18/7/15

Lecturas mútilples

Estas semanas apenas he tenido tiempo de terminar un libro. Me he sumergido en la lectura de Anatomía de la memoria, de Eduardo Ruiz Sosa, una novela espléndida –de la que escribiré con detenimiento más adelante– que voy degustando poco a poco y que estoy alternando con otras lecturas para no perder comba. Mi mesita de noche está abarrotada de libros por leer. Parece ya una especie de torre de Babel en equilibrio inestable. A veces la miro y temo que algunos libros caigan sobre mí mientras duermo y me golpeen la cabeza. Así que muchas veces suelo combinar lecturas e ir avanzando en varios textos a la vez. Esto, por supuesto, tiene ventajas e inconvenientes. La ventaja principal es que parece que ninguno está esperando eternamente y tienes la sensación de no estar perdiéndote nada. El peligro es que a veces acabas mezclando historias y personajes y necesitas un tiempo de adecuación cada vez que recomienzas la lectura.

Otro peligro de este leer múltiple es que como un libro no te atrape es fácil que ya no vuelvas a él. O incluso acabes pasando hojas rápidamente para acabarlo cuanto antes. Eso es lo que me ha pasado, por ejemplo, con Génesis, la última novela de Félix de Azúa, un escritor que siempre me ha interesado. Esperaba con ansia esta “vuelta” a la novela. Y confieso que mis expectativas no se han visto cumplidas. No ha logrado capturarme como con sus ensayos. Azúa tiene una inteligencia brutal cuando escribe sobre arte. Y una ironía fina y sutil que hace que algunas de sus novelas sean soberbias. Es lo que ocurre con Historia de un idiota contada por él mismo o Diario de un hombre humillado, verdaderas obras maestras. Pero este regreso a la novela…

Quizá es que escribir novelas ya no sea necesario. Es lo que dice David Shields en un libro fascinante, Hambre de realidad, que también ha estado en mi mesita durante semanas. He disfrutado de muchos de sus aforismos sobre el fin de la novela, el collage, la apropiación o los límites entre realidad y ficción. Por supuesto, no descubre nada nuevo; esas ideas están desde hace mucho tiempo en el campo artístico y literario. Y en ocasiones es naif hasta decir basta, casi rozando momentos Paulo Coelho sobre la escritura y el arte. Pero es un libro tremendamente interesante. Hay que leerlo, como dice Zadie Smith, incluso para no estar de acuerdo con él.

La verdad es que en mi mesita de noche sólo suele haber novelas –los ensayos son para la mesa del despacho–, pero de vez en cuando se cuela algún ensayo extraño, como el libro de David Shields. O algún libro sobre cuestiones que me interesan por encima del arte y la literatura. Es lo que me ocurre con Opening Up, el estudio de Tristan Taormino sobre las relaciones no monógamas. Creo que es el libro más interesante y documentado que he leído hasta ahora sobre eso que se ha dado en llamar poliamor y que ahora todo el mundo parece dispuesto a practicar. Mi próxima novela va de eso, así que no puedo revelar ahora mucho más. Pero tengo que decir que el libro de Taormino, a diferencia de otros muchos textos banales y llenos de lugares comunes, sí que merece mucho la pena, y que al menos hará pensar a todos aquellos que creen que la monogamia es la variante más perfecta y común del amor.

Mientras leo todo esto, miro de reojo la mesita de noche y constato que allí conviven, se juntan y cohabitan los libros que sigo leyendo. Algo de amor también hay allí. Amor y promiscuidad. Una especie de orgía literaria poliamorosa.




11/7/15

Michel Houellebecq, novelista

[Publicado en La Opinión, 11/07/15]


Hay escritores que saben tomar el pulso de una época. Autores cuya literatura es capaz de dar forma a la conciencia de un momento de la historia. Michel Houellebecq es, sin duda, uno de ellos. Y su literatura tiene la extraña facultad de radiografiar el presente y captarlo en todos sus detalles; los que están a la vista y, sobre todo, los que laten debajo de aquellas cosas que vemos. Su última novela, Sumisión, es un buen ejemplo de esto. En ella nos encontramos con nuestro presente, pero también con un futuro posible, con nuestros miedos, nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras esperanzas…, nuestro inconsciente, el inconsciente de la Europa contemporánea.  

Sumisión es un texto profético. Una especie de ciencia ficción posible. Un futuro por llegar que, sin embargo, contiene mucho del presente. Cuando uno lee este libro, siente un constante desasosiego respecto a su temporalidad. Ese futuro en el que occidente es gobernado por el Islam es uno de los escenarios que alguna vez se nos ha pasado por la cabeza, uno de los futuros que nuestro presente suele imaginar. Y ese mundo por venir –temido, pero posible– coincide también –y esta es una de las verdaderas claves del pensamiento de fondo de la novela– con la desestructuración y el fracaso de las utopías de la modernidad. Las ilusiones de la Ilustración –la creencia en el progreso, la utopía, la consecución de un mundo mejor, de unos sujetos libres y cada vez más felices– se han ido al traste por sí solas. El protagonista de la novela siente desde un principio ese desencanto ante un sistema que hace tiempo que comenzó a desmoronarse. Aquí Houellebecq vuelve a las que quizá sean su obsesiones centrales: el pesimismo, la pérdida de sentido de todo y el individualismo radical, que deja al sujeto solo frente a un mundo en el que las certezas han desaparecido.

La literatura de Houellebecq es como la de Nietzsche, el signo del fin de una era. Una literatura absolutamente nihilista y desencantada: sus personajes han dejado de creer y vagan por el mundo sin ningún tipo de verdad a la que aferrarse; han perdido incluso la capacidad de sentir y emocionarse, de responsabilizarse del destino de los otros. Están solos, alejados de toda posibilidad de construir una comunión con los demás. Ante esa situación –que es una de las consecuencias del mundo moderno–, lo que propone la novela es que el Islam acaba llegando en parte como una especie de solución, una intento de reparar aquello que salió mal en el pasado. En este sentido, no hay que ver la novela como una distopía radical, sino como un escenario posible, una especulación; una ficción teórica en la que, además, se despliega un juego literario sutil e inteligente con Joris-Karl Huysmans –el autor sobre el que protagonista escribe–.

Más allá de todo esto –y de otras muchas cuestiones entre las que estarían la centralidad del sexo, el machismo, la misantropía o el cinismo de la vida académica y la burocracia–, es necesario subrayar que Sumisión es una novela tremendamente bien construida. Como en el resto de sus obras, Houellebecq se aleja de grandes alardes experimentales para desplegar un dispositivo narrativo que es absolutamente eficaz y funciona a la perfección. A veces, al referirnos a este autor, nos detenemos tan sólo en sus opiniones, en las polémicas de fondo, en las ideas de sus libros, y restamos importancia a su hacer como novelista o incluso a su prosa. Sin embargo, creo que no debemos olvidar al Houellebecq escritor. Muchas de sus novelas son narrativamente magistrales. Algunas de ellas servirían como modelo para utilizarlas en talleres de escritura y enseñar cómo se construye una historia, cómo se presenta un personaje, cómo se trabaja una elipsis, cómo se acelera la historia o cómo se pasa de un punto de vista subjetivo interior a un perspectiva general. Aunque a veces lo olvidemos, Houellebecq, aparte de ser un tipo extremadamente inteligente –todos sus libros están llenos de reflexiones brillantes–, es un novelista como la copa de un pino. Y Sumisión es un claro ejemplo de esto.


27/6/15

Literatura e incertidumbre

[Publicado en La Opinión, 27 de junio de 2015]

A veces no es necesario entender un libro para disfrutar de él. Y cuando digo “no entender” no me refiero a “no saber de qué va”, sino a no poder situar perfectamente la acción, la narración, el espacio, la temporalidad…, a no poder hacerse una imagen perfecta, clara y delimitada de lo que está sucediendo en todo momento. Eso es lo que ocurre –al menos lo que a mí me ha ocurrido– en la lectura de Distancia de rescate, la novela de la escritora argentina Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978), que nos sumerge en una nebulosa en la que los límites de la realidad de difuminan y todo se vuelve confuso e indeterminado: una madre temerosa y obsesionada por mantener la “distancia de rescate”, un miedo constante a perder a quien se ama, un paisaje que en lugar de salvar nos condena, un niño envenenado que ya nunca vuelve a ser el mismo, un alma transmigrada, un cuerpo vacío… y un momento en el que todo sucede, el punto en el que “nacen los gusanos”, el instante en que se pierde pie respecto al mundo y todo se rompe para siempre.


La narración se configura como un diálogo entre la madre temerosa y el alma del niño de su amiga. Un diálogo que se produce en un espacio-tiempo extraño y que a veces resuena como un eco distorsionado y siniestro. Uno acaba la lectura completamente desasosegado, con la misma sensación de incomodidad que nos queda después de ver una película de David Lynch, con todas las certidumbres puestas en cuestión. No sabemos nada o, mejor, no lo sabemos todo, pero intuimos lo que ha sucedido, lo hemos experimentado, hemos sido tocados por las imágenes. Es como asomarse a una mente y observar por un momento el flujo de una conciencia.

Mientras leía el libro no podía evitar pensar en Samuel Beckett. Allí también la realidad se hace trizas y el lector no siempre puede ponerle imágenes a lo que se está contando. Al menos imágenes claras y precisas. En este tipo de obras se diluye eso que Barthes llamó “el efecto realidad”, ese detalle que ancla la narración en un espacio concreto y que se convierte en algo clave para gran parte de la literatura moderna. Aquí, en cambio, ya no hay nada a lo que se sujetarse. El relato se construye a través de flashes, sensaciones, experiencias, imágenes que fluyen y atraviesan la acción como alfileres, propiciando una literatura en el borde de la abstracción.

La sensación de desasosiego se produce por la imposibilidad de fijar en nuestra mente la historia, de descomponerla en fragmentos y poder ordenarla, de topografiarla y fijarla en un eje de coordenadas. O lo que es lo mismo: por la imposibilidad de representarla –de representárnosla–. La potencia de la novela de Schweblin está en esa ruptura absoluta de la representación. Y eso es lo que deja al lector sin armas, a merced de las palabras, nadando en un mar de incógnitas acerca del mundo. Quizá eso es lo que tenga que hacer la literatura –la buena literatura–: traquetearnos y desmontar el status quo de nuestra percepción. Quizá esa sea la verdadera literatura política, y no aquella que nos habla de la crisis y la injusticia, señalando –una vez más– a malos y buenos y volviendo a repetir cosas que ya sabemos todos. Frente a esa política fácil –puramente representativa–, Distancia de rescate nos obliga a pensar, a buscar lugares a los que agarrarnos si no queremos naufragar. No nos da todo lo que pedimos, no estamos ante la literatura como lugar de concesión de deseos, sino todo lo contrario: literatura como espacio de visualización de la falta, como creadora de agujeros, como lugar de desasosiego e incomodidad.




13/6/15

Lugares oscuros

[Publicado en La Opinión, 13/06/15]

En La literatura y el mal observaba Georges Bataille que una de las funciones de la escritura es mostrar nuestro lado oscuro y constituirse como espacio de entrada y salida a ese lugar de sombra que no podemos controlar, el lugar en el que los miedos y los deseos nos poseen y se pone en riesgo la estabilidad del individuo. Toda la obra de Bataille, en realidad, fue una búsqueda de esos abismos que nos desestructuran y rompen la ilusión de identidades perfectas y seguras sobre las que se funda nuestra civilización. La escritura de Luisgé Martín, desde sus inicios, se ha adentrado de lleno en esos espacios lóbregos de la subjetividad, bordeando sus límites más peligrosos y situándose en un terreno incómodo, difícil y tremendamente arriesgado. Un terreno que convierte su literatura en una batalla contra lo establecido, en una lucha sin cuartel por mostrar la manera en la que arden y explotan los deseos oscuros que nos queman por dentro.

Su última novela, La vida equivocada, supone un peldaño más en el proceso de bajada al sótano de la perversión de su edificio narrativo. Un edificio que inició con un fascinante libro de relatos, Los oscuros, y en el que destacan obras maestras absolutas como La mujer de sombra, una de las mejores novelas que he leído en los últimos años. Una historia en la que Martín consigue poner al lector al otro lado, haciéndolo experimentar en primera persona el vicio y la depravación. Ahora, en La vida equivocada, de nuevo sentimos en nuestra carne la cercanía del abismo, en este caso a través del proceso de caída hasta la corrupción del alma y el cuerpo de Max Leopardi, amigo de juventud del narrador, y también de Elías, el padre de Max, cuya historia nos conduce a otro lugar aún más peligroso.

En el libro se dan cita todos los temas de la narrativa de Luisgé: la perversión, la tensión entre lo bello y lo grotesco, la decadencia del cuerpo, el amor… y sobre todo el deseo de lo prohibido. Ese deseo que tiene que ser reprimido y que, por tanto, anula al sujeto. Admitir mi deseo oscuro y poder ser yo; o reprimirlo y vivir eternamente siendo otro. Esa tensión es la que articula la literatura de Luisgé Martín. Y la que aparece en los dos protagonistas de La vida equivocada. Una novela en la que, una vez más, tenemos la oportunidad de deleitarnos con la capacidad narrativa del autor. Porque más allá de experimentar ese discurso de sombra, cuando uno lee a Luisgé tiene la impresión de encontrarse con un contador de historias nato, sin duda uno de nuestros mejores narradores. En La vida equivocada esa capacidad fabuladora es desplegada de modo magistral a través de las pequeñas historias, novelas y cuentos que relatan los personajes o lee el supuesto narrador del libro. Como Bolaño o Auster, Luisgé convierte la novela en un caleidoscopio de historias posibles que casi podrían funcionar de modo independiente. Frente a tantos escritores a los que les cuesta encontrar historias para contar, Luisgé Martín es capaz de ofrecernos una en cada párrafo.





6/6/15

Invasión

[Publicado en La Opinión de Murcia, 6/6/15]

Después del éxito de Fin, David Monteagudo (Viveiro, Lugo, 1961) regresa a la novela con un libro que deja claro que estamos ante un narrador sólido y con una capacidad magistral para crear historias, personajes y situaciones que desestabilizan la realidad y que se sitúan en ese lugar complejo que aúna la novela de género y la literatura con mayúsculas. En Invasión (Candaya, 2015) nos encontramos con la historia de un personaje anodino, García, un oficinista cualquiera, que un día comienza a ver cómo la ciudad, poco a poco, se va llenando de gigantes. Sólo él los percibe; nadie más. El propio personaje cree que son alucinaciones, pero con el tiempo las visiones comienzan a adueñarse de la realidad y son muchas las pistas que nos conducen a pensar que aquello que creemos una ilusión quizá pueda ser una realidad, como por ejemplo los tubos de plástico que pueblan las fachadas de los edificios y que muestran que la ciudad entera parece estar en obras. Algo está cambiando en los interiores de las casas. Los habitantes parecen necesitar más espacio.

Invasión está a medio camino entre La metamorfosis de Kafka –y La invasión de los ladrones de cuerpos, de Jack Finney. Aquí el bicho extraño son los otros. Pero poco a poco, cuando esa extrañeza se hace común, el otro acaba siendo aquel que no ha cambiado. Aquello que en Fin sucedía a través de la conversación, en el exterior, en Invasión sucede en el interior del sujeto. En las dos novelas el mundo tal y como lo conocíamos comienza a perder sentido. En el primer caso, todo comienza a quedarse vacío –los habitantes de las ciudades parecen haberse esfumado y los protagonistas son una especie de supervivientes de algún evento que siempre está fuera de campo–. Ahora ese proceso de destrucción de la normalidad es narrado desde la mente del individuo, de modo que el lector nunca tiene claro del todo si lo que sucede es real o se trata de una alucinación. Este trabajo con la incertidumbre –y la capacidad magistral de Monteagudo para crear situaciones de tensión narrativa– es sin duda una de las mayores virtudes de la novela. El autor nos lleva de un lugar a otro constantemente y nunca podemos estar seguros de si todo aquello que pasa por la cabeza de García sólo está ahí o también en el mundo real. En el propio lector se reproduce la incertidumbre de García. También en nosotros habita la paranoia.

En realidad, si lo pensamos bien, todo es una alucinación. Lo que pasa en nuestras vidas, digo. Sabemos que el conocimiento que tenemos del mundo es una reconstrucción. Nadie ve las cosas exactamente igual que los otros. Sólo existe “nuestro mundo”. La realidad no existe fuera de nosotros. O al menos no podemos tener acceso jamás al mundo del afuera, al mundo tal y como lo ven los otros. Sólo podemos imaginar qué es lo que los otros percibirán, pero nunca estar al cien por cien seguros de cómo será su mundo. En Invasión esa sensación de inconmensurabilidad de la percepción es explotada hasta el final y todo va perdiendo sentido. La imaginación se resquebraja y se pierde la fe en el pacto con lo real: ya nada es fiable y todo puede ser cualquier cosa.


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2/6/15

Bartleby y compañía

Con motivo de los 20 años del suplemento cultural Ababol, publicado por La Verdad, nos preguntaron a una serie de escritores murcianos que escogiéramos el libro que más nos había marcado en los últimos veinte años. Esto fue lo que escribí:


"Los últimos veinte años han sido en realidad los únicos veinte años en los que he leído con consciencia literaria. Muchos autores me han marcado –Bernhard, Auster, DeLillo, Beckett, Cioran, Calvino…– pero creo que uno de los libros que mejor resume la pasión que estos años ha supuesto para mí la literatura es Bartleby y compañía, del gran Enrique Vila-Matas. Este año se cumplen quince años de su publicación y yo todavía recuerdo la emoción del descubrimiento de aquel artefacto extraño compuesto por notas e historias acerca de escritores que, en un momento determinado de su vida, “prefirieron no hacerlo”, dejar de escribir, dejar de decir, dejar de hacer. Desde el momento de la lectura, el libro se convirtió para mí en una especie de objeto fetiche y se quedó durante años en la mesita de noche, revisitado una y otra vez, como si se tratara de una biblia. Es curioso cómo un libro acerca del “no” ha podido inspirar tanto “sí”. Y es que su lectura –como la de toda la obra de Vila-Matas– ha sido una fuente inagotable de inspiración. Cada página, cada párrafo, cada frase de este libro ha sido –y sigue siendo– para mí un estímulo para abrir un cuaderno y comenzar a escribir como si no hubiera mañana."