con solo tocar el agua.

Domingo 16 de abril
Te vuelves a encerrar desde temprano. Pensabas ir al gimnasio –hace ya más de un mes que lo tienes abandonado–, pero la historia te reclama. Te has levantado temblando por lo que has soñado y no puedes evitar sentarte al teclado. Es el estado del cuerpo necesario para reescribir el epílogo. A las tres de la madrugada sientes que has conseguido llegar el final. Falta aún una pequeña parte por reescribir; pero el final ya es definitivo. Ves la imagen, la evocas, la experimentas. Es ahí donde todo acaba. Te vuelves a emocionar. Por el trabajo terminado y por lo que significa poder contar esa historia. Nunca habías creído que ibas a poder hacerlo. Y poco a poco va tomando cuerpo. Cuerpo extraño, amargo, doloroso, pero necesario.

Aquí y ahora, 37

Lunes 3 de abril
Sigues sin ver del todo bien. Aún borroso. Por la mañana te cuesta fijar la vista y sólo recuperas el enfoque conforme va avanzando el día. Aun así, te sientas al ordenador y comienzas la semana corrigiendo la novela. Corregir es ahora perder palabras. Eliminar reiteraciones, quitar de en medio lo que entorpece la lectura. Cortar, cortar, cortar. Y también reformular aquello que habías escrito con prisa. Escribir es ahora, en realidad, editar. Montar, reenfocar. Y también dar espesor a la narración.
Por la tarde terminas de leer Clavícula, el último libro de Marta Sanz. Es crudo, duro, en el límite de la obscenidad. Te interesa sobre todo el modo en el que hace aparición la precariedad. Lo frágil. En el cuerpo físico y en el cuerpo social. Golpea en la intimidad que más duele, la que realmente no se ve, la que está detrás de las luces del éxito. Es un libro incómodo. La cotidianidad y la rutina, el cuerpo dañado y la economía inestable, como desvelamiento las vergüenzas del sistema.

Martes 4 de abril
Por la mañana, charla en el instituto donde estudiaste. De golpe, regresa todo el pasado. Hablas de tus libros y de cómo te convertiste en escritor ante un auditorio de alumnos de bachiller. Es un público difícil, te obliga a estar constantemente en tensión, intentando captar su atención. Pero es también un público agradecido. Puedes percibir claramente su emoción pura cuando hablas del proceso de escritura o de cómo surgen las historias.
A media tarde, cita con el oftalmólogo. Has recuperado algo de vista, aunque aún falta bastante para estar al cien por cien. El orzuelo que ha crecido hacia dentro te está presionando la córnea. Quizá en un mes desaparezca aplicando calor y pomada. Si no –cosa que intuyes– tendrán que extirparlo con cirugía.
Después del médico, mesa redonda con Manuel Moyano y Ana María Tomás sobre el papel del escritor. La organiza Lola Gracia en el Centro Cultural del Carmen. Y habláis de las diferencias entre escritor artista y escritor profesional. No llegáis a ninguna conclusión, salvo que ninguno de los tres estaríais dispuesto a sacrificar vuestra literatura por el mercado. Por supuesto, todo autor hace concesiones. La escritura es una negociación entre lo que se quiere decir y lo que se puede escuchar. Uno escribe para ser leído; al menos tú escribes con esa intención. La clave está en encontrar el equilibrio entre lo que uno quiere escribir y el modo en que eso va a llegar mejor al lector. Cuando se queda demasiado cerca del escritor, es solipsismo; cuando queda totalmente del lado del lector, cuando sólo se le da lo que pide, es kitsch.

Miércoles 5 de abril
Mañana de tutorías. Te cansan más que las clases. Acabas repitiendo lo mismo cien veces a personas diferentes. Después, subes al “fiestódromo” del Campus de Espinardo para celebrar las fiestas de Filosofía. Te integras con los alumnos. Uno de ellos te llega a preguntar si tú también estudias Filosofía. No, yo soy de Historia del Arte, le contestas. Y tú vienes poco a clase, añades. Acabas cansado antes de la cuenta y regresas a casa con la sonrisa en la boca.

Jueves 6 de abril
Corriges toda la mañana. Vuelves a entrar en la historia. No puedes evitarlo. Por mucho que quieras mantener las distancias.
Por la noche, cena de Filosofía en un chino en el que apenas hay nada para comer. Te limitas a beber cerveza y sales de allí algo tocado. Después, la noche se alarga y acabáis en el Musik. Allí hablas con Patricio sobre el último libro de Julian Barnes. Son las cuatro de la mañana en Murcia. Todo te parece tan extraño que decides pedir un Jägermeister del que te arrepentirás al día siguiente.

Viernes 7 de abril
Resaca y dolor de estómago. Por la noche, cenas con tu hermano y tus sobrinos en el Yeguas. Sólo bebes agua.

Sábado 8 de abril
Comienzas a leer la última novela de Ignacio Martínez de Pisón, Derecho natural. Es lo primero que lees de él. Y rápidamente te conquista. Es una novela clásica. Una historia emotiva, una voz que consigue sonar en tu cabeza, un mundo que realmente se puede habitar. Sabes lo difícil que es conseguir que todo parezca tan fácil, tan natural. Eres consciente de la maestría y el oficio necesarios para lograr que la prosa fluya como si alguien te estuviera hablando al oído. Los diálogos en el sitio justo, el contexto, la España de la transición y los ochenta, como fondo de contraste, tintando la historia, pero sin hacerse demasiado presentes… Una novela redonda.
Mañana sales de viaje con Raquel. Terminas de hacer las maletas e intentas irte temprano a la cama. Pero no hay manera de dormir.

Domingo 9 de abril
Os levantáis a las cuatro y media para poder llegar al aeropuerto a tiempo. El vuelo sale a las ocho. Intentáis dormir en el avión, pero la tripulación de Ryanair no deja de incordiar con sus menús, su venta a bordo y sus rifas. Es la gente más pesada del mundo.
Llegáis temprano a Edimburgo y dejáis las maletas en la casa que habéis alquilado. Paseáis por la ciudad y coméis unos haggis que no son tal y como esperabais. La cerveza que te pides tampoco lo es.
Visitáis la Galería Nacional y os encontráis allí con La vieja friendo huevos. A veces uno cree que todos los Velázquez están el Prado. La Galería te sorprende. Te gustan los museos pequeños. Te quedas hipnotizado con la Conversación galante, de Ter Borch. Siempre te ha fascinado la pintura holandesa. Gerard ter Borch en particular. Pasas un buen rato con tus ojos clavados en la textura del vestido de la joven que está de espaldas al espectador. Los brillos, los pliegues, el terciopelo… casi puedes tocarlo todo con la retina. También te conquista el cuello de la chica. Experimentas claramente el placer del voyeur y no puedes evitar sentir deseo. Después, claro, está lo que la obra muestra, el interior de un burdel, el hombre contratando los servicios de una cortesana. Cuando estudiaste esta obra en la carrera se titulaba La admonición paterna y el sentido era completamente diferente: un padre regañando a su hija. Aun así, te seguía fascinando. Hay algo en la pintura que va más allá del significado. Algo que está en la imagen, en la forma, en el color, en el modo en que lo que vemos supera a lo que podemos entender.
Por la noche, lees una reseña de El instante de peligro en una revista digital. A la reseñista le ha gustado la novela, pero dice que es decididamente machista. Entre otras cosas porque los actos sexuales están contados desde la perspectiva masculina. ¿De qué otro modo podrían contarse si el protagonista es un hombre? Piensas que a veces confundimos “visión del hombre” con “visión machista”. 50 sombras de Grey presenta el sexo desde el punto de vista femenino, está escrito por una mujer y probablemente no se haya escrito nada más machista y objetualizador en los últimos años. Pero más allá de eso, lo que te perturba es el modo en que la dictadura de lo políticamente correcto está acabando por anular cualquier tipo de diferencia, y todo debe ya tender hacia lo neutro, lo que no moleste, lo que no hiera a nadie, lo que represente a todo el mundo, todas las opciones, todas las visiones. El peligro está en que uno al final acabe escribiendo sólo aquello que puede ser aplaudido por todos, lo que no cause incomodidad, lo que sea aceptable porque ya no tiene ningún tipo de aristas que causen heridas. Ése será el momento en que la literatura muera como forma de dar cuerpo a universos particulares, cuando se convierta en un kitsch capaz de contentar a todos.

Aquí y ahora, 36

Lunes 27 de marzo
Sigues sin ver bien por el ojo derecho. En una semana apenas has mejorado. Nada más levantarte, tienes cita con el dentista. Quizá en el fondo sea un problema odontológico. Te revisa y dice que no tienes nada inflamado. Eso sí, necesitas con urgencia ponerte unas prótesis y unos arreglos que te van a costar un ojo de la cara. El otro ojo.
Al salir, acudes al médico de familia para que te vea los orzuelos que te han salido y te dé la baja unos días. Con las pupilas dilatadas no puedes leer, escribir, ni prácticamente salir de casa. Te dice que todo está bien, que eso no es nada y te cambia las gotas que te dilatan las pupilas por un ungüento para el orzuelo. Así al menos podrás leer y ver el mundo, dice. Le haces caso, aunque tienes la sensación de que no se entera de nada.
Por la tarde, pasas tres horas en la quiropráctica. Te estira, te pone agujas por todo el cuerpo, te sangra los meridianos y te llena las orejas de imanes. Sales de allí medio zombi y sin saber muy bien ni la hora que es. Imprimes los billetes de tren para el día siguiente y caes a la cama como si te hubieran dado una paliza.

Martes 28 de marzo
Murcia-Madrid por la mañana. Escribes de un tirón el diario de la semana y dormitas el resto del viaje. No ves bien, pero al menos ya no llevas la pupila dilatada. Llegas a Madrid con el tiempo justo de comer, buscar una farmacia para comprar más gotas para los ojos y ducharte.
A las cinco, charla en la Fundación Juan March dentro de los Encuentros Colecciona. No la has anulado porque hablas como escritor y eso te sigue pareciendo más placer que trabajo. Además, lo organiza Chema de Francisco, que es un lector voraz y disfruta como pocos de las novelas sobre arte. En la Fundación te encuentras con algunos amigos que se han acercado a escucharte. Están Eduardo, Javier y Marina. Te alegras de verlos. En la mesa dialogas con Díaz Guardiola y Diego Casillas. La charla es amena, aunque al final se habla más de arte que de literatura.
Al terminar, cena agradable con Chema y Rafa. Acabas pronto y decides acercarte tú solo a tomarte una copa al José Alfredo, intuyendo que seguro que te encuentras a alguien en el bar. Allí está Soto, Daniel y el periodista que entrevistó a Paesa. Después llega Paco y, más tarde, Leo, el cantante de Nudozurdo, de quien eres fan declarado. Os quedáis los dos solos y te dice que está leyendo a Càrrere y que le ha encantado Una novela rusa. Lo que te faltaba para rendirte a sus pies. Habláis de su nuevo disco y quedáis en contacto para la próxima vez. Al salir, te topas con Juan y le dices que tienes unas ganas inmensas de ponerte con su nueva novela. Madrid es un pañuelo. A cierta hora, en ciertos sitios, es difícil no conocer a nadie.

Miércoles 29 de marzo
Despiertas lúcido y sin resaca. Desayunas en el hotel y, antes de coger el tren de vuelta, te arruinas en La Central de Callao. Durante el viaje a Murcia no te puedes dormir y lees prácticamente de un tirón Canción dulce, la novela de Leila Slimani que ha ganado el Goncourt. Descansas la vista cada cierto tiempo. Aun así, durante las cuatro horas de tren logras acabártela entera. Al cerrarla no tienes claro si te ha llegado a gustar, si es una obra maestra o una novela fallida. El final lo rompe todo. Son los peligros de crear tantas expectativas. Uno de los mejores principios de la literatura y un desarrollo in crescendo que, por alguna extraña razón, se acelera y acaba en un lugar inesperado, un cambio de narrador que no llegas a comprender. En ocasiones, un mal final se puede cargar una gran novela. Y al revés, un buen final puede llegar, si no a arreglarla, sí que a justificarla. Es el sabor de boca con el que uno se queda al terminar. Lo que uno recuerda, para bien o para mal. Hay que saber acabar, tanto o más que empezar. Es lo que uno le debe al lector. Si el principio es seducción, flirteo, el final es recompensa, gratitud por el camino conjunto.
Nada más llegar a Murcia, tienes cita con otro oftalmólogo para tener una segunda opinión. Te examina y dice que no ve nada, que el ojo está bien y que no hay nada inflamado. Tú, sin embargo, sigues viendo borroso. ¿No será el orzuelo?, preguntas. No, contesta, de ninguna manera, el orzuelo no causa pérdida de visión. No sé, concluye el oculista, es todo muy extraño. Pues si no lo sabe usted…, acabas diciendo, apañados vamos.

Jueves 30 de marzo
Pasas la mañana corrigiendo la novela en sesiones de media hora hasta para descansar la vista. Te cuesta coger el tono. Vas más lento de lo que habías imaginado. Hay párrafos que te toman todo el día.
Condenan a una tuitera por tuits sobre Carrero Blanco. Es un disparate mayor, por todo lo que supone. El debate es triple: el primero es el de los límites del humor –que es también el de la libertad de expresión–; el segundo, el de la vigencia de la historia y las instituciones franquistas en el presente; y el tercero, tan importante como los otros, el del uso responsable de las redes sociales. Twitter es un espacio público y lo que se dice ahí tiene consecuencias. Más que nunca es necesaria una educación sobre los usos de las redes, los límites y las complicaciones. La gente utiliza internet como si fuera una autovía sin normas. Y en un espacio social hay leyes que –con independencia de lo justas o injustas que sean– es necesario conocer.
Conferencia de Joan Fontcuberta en el Cendeac. Disfrutas cuando asistes como público y sin la presión del organizador. Y en esta conferencia aún más. Fontcuberta habla de la postfotografía y muestra la obra de artistas que trabajan con Google Street View y otras imágenes digitales. Desde luego, más que nunca, el mapa, la representación, es mayor que el territorio.
Después celebras con Leo su cumpleaños y te pasas por los conciertos de las fiestas de Filosofía en Revólver. La noche no se alarga demasiado.

Viernes 30 de marzo
Visita con los alumnos varias exposiciones en la ciudad. Muchos de ellos jamás habían entrado en una galería de arte. Al final, parece que la experiencia es productiva. Sin duda, es así como mejor aprenden a entender el arte, viéndolo en el espacio real. Después, con los que han resistido al final, tomas unas cervezas cerca de la universidad. Habláis de los límites de la libertad de expresión, del caso de la tuitera murciana, de las redes sociales, de los temas que realmente les importan. Sientes que eso también es decencia, que ahí también se aprende y se enseña. En las conversaciones más allá del aula. También eso es la universidad. Quizá eso más que otra cosa.
Por la noche terminas de ver la última temporada de American Horror Story: Roanoke. Un ejemplo de cómo convertir algo que había empezado bien en un delirio absoluto y sin ningún sentido. La metaficción se les fue de las manos.

Sábado 1 de abril
Amaneces resfriado. Dolor de garganta y cabeza. El ojo sigue sin mejorar. Eres un nido de lástimas.
Pasas el día corrigiendo. Ahora la historia ya no te duele. Al menos no tanto como antes. La lees con distancia. Ya te la conseguiste sacar de encima. Las pesadillas parecen haber quedado apresadas en las palabras.

Domingo 2 de abril
Paseo en bicicleta por la huerta. El sol y la vegetación te sientan bien. Recorres los lugares en los que está ambientada la novela y percibes que te has reconciliado con todo, que escribir, al fin y al cabo, ha tenido un sentido.
Por la noche ves Captain Fantastic y te conmueve. El día ha sido perfecto.