20/05/13

El museo como puerta

Publicado originalmente en El cultural

En Punto Omega, Don DeLillo describe la experiencia de un visitante que se encuentra en una galería frente a 24 Hour Psycho, la obra de Douglas Gordon que consiste en la ralentización del célebre filme de Alfred Hitchcock hasta llegar a veinticuatro horas. En la sala, protegido por la oscuridad y bañado en la luz de las imágenes, el protagonista de la novela de DeLillo tiene la sensación de habitar un tiempo diferente y de encontrarse frente a un modo de percepción alternativo al de la vida cotidiana. Las obras de Douglas Gordon suelen provocar ese efecto en el espectador. Pero esa sensación de interrupción y temporalidad alterada, ¿sería la misma si en lugar de enfrentarnos a ellas en una sala de exposiciones lo hiciéramos en nuestra televisión o en el ordenador? Probablemente no. Porque la obra es el vídeo, por supuesto, pero la experiencia que propone necesita la presencia de un cuerpo en un espacio. Y lo que ocurre de modo evidente con la obra de Gordon, sucede con gran parte de las obras de arte, que siguen necesitando de un espacio real para ser experimentadas. Hoy, en plena era de la desmaterialización, todavía hay experiencias que es necesario vivir cuerpo a cuerpo. La del arte es una de ellas.

Marina Abramovic y Ulay, Imponderabilia, 1977
A riesgo de parecer reaccionario, y en un momento en el que el discurso sobre los museos tiende más bien hacia lo virtual y la puesta en cuestión de la ontología de la presencia, me gustaría reivindicar aquí la experiencia física y corporal del museo y la necesidad de preservar el sentido tangible y material de la confrontación directa con las obras. El museo como espacio de conservación, estudio y enseñanza, por supuesto pero, sobre todo, como lugar de encuentro sensible. En un momento de desaparición del tiempo y evitación del cuerpo, el museo nos sirve como espacio de resistencia, como una suerte de grieta por la que se cuelan modalidades de experiencia que alteran el orden cotidiano de las cosas.

Nos enfrentamos hoy a una situación compleja, que viene de lejos: el paso del museo como templo, que proporcionaba una experiencia casi sagrada del arte, al museo como supermercado y espacio del entretenimiento, el museo de las multitudes, donde la experiencia artística se ha convertido en turismo cultural. Algunos nostálgicos, como Jean Clair, reivindican sin cesar la vuelta a esa experiencia sagrada y cultural del arte frente al imperio de la banalidad. Sin embargo, si lo pensamos bien, tanto una como otra opción, el templo o el mercado, acaban siendo problemáticas. La primera nos aleja de la realidad y anula la subjetividad a través de la imposición de un discurso que nos sobrepasa. La segunda no supone corte alguno con la vida y acaba transformado la experiencia museística en un acto de consumo cultural rutinario. 

Quizá deberíamos optar por una opción diferente: el museo como umbral, como un lugar que no pierda del todo el contacto con la vida pero, al mismo tiempo, que suponga una cierta cesura, una interrupción de la temporalidad cotidiana. Un espacio de conflicto entre realidades. Me viene ahora a la cabeza Imponderabilia, la obra de Marina Abramovic y Ulay en la que se situaban desnudos uno frente a otro como si fueran los quicios de una puerta en la Galería Comunal de Arte Moderno de Bolonia. Cualquiera que quisiera entrar o salir tenía que rozarse con los cuerpos desnudos. El tacto, sentido maldito de la modernidad, se convertía en un imponderable. Y el espectador era confrontado con algo que alteraba su experiencia sensible y lo hacía consciente de su cuerpo. Quizá ésa sea la verdadera experiencia del museo, la de la alteración de los regímenes hegemónicos de sensibilidad. El museo como lugar de los cuerpos, como espacio de con-tacto. Un umbral en el que el cuerpo resiste, se altera y se rematerializa. El museo como puerta.

16/05/13

Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos. Consideraciones sobre el retorno de los zombis

Esta semana he participado en el C-FEM, el Festival de Cine Fantástico Europeo de Murcia, con una charla sobre zombis. Yo no soy un experto en el tema, ni mucho menos, pero sí es cierto que me apasiona. Quizá por eso acepté la invitación y preparé algunas notas sobre las que improvisé un poco. Algunos me han preguntado si se grabó la intervención. Afortunadamente, parece ser que no. Pero ante las peticiones de los fanáticos del tema, y sin que sirva de precedente, voy a colgar aquí las notas que llevaba para la conferencia. Lo hago a sabiendas de que se trata de un material precario, sin editar, lleno de reiteraciones, repeticiones, cosas dadas por sabidas y otras muchas que eran tan sólo apuntes para improvisar y comentar durante la charla. Aun así, como no creo que vaya a publicar esto en ningún lugar –sobre todo porque no tengo tiempo de ponerme a trabajar en serio sobre el material–, lo dejo en este limbo digital. Lo mismo alguna idea puede tener sentido y todo. Eso sí, os ruego que entendáis el texto como lo que es, la suma de unas notas precarias y escritas a la carrera para una intervención oral. No es un texto definitivo, ni mucho menos. Aunque las ideas están, y también lo que quería decir. Salvo alguna cosa.

*

Cuando se me pidió un título para hablar de zombis, no sé por qué, se me ocurrió este. "Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos".  Reverberaba en mí la frase del abad de Citeaux y legado papal Armando Amalric.

En 1209, en plena cruzada de interior, Simon de Monfort, jefe de los cruzados en la ciudad de Beziérs y ante la negativa de los cátaros de entregarse, dio orden de tomar la ciudad. Alguien de entre su séquito le hizo notar que en el interior de la ciudad además de herejes habían buenos cristianos inocentes. Simón de Monfort consultó entonces con el Amalric y éste le contestó: "Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos". Se cuenta que murieron en torno a 17.000 personas. Hombres, mujeres, niños, cátaros y no cátaros.

Por alguna razón, esta frase se me vino a la cabeza. Y fue una relación inconsciente. Acababa de ver Homeland, y seguía con The Walking Dead. Y enseguida pensé que había una relación entre ambas series y esta frase: los daños colaterales.

En Homeland, como en el terrorismo –y no olvidemos la relación de la palabra con el terror–, las víctimas son civiles, pero no sólo las víctimas de los atentados terroristas. También las víctimas de la guerra. La cruzada de Abu Nazir, el terrorista que persiguen, y la conversión de Brody, se produce precisamente después de una matanza indiscriminada. Hay una base terrorista cerca de una escuela. Y el vicepresidente ordena atacar. Hay niños. No importa. Es un sacrificio. Dios reconocerá a los inocentes. Son daños colaterales. Las guerras contemporáneas dejan miles de muertos.

En la horda zombi no hay niños, ni mujeres, ni inocentes. O nunca dejan de serlo. Todos son muertos, y todos son inocentes. Matar zombis indiscriminadamente es al mismo tiempo superar la colateralidad, es decir, el asesinato, o convertirse en un asesino de inocentes. El zombi es el inocente que vuelve. Porque Dios no pudo darle lo suyo, porque Dios ha muerto y no puede reconocer a los suyos. 

Creo que la era zombi tiene que ver, entre otras cosas con esto.

La guerra del Vietnam y las matanzas de Indochina fueron las primeras en las que la ciudadanía –sobre todo a causa de los medios– tomó conciencia de las matanzas de inocentes.

Q. So you fired something like sixty-seven shots?
A. Right.
Q. And you killed how many? At that time?
A. Well, I fired them automatic, so you can’t- You just spray the area on them and so you can’t know how many you killed ‘cause they were going fast. So I might have killed ten or fifteen of them.
Q. Men, women, and children?
A. Men, women, and children.
Q. And babies?
A. And babies.

Recordemos célebre póster anti-Vietnam que mostraba precisamente esa matanza indiscriminada con la frase: ¿Y los bebés? Y los bebés. 



Cuando en 1968 George Romero reinventa el zombi moderno, tiene claramente en la cabeza este imaginario. Gran parte de los estudios sobre el director vinculan su obra con un contenido político claro. Y él mismo suele hablar de cómo sus zombis en el fondo tenían que ver con aquellos muertos que nos rodeaban en Vietnam. De los que fuimos culpables y que ahora venían para encerrarnos en las casas, para asediarnos y para llevarnos con ellos.

Creo que el retorno de los zombis hoy tiene que ver, aparte de otras cosas, con el retorno de esa colateralidad. Mi tesis es que el retorno de los zombis tiene mucho que ver con el imaginario de la guerra y la muerte, de esas muertes de las que todos somos culpables –porque son para nuestra seguridad–. Son los que vuelven para llevarnos por nuestros pecados. Y también son aquellos que utilizamos para mostrar realmente lo que ya hicimos, matarlos a todos. Porque ahora sí que hay que matarlos a todos. Porque ahora la verdadera potencia indiscriminada del asesinato se puede ver satisfecha sin complejo de culpa.

Pero así como en las películas de Romero, todavía costaba trabajo matar a un zombi, hoy el zombi muchas veces se convierte en la excusa para la matanza indiscriminada, para la ultraviolencia de los vivos. El zombi vuelve para matarnos, pero también para que probemos sobre él nuestras armas. Fuego a discreción. El enemigo está por todas partes. Matadlos a todos. Ya no hay niños. Ya no hay culpa. Ya no hay Dios. Ahora ya está claro.

13/05/13

Democracia

Reseña publicada originalmente en Otra parte semanal

Hace poco más de un año, el escritor español Isaac Rosa observaba que, frente a la avalancha de ensayos sociológicos y políticos sobre la indignación y las protestas contemporáneas, no había un panorama narrativo que se hiciera eco de lo que estaba ocurriendo en España. “¿Dónde están las novelas de la crisis?”, se preguntaba. Curiosamente, como si su llamamiento hubiera sido escuchado –o quizá porque esos libros estaban escribiéndose–, de un tiempo a esta parte las mesas de novedades se han empezado a llenar de novelas que, con mayor o menor realismo, han comenzado a dar buena cuenta de las transformaciones económicas del país y de la atmósfera de indignación y crispación en la que los españoles estamos inmersos. Novelas tan distintas como El público, de Bruno Galindo, o Eres el mejor, Cienfuegos, de Kiko Amat, por mencionar tan sólo dos ejemplos, atienden a la situación real del país, al paro, a la pérdida de credibilidad de los políticos y a los movimientos ciudadanos.
Es en este contexto donde aparece Democracia, la cuarta obra de Pablo Gutiérrez (1978) –la primera que publica en la poderosa Seix Barral tras su paso por Lengua de Trapo–. Gutiérrez es uno de los autores jóvenes que mejor trabajan con la potencia del lenguaje como arma de construcción de la narración. En sus obras anteriores, tanto en Nada es crucial (2010) como enRosas, restos de alas (2008) –una primera obra que le valió entrar directamente en la lista de la revista Granta–, el autor despliega un lenguaje que se encuentra en el límite de lo poético y que da cuerpo por sí solo a narraciones que, aunque miran el mundo real de las clases medias y bajas, son presentadas casi más como fábulas abstractas que como historias reales.
Democracia es un paso más en su investigación sobre la potencia del lenguaje justo y cuidado, pero supone una especie de giro realista en su literatura, que se aleja de las referencias abstractas y arquetípicas para entrar de lleno en las consecuencias reales de la crisis. La realidad ahora se concreta y aparece de modo reconocible. Dos historias paralelas, la de la caída de Lehman Brothers y la del joven Marco, despedido de su trabajo el mismo día en que quiebra la corporación, muestran dos aspectos de la crisis: el espectacular y el cotidiano, el visible y el invisible. Y todo ello, con el trasfondo de la pérdida de confianza en los que nos gobiernan. Y con la creencia de que la poesía –los grafitis que comienza a realizar el joven y que sirven de inspiración para pequeñas transformaciones– es lo único que puede salvarnos. En las acciones minúsculas y aparentemente inofensivas es donde se encuentra la verdadera energía para la revolución. Aunque a veces creamos que ya nada sirve de nada.

Pablo Gutiérrez, Democracia, Seix Barral, 2012, 240 págs.


05/05/13

Una vestidura incómoda

De nuevo, no encuentras el tiempo para sentarte a escribir. Apenas unos segundos. Quieres escribir algo. Lo que sea. No importa el contenido. Sólo escribir. Poner palabras una detrás de otra. Casi como los minimalistas. Como Donald Judd. Una cosa detrás de la otra. Sin pretender nada. Sin pretender que esto se entienda. Abstracción. Casi. Un trazo. Un gesto. Lo que eso sería en la pantalla. Cómo hacer un trazo en la pantalla. Cómo hacer un gesto sobre el teclado. Igual que un pintor. Dar unos golpecitos, automáticos. Y que salga esto que está saliendo. Este post que sólo sirve para desentumecer los dedos. Y ya está. Y poco más. Y quizá para sentir que este espacio, este no(ha)lugar, sigue siendo un sitio para poder hacer lo que quieras. Y para acabar escribiendo esto. Así. Sin más. Al final del día de la madre. Del día en el que, otro año, no has podido felicitar a tu madre. El día en el que sientes que la herida se reblandece, que algo te muerde por dentro. Que hay un vacío, un abismo que se abre momentáneamente. No para que caigas, sino para que sepas que ya estás en su interior. Un abismo que te dice que lo perdido ya no puede volver. Que se ha ido para siempre. Pero un abismo que, sin embargo, no te engulle del todo. Porque aún quedan pequeños restos, trocitos de lo que se ha ido incrustados en tu piel. Y esos restos te protegen, como una armadura. Una armadura que, paradójicamente, se te clava y te hace de nuevo sangrar. Una protección que causa dolor. Es extraño, piensas. Todo esto es extraño. Y escribes este post de un tirón sin comprender exactamente lo que está pasando. Sin pretender tampoco que nadie lo entienda. Hay cosas para las que el lenguaje sigue siendo una vestidura incómoda.

29/04/13

Diez libros imprescindibles

Hace unas semanas, dentro de la sección "los diez de...", la revista electrónica Paisajes eléctricos que, por cierto, cada día merece más la pena– me sugirió escribir la lista de mis diez libros favoritos. Se me ocurrió esta. Luego, más tarde, me vinieron a la cabeza otros muchos que no están aquí, algunos fundamentales: El libro del desasosiego, Viaje al fin de la noche, o mis libros de juventud, La historia interminable, El lobo estepario o Gertrudis –que, por cierto, situé en otra lista, para numerocero–. Tampoco están los libros de filosofía y ensayo, que me han construido como sujeto más que estos aún. Pienso en los de Benjamin, Bataille, Barthes, Cioran, Foucault, Lacan o Derrida. Pero elegir es siempre dejar fuera cosas. Mil cosas. Elegir es siempre equivocarse. Y aquí os dejo mi propuesta de equivocación. Imagino que hoy me equivocaría de otro modo.

1. Molloy, de Samuel Beckett

Quizá Beckett sea el más grande de todos. Y no sabría con qué quedarme de su obra. La trilogía del innombrable (MolloyMalone muereEl innombrable) te cambia para siempre. Pero también todo lo demás. Los relatos, la poesía, el teatro. No sería el mismo sin haber leído a Beckett. Sus obsesiones, su escritura compulsiva, su universo asfixiante… transforma tu visión del mundo para siempre.

2. El malogrado, de Thomas Bernhard

Bernhard se comió mi vida durante un tiempo. Era lo único que leía. Y no diré que casi me lleva al suicidio, pero sí a la depresión. Odié el mundo casi tanto como él. El malogrado es la obra que más me conmovió. La historia de un fracaso y la imposibilidad de alcanzar la genialidad. Las variaciones Goldberg y la interpretación de Glenn Gould, que aparecen como leitmotiv en el libro, fueron mi banda sonora durante varios años y todavía siguen resonando cuando me acuerdo de ciertos momentos duros de mi pasado. Quizá es el libro que me tatuaría.
3. La ciénaga definitiva, de Giorgio Manganelli
Durante un tiempo también viví obsesionado por Manganelli. Sus textos son extraños, perversos, inquietantes y alegóricos. La ciénaga definitiva es su última obra antes de morir. Algo se mueve por dentro después de entrar en la mente surrealista de Manganelli. Las emociones del caballo y el caballero entrando en ese universo oscuro del que ya no es posible volver me dejaron pensando mucho tiempo.
4. El Aleph, de Jorge Luis Borges
Borges, por supuesto. Qué sería de nosotros sin Borges. Sus cuentos son la inteligencia hecha palabra. Es el más lúcido, el más cerebral, el más listo de todos. Quedé atrapado para siempre en sus bibliotecas, en sus mapas, en sus juegos de espejos, en el laberinto de su literatura. Nadie que pretenda ser escritor puede dejar de leer a Borges. Y cada vez su obra se hace más pertinente y necesaria para entender el presente.
5. Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino
Calvino es también Borges. Y casi diría que lo encuentro más cercano. Sus relatos son deliciosos. Y también sus novelas. Un escritor imprescindible. Si una noche de invierno un viajero fue para mí un descubrimiento. Un libro que me hablaba directamente, que se dirigía a mí como lector. Un juego autorreferencial que cambió mi visión de la literatura. Todavía recuerdo la emoción que sentí al abrir aquellas páginas. Desde entonces se han hecho muchos experimentos posmodernos metaliterarios, pero ninguno lo supera.
6. Bartleby y compañía, de Enrique Vila-Matas
Este libro fue mi entrada en el mundo de Vila-Matas. El mundo de los escritores que dejan de escribir y los individuos que viven obsesionados con desaparecer. Un mundo del que ya me sería imposible salir. De Vila-Matas me gusta todo. Pero a este libro le tengo especial cariño porque fue mi umbral de acceso al “I would prefer not to”.
7. Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago
Saramago me suele cansar. Su moralina a veces me exaspera. Pero Ensayo sobre la ceguera es un libro brillante. Una historia sobre los lugares a los que puede llegar la miseria humana que acaba llenándote de preguntas y que te persigue mucho más allá de las páginas del libro. Alta literatura, desde luego.
8. La invención de la soledad, de Paul Auster
Soy fan de Paul Auster. Me gusta todo, hasta lo más reciente. Pero si tuviera que quedarme con un libro suyo, sin duda ese sería La invención de la soledad, un libro bellísimo sobre la muerte del padre, sobre la memoria y sobre la necesidad de escribir y contar historias antes de que todo se olvide para siempre. Obra maestra.
9. Ruido de fondo, de Don DeLillo
DeLillo es el gran escritor americano contemporáneo. El más grande de todos ellos (más que Roth, que Auster, que Pynchon incluso), el más inteligente, el más incisivo, el que de verdad ha sabido plasmar qué hay detrás de la sociedad de nuestros días. Y Ruido de fondo nos habla de algo que está a punto de suceder, del miedo, de la amenaza constante de la catástrofe. Después de leer esta obra, uno ya no deja de percibir que lo terrible está a punto de suceder en cualquier momento. ¡Premio Nobel ya para DeLillo!
10. Aprender a rezar en la era de la técnica, de Gonçalo Tavares
Pocos escritores escriben mejor que Tavares. Toda su obra merece que uno se ponga de rodillas. Pero este último libro es una obra maestra absoluta. Una reflexión sobre los orígenes de la sociedad en la que vivimos, sobre las consecuencias de la racionalización extrema de la modernidad. Una escritura filosófica. Un maestro contemporáneo. No soy yo mucho de mitificar a los escritores, pero Tavares es quizá hoy el único al que le besaría las manos.

22/04/13

Abracismo

Bueno, vamos terminando cosas. Al menos, hemos cerrado el asunto presentaciones. La de Madrid también fue maravillosa. Javier Moreno y Fernando Castro no pudieron estar mejor. En concreto, Fernando hizo una de sus habituales performances llenas de sabiduría. Apenas me dejó hablar, pero casi que lo agradecí. Al fin y al cabo, en estos actos el que menos debe hablar es siempre el escritor, que casi tendría que llegar allí a decir "ola k ase". O, como mucho, cantar en plan Lina Morgan "agradecido y emocionado, solamente puedo decir, gracias por venir".

La verdad es que el viernes tampoco es que me diera tiempo a más. Ya lo habían dicho todo. Fernando preparó incluso un power point con imágenes de todo tipo. Fue una conferencia encubierta. Sobre un ensayo encubierto –se podría argumentar–. Pero no faltó el humor. Y eso es siempre lo importante. Y tampoco faltaron los amigos. Eso es aún más importante. Me hizo mucha ilusión encontrarme allí a amigos que hacía años que no veía. Y también encontrar a muchos amigos que aún no había desvirtualizado. Amigos de Facebook o Twitter a los que ponía cara e intimidad, pero aún no había llegado a tocar. A veces es necesaria la cercanía real. Y uno comprueba en ella que la otra, la virtual, también tiene su presencia, que el afecto es real y que la amistad es amistad real, por muy digital y 2.0. que sea.


Para los que tengan curiosidad por todo lo que allí se dijo, aquí os dejo una estupenda crónica que hicieron los chicos de Todoliteratura, una web que los amantes de los libros no deberían dejar pasar.

Besos y abrazos, sí. Para eso sobre todo sirven estos actos. Para el último ismo de la historia de la historia del arte: el abracismo –que tantas veces ha nombrado precisamente Fernando Castro–. Aunque sólo sea por eso, por encontrar tanta y tan buena gente por ahí, ha merecido la pena escribir el libro.




15/04/13

Presentación en Madrid

Y tras la presentación en Barcelona y Murcia, el próximo viernes 19 toca Madrid. La Central de Callao. Estaré acompañado por Fernando Castro Flórez y Javier Moreno, dos cracks absolutos –cada uno en lo suyo–. Si estáis desocupados esa tarde y os podéis pasar, será un placer encontrarnos allí. No sé por qué, pero intuyo que lo vamos a pasar bien y nos vamos a reír un rato.



14/04/13

Momentos de felicidad

Queridos amigos, tengo esto abandonado. La verdad es que la semana ha sido de vértigo. Os cuento algo. Con el colectivo 1er Escalón inauguramos en Madrid el pasado día 6 la exposición Tecnologías de lo sublime, una cosita muy pequeña en la galería Cámara oscura, dentro del evento Jugada a 3 Bandas. Sin tiempo para respirar, llegué el domingo a casa para cambiar las maletas y salir para Barcelona. Allí, por fin, iba a conocer a Herralde y a la gente de Anagrama. No os imagináis la ilusión que me hizo. Rueda de prensa por la mañana y presentación por la tarde. Las dos cosas en La Central. Hablamos de libros, pero sobre todo de arte. Quizá más de arte que de literatura. Es lo que tiene escribir una novela sobre arte, que al final el tema acaba siendo el protagonista de todas las charlas. Iván de la Nuez, el presentador, estuvo muy bien, y debatimos sobre las fronteras del arte social. Aunque lo verdaderamente importante del lunes por la noche fue encontrarme con muchos amigos que hacía tiempo que no veía. Al final, las presentaciones y este tipo de actos sólo tienen ese sentido: servir de excusa para juntarse un rato.

Afortunadamente, la noche no se alargó demasiado. Mi cuerpo no daba para mucho después de los días en Madrid, donde sí que lo di todo, y, sobre todo, al día siguiente –martes– tenía que estar en pie a las seis para tomar un avión para Murcia, donde tenía la presentación esa misma tarde. Aunque lo que más nervioso me ponía era que iba a viajar con Herralde. Primero en avión, y luego en mi coche desde Alicante a Murcia. De no conocerlo de nada, iba a pasar a estar demasiado tiempo con él, así de sopetón. Me imponía un poco la situación, para qué negarlo. Afortunadamente hubo feeling y la cosa salió bien –o al menos, esa fue mi apreciación–. Aprendí muchísimo, escuché mil historias y me sentí un privilegiado. Igual que en el paseo que después dimos por Murcia. Toda una experiencia que, por momentos, me recordaba a la de Marcos con Montes, salvando las distancias, claro está. Por la tarde, en la presentación, no pude ser más feliz. Mientras estaba en la mesa, entre Paco Jarauta y Herralde, y viendo frente a mí a tantos y tantos amigos, deseé que se parara el tiempo. Me habría gustado expandir para siempre ese momento. Un sueño hecho realidad. Absolutamente. Miraba a Raquel, en la primera fila, y le decía con la mirada que todos los esfuerzos y las noches insomnes estaban teniendo su momento de recompensa. Sabía que iba a ser un momento, que al día siguiente habría que volver a corregir trabajos, dar clase, entregar mil cosas... volver a la rutina. Lo tenía claro. Pero en ese momento sentí que no había nada antes ni después, que todo era puro presente. Y fue entonces cuando pude disfrutar como un crío. Igual que también disfruté y aprendí durante la cena, también rodeado de amigos. Fue una velada memorable. Se habló de literatura, esta vez sí. Y de más cosas. Y sentí que había muchas, muchísimas cosas que aprender, que apenas sé nada, que todo esto no ha hecho más que empezar, que es ahora cuando comienza todo. Quizá por eso, cuando llegué a casa, a horas impropias, y en estado lamentable, antes de acostarme, antes siquiera de beber agua, cogí el cuaderno y comencé a escribir las primeras frases de la siguiente novela. Porque eso es lo que me había enseñado aquella noche. Que amaba la literatura, que amaba los libros, y que estaba muy a gusto entre la gente que también amaba esas cosas.

Al día siguiente, todo volvió a su cauce. Y en esta semana apenas he tenido un segundo de descanso para evocar esos momentos bellos y emocionantes. Solo ahora, en este post que escribo casi sin pensar, sin pararme un segundo a revisar nada, vuelvo a imaginar todo esto. Y me vuelvo a emocionar unos minutos, como en esos maravillosos instantes de felicidad.

04/04/13

Presentaciones

Queridos amigos, comienza el Intento de escapada World Tour. La semana que viene tendremos la presentación en Barcelona (8 de abril) y Murcia (9 de abril). Y a la siguiente, en Madrid (19 de abril).  Os dejo de momento la invitación de Barcelona y de Murcia. Si estáis por alguno de estos lugares, será un placer encontrarnos y hablar de arte y literatura. O lo que haga falta.




Aula de Cultura Murcia (Obra Social - Caja Mediterráneo)
 C/ Salzillo 7, Murcia (Junto a los soportales de la Catedral)


03/04/13

Siempre igual

Por los pelos. Siempre igual. Llegas por los pelos. Así no hay manera de disfrutar. Pero no tienes remedio. No importa el tiempo del que dispongas. No importa. Al final siempre acabas llegando tarde. Es tu sino. Tarde, sí, pero llegas. A todos los sitios. Raspado, en plan final agónico de película. Alguna vez te pillará el toro. Lo sabes. Algún día. Porque no puedes dejar las cosas siempre para el último momento. Pero no sabes trabajar de otro modo. Tienes que verle las orejas al lobo para que la maquinaria se ponga en marcha. Mientras tanto andas floreando, divagando, leyendo sin prisa, pero no estás del todo en lo que hay que estar. Y luego, en ese momento de agonía, te sorprendes incluso de ti mismo. Y es entonces cuando te preguntas: ¿por qué esperar a esto? ¿por qué el organismo no da todo lo que tiene sin necesidad de llegar a los extremos? Y no sabes qué responderte. Necesitas la presión para dar lo mejor de ti. Algún día te pasará factura. Algún día no llegarás. Pero, bien pensado, eso tampoco será importante. Quizá esto es lo único que ha cambiado en ti en los últimos años. Que sabes que si no llegas tampoco se acaba el mundo. Que sabes que, aunque necesites estar en el límite, esto no es una cuestión de vida muerte. Es trabajo intelectual. Tienes que poner lo mejor de ti, te tienes que dejar la piel, sí. Pero tampoco hasta perder la salud. Porque entonces no merece la pena. Un texto es un texto es un texto. Nada más.

28/03/13

Terminar

Tienes que terminar un texto. Debes hacerlo. Llega la fecha. El deadline es una pistola. La tienes en la sien, en la nuca, en el pecho, en el centro del esternón. La tienes alrededor de ti. El deadline esta vez te va a matar. Quedan tres días. Solo tres. Tienes que terminarlo y aún no has empezado a escribirlo. Es un texto académico. Oxford University Press. No sabes si volverás a escribir algo para ellos. Después de esto seguro que no. Llevas varias semanas leyendo sin parar. Estás paralizado. No puedes escribir una línea. Y quedan tres días. Y mucho por leer. Migratory Aesthetics. Te creías que sabías algo. Pero hay mucho más de lo que tú creías saber. Migratory Aesthetics. Una entrada en la Oxford Enciclopedia of Aesthetics. Iba a ser tu gran debut. Y la vas a cagar con todo el equipo. Lo sabes. Eres consciente. Está claro. Pero es igual. Tienes que escribir algo. Enviarlo. Como sea. Y tienes que dejar de leer. Dejar de leer sabiendo que ya no hay tiempo de leerlo todo. Sabiendo que el todo es algo que ya se ha escapado para siempre. Dejar de leer y ponerte a escribir. Tres días. Tres mil palabras. No es tanto. Jesús resucitó en tres días. Seguro que tú puede escribir tres mil palabras. Pero debes dejar de leer ya. Y de entrar en Internet, en Twitter, en Facebook, en las mierdas de foros esos en los que te metes. Y sobre todo: deja de escribir ya esta tontería que te has puesto a escribir solo para procrastinar un poco más. Haz el favor de parar ya y ponte a lo tuyo. No la cagues ahora. Todavía no. Date una oportunidad. Deja de decir tonterías y abre el Word. Tres mil palabras. Tres días. Migratory Aesthetics. Eso. Solo eso. Ya dormirás. Ya descansarás. Ya resucitarás. Al tercer día.

23/03/13

Compartir la alegría

Una de las cosas que siempre salen en la conversación cuando se habla del escritor contemporáneo es la cuestión de la promoción, o la autopromoción. ¿Debe el autor promocionarse o debería dedicarse, en lugar de eso, a escribir libros y dejarse de tonterías? Planteada así, claro, uno no tiene demasiadas dudas –no debería tenerlas– en quedarse con la segunda opción: el escritor tiene que escribir. Por supuesto, faltaría más. El problema es que el escritor, aparte de escritor, es también persona, y tiene sus inquietudes y le gusta hablar de su obra, y es cansino y pesado, y narcisista, y mil cosas más. Si no, en lugar de publicar, se guardaría sus escritos para sí mismo y no los compartiría con nadie. Pero cuando hablamos de un escritor, no sólo lo hacemos de alguien que escribe sino, especialmente, de alguien que publica –en una editorial, en un fanzine, en un blog o en su muro de Facebook–. Creo que ambas cosas van de la mano. Escribir y publicar.

El escritor es alguien que tiene algo que decir –o que cree tener, y no me meto ahora en si ese algo es mejor o peor– y que quiere decirlo, compartirlo, comunicarlo. La escritura es un acto de comunicación. Por lo general hemos creado la ficción de que ese acto va solo en una dirección: del escritor al lector. Y que el escritor es –o debe ser– un creador puro, que una vez escrita su obra, la abandone, la deje de lado y le dé igual lo que pase con ella. No creo que eso haya sido así nunca. En la actualidad tenemos muchas herramientas de retroalimentación. Las redes sociales son quizá la más útil e inmediata. Pero en el pasado también había otras muchas. Las cartas, las conversaciones, los debates... Los libros vuelven una y otra vez a su autor, para ser cuestionados, debatidos... El escritor siente curiosidad por las reacciones, le gusta escuchar, quiere saber qué se opina de aquello que ha escrito. No me creo del todo el arquetipo de escritor que se mete en su jaula de cristal y pasa absolutamente de lo que el lector tenga que decir, ese escritor que solo escribe, que no le importa nadie ni nada. Quizá ese sea el artista puro, no lo sé. Pero desde luego no es alguien con el que uno pueda hablar. Ni él quiere hablar con nadie, porque nunca escuchará.

Digo todo esto, lo escribo, lo publico, porque estos días comienzo a darme cuenta de lo mucho que me importa y me interesa lo que los lectores dicen de Intento de escapada. Me había pasado menos con otras cosas que he escrito, sobre todo con los ensayos. Pero esta vez... no sé por qué oscura razón me obsesiona saber qué tal va la cosa. Por eso de vez en cuando bicheo en Twitter y Facebook, pregunto a mis amigos y les doy el porsaco para ver qué les ha parecido la cosa. Y sobre todo para hablar, para dialogar. No diré que estoy obsesionado, pero casi. Tengo una gran expectación por ver cómo está siendo recibida, qué cosas gustan más, qué otras menos, en qué se está de acuerdo o en desacuerdo, qué debates puede suscitar... Y sobre todo, cada vez que sale algo, me gusta compartirlo: compartir mi alegría, mi perplejidad o mis inquietudes. Y, aparte de comentarlo con mis amigos más cercanos con una cerveza o un café, me da por poner alguna de estas cosas en Facebook o en Twitter, que es la manera de compartirlo con los amigos más lejanos, o simplemente con los contactos. Y aquí entramos en un terreno que últimamente me tiene bastante preocupado: ¿hasta qué punto se tiene que cortar uno en poner las noticias o las cosas buenas que le van pasando en su muro de Facebook, en su perfil de Twitter o en su blog?

A veces pienso que soy muy cansino subiendo fotos de la novela que la gente me envía, de cómo está en las librerías, de los entornos en los que la están leyendo, o poniendo enlaces a entrevistas, a reseñas, retuiteando tweets de gente que habla sobre el libro... no sé, quizá a más de uno eso le pueda parecer una tontería, o, peor, un acto de vanidad y narcisismo, de autopromoción o autobombo. Probablemente no escape de ser eso del todo. A todos nos gusta enseñar nuestras cosas. Pero yo lo veo de otro modo, como una manera de compartir. Aunque por supuesto ya sabemos que los amigos de Facebook no son todos amigos –que hay muchos contactos profesionales, que hay incluso gente que sólo está para curiosear a los demás, o gente con la que no te tomarías nunca una copa pero que paradójicamente ahí los tienes, controlando–; aunque no son todos amigos, es cierto, sí que hay muchos que lo son, y muchos a los que aprecias sinceramente. Muchos que, de tenerlos cerca, cuando algo bueno aparece en algún lugar, cuando algo te interesa, se lo comentarías en plan: "oye, mira qué chulo esto que me ha llegado, qué contento estoy", o "vaya puta mierda esto, cómo me toca las narices". Quizá es por esos por los que uno sube cosas a Facebook o Twitter –al menos yo lo hago por esos–. Y sabes que a esos no les va a molestar que pongas las cosas que te alegran, sino que, todo lo contrario, si son amigos, se van a alegrar con tu alegría, igual que se entristecerán con tu tristeza. Si en muchas ocasiones he compartido mi tristeza, mis dificultades con la novela, los rechazos editoriales, los silencios, el tiempo de escritura, los desvelos... ahora es tiempo de compartir también los frutos que eso ha dado, compartir la alegría y la emoción. Pienso que no sólo hay que hacer partícipe a los demás de tus miserias, sino también de tus alegrías. Y a mí todo esto –la novela– me alegra mucho, muchísimo. Estoy feliz. Y me apetece transmitirlo a los demás. Así de tonto soy. No tengo remedio.

16/03/13

De un tirón

–Soy lo peor.
–¿Qué dices?
–Eso, que soy lo peor.
–A ver, cuenta, que siempre tienes una.
–Que tendría que estar muy contento, pero siento un placer extraño, casi contradictorio.
–Miedo me das...
–Es que estoy recibiendo los primeros comentarios de la gente que ha leído Intento de escapada, y la mayoría de la gente me dice que la ha leído "de un tirón". Dos tardes. Dos días. Una tarde y una noche... Alguno me ha dicho que no podía parar en una tarde se la ha ventilado.
–Coño, eso está muy bien, ¿no?
–Sí, claro. Me alegra muchísimo. Eso es signo de que está gustando.
–Entonces, ¿cuál es el problema?
–Pues que... ufff, no sé, es difícil de explicarlo. Quizá sea la sensación de que todo el esfuerzo realizado, los desvelos, los azares, las miles de horas invertidas, los quebraderos de cabeza..., todo este tiempo invertido acaba en un momento. De un tirón.
–Pero es que esos son los tiempos de la literatura. A estas alturas de la película deberías saber que hay una disimetría entre el tiempo de escritura y el tiempo de lectura. No puedes pretender que alguien esté leyendo tu novela todo del tiempo que tú has estado escribiéndola. Si así fuera, en la vida tendríamos tiempo de leer cuatro o cinco cosas.
–Por supuesto. Estoy de acuerdo. Y no pretendo eso. De hecho, si alguien me dijera que lleva varias semanas o varios meses leyendo la novela sentiría que habría fracasado. Es una novela corta. Y lo suyo es que se lea rápido. Yo también devoro de una tacada los libros que me gustan. Y hasta ahora escribía al autor –si lo conocía– a decirle "lo he leído de un tirón", no lo he podido soltar, como si eso fuera el mayor halago. Sólo ahora tomo conciencia de lo que realmente eso significa.
–Significa que te ha gustado, no le des más vueltas.
–Ya. Pero para el escritor –ahora lo sé– hay una especie de tristeza no evidente, una suerte de duelo por la pérdida de su obra. Tanto esfuerzo, tanto tiempo... para unas cuantas horas.
–Joder, colega, no te has enterado de nada. Es la literatura. No quiero imaginarme cómo te sentirías si fueras cocinero. Toda la mañana, la elaboración de un plato exquisito, que se devora en dos bocados. No puedes pretender que la creación tenga el tiempo de la producción. Son cosas diferentes, experiencias diferentes, tiempos diferentes.
–Lo sé. Yo lo pienso casi más como el cine, o como el arte. Años de trabajo en una película, para que después pasen en una hora y media. Y ya está. Tantos desvelos... para un momento.
–Pero piénsalo bien. No es sólo un momento. Es también lo que hay después. Si la obra es buena –y no estoy diciendo que la tuya lo sea; aún no la he leído– al tiempo de lectura –al tiempo de visión– hay que sumar también el tiempo y la experiencia de reverberación. Si la obra realmente funciona –más allá del mero entretenimiento– hay una temporalidad que trasciende la página, el libro, el objeto, la pantalla. Ésa es la temporalidad importante. Y esa no se puede medir, porque no tiene límites. Los libros buenos te acompañan siempre; los recuerdas cuando menos te lo esperas.
–Es cierto. Tienes razón.
–Sí, pero no te ilusiones. Ya te he dicho que no he leído lo tuyo. De momento, parece que la primera parte de la ecuación parece que más o menos está siendo satisfactoria. La otra, la vida del libro más allá del libro, la reverberación... de esa no sabes nada. Y mejor que no lo sepas. Tú, a lo tuyo. Céntrate y ponte a escribir. Disfruta, claro, del logro –has conseguido acabar y publicar algo en lo que has trabajado mucho tiempo–, pero no te obsesiones con las impresiones o la crítica. Ya no puedes hacer nada. Has hecho –eso espero– todo lo que estaba en tu mano. Ahora te toca continuar. Y seguir aprendiendo. No seas tonto, y escucha lo que tengan que decirte. No sólo los halagos, sino sobre todo las críticas, los consejos, los comentarios. Al final, los libros no los escribes para ti sino para los demás. Y si no escuchas y ves lo que puedes aprender la cosa no tiene sentido.
–Así lo haré. Muchas gracias. Tienes respuestas para todo.
–Eso quisiera. Anda, descansa por hoy y lee un poco, que sé que es lo que más te gusta.
–Cómo me conoces...
–Como si te hubiera parido.


13/03/13

Por fin

Queridos amigos, hoy, por fin, sale a la venta Intento de escapada. Estoy muy ilusionado, sobre todo por las imágenes que llegan desde algunas librerías españolas. Así ha sido la apertura de puertas esta mañana. La cosa pinta bien.

07/03/13

Cinco años

Hoy hace cinco años. Cinco años. Ya. A las ocho de la mañana recibí una llamada y el tiempo se frenó. Tardé tiempo en asumirlo. Tuve incluso que escribir un libro para poder hacerme cargo de lo que significaba perder una madre. Y el libro me ayudó. A partir de ese momento pude ponerle palabras a la tristeza y cercar un poco la melancolía.

Ahora pienso que el libro era demasiado pesimista. Concluía con una nada absoluta. Del cuerpo no queda nada, su huella comienza a borrarse de las cosas, al final todo desaparece... Hoy, pasados cinco años, me doy cuenta de que el proceso de desaparición no ha tenido lugar. Todo lo contrario. Lo que comenzó a irse permanece con nosotros. El cuerpo ha desaparecido, sí. Las cosas han dejado de oler a ella, es cierto. En el espejo ya no reverbera la huella de su mirada, lo sé. Y sin embargo, siento cada día que algo permanece y se hace cada vez más fuerte. Sueño con ella muchas semanas, la recuerdo la mayor parte de los días en algún momento. Y eso ya no me produce tristeza, al menos no como antes. Me gustaría que estuviera aquí para poder enseñarle mi libro y cualquier noticia en los periódicos –era mi mejor archivera; recortaba cualquier cosa que salía en los medios y la guardaba como si fuera un tesoro–, habría sido muy feliz y habría llorado emocionada en la boda de su única nieta, con su embarazo, con el nacimiento de sus bisnietos... con la cosas que siguen ocurriendo aunque uno se vaya. Por supuesto, me habría gustado que estuviera aquí. Pero sabemos que hay cosas imposibles. Que uno se tiene que ir en algún momento. Que todos se van. Que todos nos iremos.

Lo que he aprendido en este tiempo es que, también, todos nos quedamos un poco. Y con el tiempo, la pena por la pérdida se convierte en una media sonrisa. Una sonrisa extraña que uno no sabe muy bien cómo definir. Piensas "cómo le habría gustado a mi madre esto", o "mi madre decía...", y mueves el labio hacia un lado, comienzas una sonrisa que no acaba de aflorar, que es la mitad de la satisfacción porque esconde la melancolía. Una sonrisa triste que, sin embargo, no deja de ser sonrisa. Una sonrisa que sólo puede serlo si uno es consciente de que algo queda, de que todo no se ha perdido para siempre.

En Cuaderno [...] duelo, al contemplar la desaparición del cuerpo, escribí:

Durante un momento, está el cuerpo. Es poco, pero es algo. Un lugar. El cuerpo sin vida, inerte, falaz. Es poco, pero algo hay. Un hogar cerrado, clausurado. Un origen desvanecido.
Durante un momento, el cuerpo es lo que queda. En el cuerpo está todo, aunque ya no quede nada, aunque sea sólo un cuerpo.
Luego, el cuerpo deja de estar. Y entonces llega la nada. Y la nada no es nada más que nada. Ausencia pura. Inasible, intangible, inimaginable.
Luego, algo más tarde, el cuerpo que ya no era nada deja de ser del todo. Y sólo queda la nada. La nada donde está el todo.
Y es el todo el que nos abruma. El todo de la nada… que revienta la memoria y hace trizas las palabras.
Cinco años después, aunque el cuerpo ya no esté, aunque el todo de la nada hiciera trizas las palabras, pienso que esa nada se ha convertido en algo. Y estoy seguro de que incluso si me arrancaran los recuerdos como si fueran jirones de piel, no conseguirían sacarme de dentro la huella de mi madre.


01/03/13

La espera infinita

La escritura es un lugar de esperas continuas. Uno se queda mirando a las musarañas, espera, y luego se le ocurren historias. En ocasiones, vienen rápido, en otras, no se van nunca; pero en la mayoría, tardan en aparecer. Uno espera a que llegue la historia que tiene que contar, o la historia que puede contar. Después comienza a pensar en cómo hacerlo. Y por lo general tiene que volver a esperar. Esperar a que la historia se aclare en su cabeza. Esperar a que lo que no son más que intuiciones comiencen a alinearse y a estructurarse para poder contárselas a alguien. En ocasiones, uno espera al principio, todo se desenreda, y lo que tiene que hacer después es ponerse a juntar piezas, a coser fragmentos. En otros casos, los más, lo que ocurre es que hay que escribir la historia entera para saber qué es exactamente lo que ocurre. Hay que esperar durante varios años a saber qué pasa con los personajes y las ideas que han estado pululando por tu mente y no te han dejado dormir. Escribir para saber la historia. Es una especie de espera activa. Esperar a acabarlo todo para saber cómo acaba.

Estas son las primeras esperas. Esperar que llegue la historia, que se abra, y que se acabe. Eso es lo que, en cierto, modo está en la mano del escritor. Es la mejor espera. Uno disfruta –y sufre, también sufre– mientras llega o no llega, mientras se aclara o se enquista. Puede ser una agonía, pero no deja nunca de ser placentero.

Luego llegan otras esperas y otros dolores. Mal-Herido recientemente ha reflexionado sobre estos dolores. Son los de encontrar editorial. Uno envía el manuscrito. Y espera y espera. Y no suele llegar nunca contestación alguna. Nadie responde. Y cuando responden es con un "no está mal, pero...". Son sin duda los peores momentos. Los momentos en los que la espera se puede convertir en desesperación. Si hay suerte, o Dios baja a verte, o hay un milagro, o, cosas de la vida, a algún agente o editor le acaba gustando tu novela, y te contesta, se resuelve la primera espera-desesperanzada y entra en juego una espera diferente, alegre y esperanzada, que es la de imaginar en un futuro –más o menos cercano o lejano– tu libro –ése que tantos desvelos ha causado– publicado por fin. Entonces esperas de nuevo. Esperas a que se publiquen en la editorial las cosas que ya habían llegado antes. Esperas a que te den una fecha aproximada. Y esperas el momento de volver a trabajar en el libro –corregirlo, imaginar portadas, pensar textos o ideas para la solapa...– cuando se vaya a acercar la fecha de publicación. Esperas que llegue ese momento. Y es una espera feliz. Pero también una espera que ya no depende ti. En ese tiempo no puedes hacer nada.

Entonces llega un correo del editor y te pide que envíes de nuevo el manuscrito, que van a comenzar a trabajar en él. Ya se ha iniciado todo, piensas. Y envías el correo a toda prisa creyendo que la cosa ya se acelera. No sabes que de nuevo tienes que volver a esperar varios meses. Envías manuscrito, recibes correcciones, vuelves a corregir, recibes la maquetación, corriges sobre ella, te corrigen de nuevo, revisas y vuelves a corregir, te vuelven a corregir sobre lo corregido... y al final, después de varias vueltas, y varios meses en los que la espera entre momento y momento –y la espera del resultado final– siempre ha estado revoloteando por algún lado, recibes el pdf definitivo, que ya no puedes tocar. Y también la portada, que tampoco puedes tocar. Todo ya está ya dispuesto. Ahora toca esperar, te dicen. Esperar de nuevo. Entrará a imprenta en las semanas siguientes. Y esperas otra vez. Ilusionado. Por supuesto. Ya has hecho todo lo que podías. Ahora la cosa sí que está al llegar. Y piensas que la espera de tanto tiempo está a punto de finalizar, que por fin todo se acaba. Así pasas unas tres semanas más, en ocasiones un mes. Al principio lo dejas pasar, pero enseguida comienzas a impacientarte. Pero no llamas para no ser pesado, para que no digan que eres un ansioso, para que no sepan que en realidad te muerdes las uñas, te comes los puños del jersey y te das cabezazos porque ya quieres ver tu libro. Porque ya no puedes esperar más.

Y entonces un día te escriben para decirte que el libro ha salido de imprenta y que van a enviar unos ejemplares a casa, y que les des tu dirección correcta para hacerte el envío cuanto antes. Tardas menos de un minuto en responder y a partir de ese momento ya no vives. No duermes, no estás tranquilo; sabes que los libros ya están de camino a casa, que han salido de la editorial y están en la furgoneta de algún transportista. Si supieras cuál es la ruta exacta, probablemente cogerías el coche y saldrías al encuentro del mensajero, asaltarías la furgoneta, lo abordarías a mitad del camino para que la espera acabase antes. Pero, afortunadamente, no sabes quién lo traerá, ni cuándo llegará exactamente. Así que vuelves a esperar. Esperas y esperas. Y mientras tanto, no puedes hacer otra cosa. El tiempo se vuelve denso, lento, espeso. Como si algo importante estuviera a punto de pasar. Y como si alguien se empeñase en ralentizar las cosas, en putearte para que la espera no pueda acabar del todo. En ese momento, llega el señor de MRW, y con los ojos llorosos abres la caja de los libros. La espera ha acabado, piensas. Por fin, tantos desvelos, tantas horas sin dormir, tantas preocupaciones... por fin, todo concluye. Fin de la espera.

Fin. Sí. Eso es lo que piensas durante unos segundos. Eso es lo que experimentas mientras tienes por primera vez  el libro en tus manos. Pero enseguida te das cuenta de que la espera no ha acabado. El libro está ahí, contigo, en casa. Pero eso no sirve para nada. Aún no ha salido a la venta. Falta casi un mes para que llegue a los lectores, para que lo lean, para que todo comience a tener sentido. Y entonces eres consciente de que toca de nuevo esperar. Así que rápidamente regalas el libro a los más allegados. Y casi los obligas a leerlo. Necesitas ya que alguien diga algo. El libro está ahí, pero necesita lectores. Y esperas mientras tus amigos lo leen. Sabes también que a los críticos les va a llegar a antes, que han salido los ejemplares de la editorial y que tienen que estar al llegar a sus casas. Esperas. Esperas también a que lleguen los ejemplares que tú envías a los escritores que admiras, a los amigos que están lejos, a la gente a la que tienes mucho que agradecer. Los envías y esperas. Esperas a que lleguen. Te dicen que han llegado. Te alegras. Pero entonces esperas a que lean el libro. Y sigues esperando. Y esperas que llegue el 13 de marzo y salga a la venta. Esperas que la gente lo compre. Esperas que la gente lo lea. Esperas que los críticos lo lean. Esperas que les guste. Esperas que escriban algo. Y si luego va bien, esperas que se venda mucho, esperas que se reedite, que pase a bolsillo, que se traduzca al francés –te hace mucha ilusión–, pero luego también al italiano, y por supuesto, esperas que se traduzca al inglés. Esperas que una vez traducido llegue el libro a casa, que salga a la venta, que llegue a los lectores franceses, italianos, ingleses, polacos, que lo lean, que los críticos franceses, italianos, ingleses polacos escriban... Esperas que tus colegas extranjeros lo lean. Esperas y esperas. Y te das cuenta que nunca dejarás de esperar. Porque mientras todo esto sucede, en tu mente se vuelven a repetir las mismas rutinas de siempre: esperas que llegue una historia, que se abra, que se muestre, que las escribas, que la corrijas, que encuentre editor... Es la espera infinita, continua, que se repite una y otra vez. Una espera que sólo se frena en algunos momentos –cuando te dicen que sí, cuando ves la portada, cuando llega el libro, cuando escuchas la opinión del primer lector, cuando lees la primera crítica...–, pero que nunca acaba del todo.

Escribir es esperar. Sin duda alguna. Ya lo sabes. Es lo que toca. Es lo que hay.


24/02/13

Vampiros

Durante años, he tenido un sueño recurrente: hordas de vampiros me perseguían y siempre acababa escapando de alguna manera o me despertaba justo en el momento en el que me iban a morder. Pero ahora mismo, después de quedarme traspuesto, los vampiros me han dado caza y han logrado morderme. Aunque era un sueño, he sentido la mordedura, el desvanecimiento y la pérdida de consciencia. Y también la resurrección. He vuelto a la vida como vampiro. Y la cosa no estaba tan mal. Lo peor, decían, era que todo era muy gris porque había que huir del sol. Y también lo de la sangre, pero eso parece que se podía arreglar –me daban una pizza calzone donde apenas se notaba nada–. Por fin me he sentido uno de ellos, en paz y sin miedo. Lo único extraño ha sido cuando he preguntado, con toda inocencia, "oye, ¿y de qué vivimos los vampiros? trabajaremos en algo ¿no?". En ese momento, todos se han mirado entre sí con complicidad perversa. Y me he despertado con mucho miedo.

"Miguel Ángel Hernández"

Más de un amigo se ha extrañado por el cambio de nombre en la portada de Intento de escapada. Has perdido el Navarro y has ganado el Ángel, me han llegado a decir. Alguno incluso me ha insinuado que quizá Miguel Á. Hernández-Navarro y Miguel Ángel Hernández no sean la misma persona.

Hace unos meses, Alberto Olmos hablaba de la tendencia reciente en la literatura española a firmar con el nombre propio de verdad, incluso para los Gutiérrez, Sánchez o Pérez. Después de un tiempo en el que los escritores españoles parecían buscar un nombre raro y diferente, un nombre de escritor, parece que de un tiempo a esta parte se ha comenzado a usar lo que uno tiene, aunque no suene demasiado elegante. También Enrique Rubio ha escrito en alguna ocasión –en particular en su novela Tania con i– que alguien con un nombre normal lo tiene difícil para ser escritor. Un Sánchez podrá escribir muy bien, pero de entrada lo tiene jodido ante un... Max Power –como decide llamarse Homer en un memorable capítulo de los Simpson–. 

Yo no diría tanto lo de triunfar o no. Pero lo que sí es cierto es que a veces un nombre normal es confuso y uno corre el peligro de que acaben confundiéndolo rápidamente con otro. Sobre todo cuando tienes dos nombres y dos apellidos. Entonces corres el riesgo incluso de que los ordenen como quieran, o que se olviden cualquiera de ellos aleatoriamente. 

El primer texto que publiqué en toda mi vida fue una crítica de arte en el periódico La Verdad. Recuerdo que era sobre la exposición de Párraga en 1999. Con toda la ilusión del mundo fui a comprar el periódico el sábado –imaginad los nervios de un estudiante de cuarto de carrera que publica por primera vez– y allí encontré mi texto firmado por un tal: "Á. Martínez Navarro". Habían acertado con la Á. y con el Navarro. El Martínez no sé de dónde lo habían sacado. Y el Miguel directamente había desaparecido. 

Con estos comienzos, estaba claro que la cosa no iba a ir demasiado bien. En los primeros años de mi carrera académica, fue una constante que en textos, intervenciones y programas de mano me pusieran indistintamente Miguel Navarro, Ángel Hernández o Miguel Navarro Hernández. Tengo el diploma de un congreso –lo juro por Dios– que pone "Mª Ángeles Hernández". Este no puedo ni presentarlo a la ANECA como mérito. Ahora me río, pero reconozco que durante un tiempo me preocupó bastante la cosa. Era imposible que alguien escribiese bien mi nombre. Lo peor de todo era que no me llamaba Mihály Csíkszentmihályi. Con ese nadie falla, porque le ponen atención a cada letra, pero con Miguel Ángel Hernández Navarro... es tan normal que al final puede ser cualquier cosa. 

De todos modos, me quedaba todavía mucho por ver. No sabía las complicaciones que "Miguel Ángel Hernández Navarro" podía causar en un país extranjero, sobre todo en aquellos que suelen tener sólo un nombre y un apellido. Recuerdo la invitación a un congreso en Italia. En el aeropuerto había un señor con un cartel esperando a "Miguel Ángel" y otro, esperando a "Hernández Navarro". En su lógica eran dos personas. Tuvieron que ponerse de acuerdo para ver quién me llevaba –el que se fuera de vacío intuyo que no cobraba– cuando les dije que ambos señores españolas eran la misma persona, yo, y que no podía dividirme en aquel momento porque estaba muy cansado.

Pero eso no es nada para los textos firmados por varias personas con varios nombres. Durante un tiempo, escribí varios textos con Pedro Alberto Cruz Sánchez –también cosa complicada–. Y creo que la palma se la lleva un registro de Amazon del libro Peripheries of the Body en el que no había en orden ni uno solo de los nombres.  Yo imagino el señor de Amazon intentando meter los nombres en el ordenador al azar. El resultado era "Hernández Alberto Cruz and Miguel Navarro Ángel Sánchez: Peripheries of the Body". Con dos cojones. A ver cómo reclamas la autoría del libro.

Y fue por este tipo de cosas por las que llegué a la forma de mi nombre que he repetido en los últimos años como si fuera el de verdad: Miguel Á. Hernández-Navarro, que en Estados Unidos me sirvió para evitar confusiones.  Allí la gente usa un midle name, y el "Á." servía perfectamente. Y luego, necesitaba un apellido solo. Pero algo que sonara complejo para cuando tuviera que decirlo –ya que el midle name no se dice– y así evitar el cachondeo de "¿Miguel Hernández?, anda, mira, como el poeta".Y entonces ideé la fórmula del guión entre el Hernández y el Navarro. Tomé como ejemplo lo que había hecho el artista Félix González-Torres y comencé a escribir a partir de ese momento "Hernández-Navarro". Desde entonces, he firmado todos mis libros y textos así: "Miguel Á. Hernández-Navarro". Parecía incluso una cosa seria. El guión le daba empaque a la cosa. Era muy largo, es cierto, pero llegué a tomarle cariño. 

Pero mira por dónde llega ahora la portada de Anagrama y parece que el "Miguel Á. Hernández-Navarro" es largo de cojones y se va a salir por los dos lados. Hay que buscar algo más corto, me dijo mi agente. Miguel Hernández-Navarro era la primera opción. Pero yo no soy Miguel, pensé. Me llaman Miguel Ángel, y ver un libro firmado por Miguel me iba a extrañar una cosa mala. Sería como si el libro lo hubiera escrito otro. Barajamos también M. A. Hernández-Navarro. Pero a mí me recordaba a MA Barracus, del Equipo A, y me daba mal rollo. Era como ir por la vida sin nombre. La conclusión estaba clara: había que quitar el Navarro. No me hizo gracia. Ninguna. El Navarro era la parte de mi madre. Pero no había remedio. Así que nos quedábamos sólo con el Hernández. Hernández a secas. ¿Miguel Á. Hernández?, pregunté, para que al menos en las búsquedas de Google coincidiera y aparecieran tanto los resultados de "Miguel Á. Hernández-Navarro" como los de "Miguel Á. Hernández". Pues no. La inicial no funciona bien. Se acaba confundiendo con Miguela. Así que nada: Miguel Ángel Hernández. Cosa simple. 

Confieso que cuando vi el nombre en la portada de Intento de escapada me pareció extraño. Pero ya me he acostumbrado. Es mi nombre. Lo que ya no sé es cómo firmar a partir de ahora. He barajado la idea de firmar la narrativa como Miguel Ángel Hernández y los ensayos con Miguel Á. Hernández-Navarro. Pero creo que voy a tirar por lo fácil: Miguel Ángel Hernández para todo. A los 35 años he redescubierto el nombre. Habrá que ir haciéndose a él.

21/02/13

Ya están aquí

Ya están aquí. Los ha traído un señor muy amable. Al abrir la caja me temblaban las piernas. Al tener un ejemplar en las manos casi se me saltan las lágrimas. Imagino que algo parecido –bueno, seguro que bastante más y lo mismo me paso en la comparación– es lo que debe de sentir un padre cuando toma a su hijo en brazos por primera vez. Yo no he sido padre, así que no sé exactamente lo que se siente. Pero lo que sí sé es que ver la caja de Anagrama, abrirla, contemplar tu libro ahí, hojearlo y darte cuenta de que todo es verdad, es un momento de felicidad indescriptible. Eso pasó ayer. Por la noche dormí como un bendito. Y esta mañana, lo primero que he hecho al levantarme ha sido volver a asomarme para ver si todo era cierto y no había estado soñando. Y sí, era cierto. Los libros seguían allí, como un tesoro, como un deseo concedido. 

Nunca –de verdad, nunca– un libro me había emocionado tanto. Llevo escritos ya unos cuantos, pero tengo la sensación de que esto es lo primero que escribo. Siempre emociona y alegra ver tu criatura por fin materializada, pero... esto, esto es diferente. Es como un nuevo comienzo. Un comienzo de verdad. 

En seguida, en poco más de dos semanas, llega la parte importante, la de los lectores. El momento en el que el libro deja de ser un mero objeto y se convierte una historia. Esa, en el fondo, la es la que más deseo –y también la que más temo–. Mientras tanto, disfrutaré del momento. 





19/02/13

513

"Podría contar mi vida uniendo casualidades", recuerdo que decía uno de los protagonistas de Los amantes del Círculo Polar, la película de Medem. Desde aquel momento, la casualidad comenzó a llamarme la atención. Luego leí a Paul Auster y a Enrique Vila-Matas, me deleité con su exploración de los azares cotidianos y las casualidades extrañas, sus historias presididas por encuentros fortuitos detrás de los que parece haber algún significado escondido. Azares objetivos, casi en el sentido original del surrealismo tal y como fue imaginado por Breton. En sus libros he aprendido a mirar las cosas de modo diferente, a apreciar los misterios de la casualidad y casi diría yo que a atraerla.


Es lo que parece ocurrirme con Intento de escapada, la novela que Anagrama está a punto de publicar. Como escribí en este blog, el libro aparece en la colección Narrativas Hispánicas. Y el número de colección del libro es el 513. A priori, aquí no hay ninguna casualidad. Pero es que, curiosamente, 513 es el número de la habitación que en la que estuve durante mi estancia doctoral en París en 2001. Una coincidencia importante. Aunque podríais pensar que tampoco es para tanto la cosa. Lo sé. No es para tanto... si no fuera porque en esa habitación comencé a escribir narrativa. Mi primer cuento se fraguó allí. Ese fue el inicio de todo.Y, cosas del destino, la habitación en la que imagino al protagonista de Intento de escapada escribir la novela es también 513. Eso no se ve, pero estuvo presente durante todo el tiempo en mi cabeza. Una pequeña habitación abuhardillada del Colegio de España en París. Por eso, cuando supe que el número de colección era el 513 casi me da algo.

El mundo está lleno de casualidades. O quizá de azares objetivos. Quizá Intento de escapada estaba destinada a aparecer con ese número y todas las cosas se han alineado para que cuadre ahí. Aunque es más fácil pensar que es mera casualidad. Alegre, maravillosa. Pero casualidad al fin y al cabo.

Como también casualidad es que la novela vaya a salir a la venta el día trece de marzo. Es decir 13 del 3. Una fecha normal, a primera vista. También salen a la venta ese mismo día otros libros de la editorial.  Lo sé. Pero es que es 13 del 3 de 2013. Y si los sumas todos, sale 13. No creo en el destino. No quiero ser paranoico, pero aquí veo yo mucho trece. Habitación 513. Número de colección 513. Fecha de salida 13 del 3 de 2013, que sumados, forman 13. No sé qué significará, si es que tiene que significar algo. Lo único que tengo claro es que doy a gracias a Dios por no ser supersticioso. Si no, ya me habría comprado un amuleto.

18/02/13

El futuro es muy oscuro




Por alguna razón, estas dos imágenes se han asociado en mi mente. Tengo aún que procesarlo. 

14/02/13

Espacios de la incertidumbre


La vida interior de las plantas de interior
Patricio Pron
Barcelona, Mondadori, 2013, 144 páginas

[Originalmente en Paisajes eléctricos]


Lo primero que leí de Patricio Pron fueron sus cuentos de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan (2010). El libro supuso para mí todo un descubrimiento. Por alguna razón –luego supe que se trataba más de mi ignorancia que de otra cosa– había dejado pasar de largo a este escritor. Sin embargo, al poco, se convirtió en una lectura indispensable. En aquel libro descubrí una escritura que parecía venir de otro tiempo, realizada por alguien que parecía haber nacido mucho antes de 1975. Una inteligencia y una manera de manejar el lenguaje que rápidamente me cautivó. Y en aquel libro encontré también una escritura que muchas veces se daba la mano con la filosofía: una escritura que estaba en el límite de convertirse en ensayo sobre las cosas, que quería producir conocimiento acerca del mundo. Todo eso lo corroboré cuando leí El comienzo de la primavera (2008), una novela excepcional, que para mí sigue siendo –aquí lo analicé con detenimiento– una referencia sobre el modo en el que la filosofía y la historia pueden darse la mano con la literatura y producir un artefacto perfecto como esa novela, que cuenta la historia de un país, de una sociedad, de un pensamiento y de sus efectos en el presente. Ese maridaje con los hechos y la realidad, que había ya retratado de modo magistral en Una puta mierda (2007), una novela sobre la guerra de las Malvinas que para muchos es su mejor obra –aunque yo tuve que leerla dos veces para disfrutarla del todo–, acaba consolidándose en El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia (2011). Esta intervención en la realidad, que según ciertos críticos constituye un bajón en la producción del autor, a mí, sin embargo, me parece una obra mayor –ya lo dejé escrito aquí–, un ajuste de cuentas con la historia, con el pasado, con la familia, pero también con la potencia de la escritura para dar cuenta de lo que somos y lo que podemos hacer, es decir, una vuelta de tuerca a las grandes líneas de trabajo sobre las que, de un modo u otro, se había ido asentando la obra de Patricio Pron.

Y así llegamos a La vida interior de las plantas de interior, el nuevo libro de cuentos que publica Mondadori. Para los que hemos seguido la trayectoria de Pron, el libro no supone una sorpresa como los anteriores. Gran parte de los cuentos los hemos leído anteriormente en revistas como Letras libres o Granta. Sin embargo, para quien se los encuentre ahora todos juntos, el libro puede funcionar como una nueva inmersión en el universo del autor. Es más, incluso para los que los habíamos leído con anterioridad, el hecho de ver ahora todos los cuentos reunidos, más algunos que se nos habían escapado y, claro, los inéditos, le da a todo el conjunto una cierta unidad que hace que el conjunto funcione muy bien como libro. Un libro que no es, y hay que decirlo, tan regular y fascinante como El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Allí cada cuento es mejor que el anterior, y algunos entran en la historia de la literatura. Pero superar aquello parecía demasiado. Aquí hay más altibajos, aunque siempre hay en algo que los salva. Porque Pron escribe muy bien, es un grande, y eso se nota incluso cuando no llega al cuento perfecto. Aun así, hay cuentos muy buenos. Uno de ellos me parece obra maestra absoluta: “Como una cabeza enloquecida vaciada de su contenido”. Fascinante visión a través del tiempo de escenas aparentemente desconectadas. Pero también “En tránsito”, e incluso “El cerco” y “Trofeos de amantes que han partido” son grandes cuentos.

Hay en todos los relatos una serie de temas comunes que hacen que el libro funcione como una totalidad. Personajes solitarios que apenas conversan, escritores que se ajustan más al modelo del oficinista rutinario que al del bohemio del imaginario de Bolaño… escritores que desean ser escritores, escritores que fingen ser escritores en las redes sociales, escritores que viven a la sombra de grandes escritores… pero, sobre todo, gente sola, individuos que cumplen con su rutina y que están en el límite de lo social, sujetos que encontramos muchas veces en el momento de tomar nuevos caminos, aunque éstos no siempre acaben de emprenderse del todo.

Lo que más me llama la atención de estos cuentos es el acercamiento de Pron a la realidad y, en particular, su modo “visual” de concebir la escritura: imágenes de gran potencia, a las que, poco a poco, va dando sentido y profundidad, casi a través de un proceso de adherencias de capas de significado. Escenas, separadas por espacios en blanco, que van tomando sentido al contacto con las siguientes. Capas de realidad, como las de una cebolla, que sin embargo no pegan del todo entre sí. Una escritura cartográfica, espacial, que abre las imágenes y las expande. Se podría decir que trabaja como un cineasta, por medio del montaje de fotogramas, aunque en sus cuentos no hay nunca un pegado total, sino que entre sus imágenes hay una elipsis, un espacio en blanco que no puede ser llenado. Una especie de aire entre cada una de ellas. Pron utiliza un espacio vacío –pero también un número o una letra–, un salto entre escenas, que enmarca y cierra, pero al mismo tiempo se abre al contacto con lo que siguiente, como si quisiera mostrar que cada uno de los fragmentos es autónomo y dependiente al mismo tiempo. Son como trozos de imagen con polaridades diferentes que se anudan y se repelen. Tienen cierta dependencia entre sí, pero no pueden encajar del todo. No son partes de un puzle perfecto.

En varios lugares, a través del modo de construcción con imágenes, Pron muestra la conexión entre espacios y tiempos diferentes. Ocurre, por ejemplo, en “El cerco”: diversos momentos que todos construyen una realidad compleja. Las imágenes son momentos abiertos, tiempo expandido, desmenuzado. Todo está conectado y, sin embargo, todo es distante. Todo es aquí y ahora y, sin embargo, todo fue ya hace mucho tiempo. “Como una cabeza enloquecida vaciada de su contenido” habla mejor que ningún cuento de esas conexiones en los tiempos de la globalización; conexiones espaciales, pero también temporales. Tiempo horizontal, de sucesión, una cosa detrás de la otra, pero también tiempo vertical, donde todo está ya en todo; todas las posibilidades, todo aquello que podrá pasar o no pasar. Todo lo que sucederá, pero también lo que se quedará a medio, lo que será mera posibilidad.

La realidad no casa del todo; entre las piezas hay espacios que no pueden ser llenados y quedan vacíos para siempre. Si uno lo piensa bien, los cuentos de Pron están llenos de vacíos. Muchas de las acciones que están en la mente de los personajes no acaban nunca de realizarse, o al revés, ciertas cosas sin importancias sí que se llevan a cabo. Una determinada cosa, escribe el escritor, no importa, pero acaba siendo dicha –“no tiene demasiada importancia, pero es marzo, es sábado, es el año 2010, es el día veintisiete”–. Y otra, que sin embargo sería muy importante, no se dice o no se hace. Hay una presencia de lo posible que hace que el mundo se convierta un territorio de contingencia, de cosas que son así por puro azar, pero que, sin embargo, no pueden ser de otro modo diferente. Se trata casi de un azar objetivo, una casualidad inamovible, como si en cada tirada de dados pudiera salir cualquier cosa y los dados supieran que pueden mostrarse del modo que quieran, pero siempre, al final, teniendo todas las posibilidades, acabaran cayendo, una y otra vez, del mismo lado. Es, al final, la tragedia de una rutina que, pudiendo ser de otro modo, acaba siendo tal como es.