30/8/16

Aquí y ahora 1


Comienzas. De nuevo. Otra vez. En segunda persona. Regresa el tono. Regresa el presente cortante. Te habías prometido dejarlo. Dejarlo después de Ithaca. Dejarlo después de verte obligado a escribir. Pero hay algo que no te deja a ti. Necesitas escribir. Son tus dedos. Se mueven solos sobre el teclado y comienzan incluso antes de que tú les des permiso. O sí. Claro. Permiso. Se lo has dado mucho antes. El cuerpo, por delante de la razón. Siempre. El cuerpo piensa. Los dedos escriben. Después estás tú. Pero sólo después.
Necesitas un título. Uno nuevo. Ahora. Ya no más Presente Continuo. Ha finalizado aquel tiempo sin pausa. Ya no más Diario de Ithaca. No hay ahora un espacio diferente y exótico. Estás en casa, detrás de la ventana, encerrado en tu habitación. Se han acabado las grandes aventuras. Sólo quedan lecturas, noches largas y sesiones de escritura. Todo sucede aquí y ahora. Quizá ése sea un buen título. Al menos uno. Aquí y ahora.
Pero también hay algo en el horizonte. Un objetivo. Una novela por escribir. Eso es el futuro. El camino. La escritura por venir. Por alguna razón, cuando la escritura se vuelve futuro, necesitas también la escritura del presente. Cuando todo se proyecta hacia un tiempo que tardará en llegar, regresa la necesidad de dejar constancia de los días y las horas. Cuando la vida desaparece porque todo se convierte en un medio para un fin, la escritura reclama su presencia como fin en sí mismo. Por eso regresas al diario cuando comienzas a escribir la novela. Porque el futuro no es nada sin el presente. Porque los días se borran cuando uno mira hacia el horizonte. Porque la literatura no es nada sin la vida que hay detrás de ella. Por eso decides también el subtítulo: Diario de escritura.
Empiezas ahora, la misma semana en que abres un archivo de Word y pones título a tu novela. “Tercera novela.docx”. Un título tentativo. Aún no es nada. Tienes cientos de páginas escritas. Y varios años de reflexión sobre lo que quieres escribir. Pero aún no un comienzo como el que tiene lugar estos días, cuando decides encerrarte por fin, cuando decides comenzar a desconectar del mundo para volver a conectar contigo, cuando decides que ha llegado el momento de volver a escribir.
Veinte años. Ése es el tiempo en el que vas a vivir a partir de hoy. Una noche. Una de las más amargas de tu vida. De momento no puedes decir más. No quieres. Tampoco sabes cómo hacerlo. Pero ya está el cuaderno abierto. Y el archivo. Y el programa. Y la pantalla. Y las venas llenas de historias que ya no se aguantan a salir.
Y, sin embargo, ahora, precisamente ahora que deberías dejar fluir esa historia, ahora que deberías no mirar hacia los lados y centrar todas tus fuerzas en escribir eso que te quema por dentro, ahora, precisamente ahora, comienzas este diario.

Casi dos meses
Han pasado casi dos meses desde que regresaste de Ithaca y no has parado un momento. Has conseguido por fin una plaza de profesor titular en la universidad, has visto al Madrid ganar la Úndecima rodeado de escritores en la Feria del libro, has paseado con Mieke Bal por el Museo del Prado y la has visto demorarse con pasión en cada detalle de la pintura de El Bosco, has presentado tus ideas sobre estética migratoria en Berlín junto a Saskia Sassen, te has emborrachado con un refugiado palestino y un superviviente de la guerra de los Balcanes hasta altas horas de la madrugada, has presentado tu novela en Zaragoza y un escritor te ha mordido en el brazo, has bailado en Bilbao en el concierto de New Order y has podido ver por fin el Guggenheim, te han hecho el control de alcoholemia por primera vez en tu vida y milagrosamente has dado negativo, te has puesto tres veces corbata, has cantado en un karaoke una canción de Julio Iglesias… has regresado a casa varias veces sin saber si era tarde o temprano. Todo esto podría ser un resumen de estos dos meses. Eso y los libros que has leído. Eso y las películas que has visto. Eso y las veces que has amado. Eso y más de mil cosas. Y entre todas ellas, una que debe ser más que una línea entre todo lo ocurrido, una que, en el fondo, está en el origen de este diario que ahora retomas. Jueves 30 de junio. Diálogo con Enrique Vila-Matas en La Central. Un sueño hecho realidad.
Llegas a Barcelona con Leo la noche anterior y cenáis con unos amigos. Al día siguiente te levantas nervioso. Llevas varios días preparando el encuentro y tienes que pasar a limpio las preguntas. Mientras desayunas comienzas a ordenarlo todo y te das cuenta de que tienes allí conversación para varias horas. Has hablado en cientos de eventos, pero ninguno hasta el momento te ha puesto tan nervioso. Es el escritor al que más admiras, el que más ha influido en todo lo que escribes, es la oportunidad de conversar con él en público, pero también es la posibilidad de fracasar, de hacer el ridículo y no estar a la altura, o de querer ser más listo de la cuenta y pasarte por el otro lado.
A las cinco comienzan los nervios verdaderos. Enrique os invita a tomar café en su casa y no sabes cómo actuar. Fingir normalidad, le dices a Leo. Es la única solución. Y es lo que intentas hacer. Tocas al timbre, saludas como de toda la vida, haces la típica broma a Paula de Parma diciéndole que por fin conoces a la mujer de todas las dedicatorias, entras hasta el salón, hablas con cordialidad, comentas que en la calle hace calor, te sientas en el sofá, aceptas el café que te ofrecen, comes uno de los bombones de naranja que acompañan al café… intentas fingir normalidad. Lo haces incluso cuando miras de reojo la biblioteca, la habitación del fondo, la silla, el escritorio, los papeles sobre la mesa, el ordenador y quisieras sentarte allí un momento, en lugar de la escritura, como si fuera el trono de hierro, el espacio sagrado desde el que se domina el mundo. Normalidad, naturalidad, sí. Y en el fondo, sin embargo, todo es una actuación, una performance normalizadora.
En un momento, Enrique te pregunta: “¿cómo vas a contar esto en el diario?”. Y esa frase lo cambia todo. A partir de entonces todo se relaja. Ha leído tu diario. Te dice que le ha gustado sobre todo el epílogo de Presente continuo y la reflexión sobre los límites entre la realidad y la ficción. Te sonroja. Te hace feliz. Pero no es eso lo que lo cambia todo. Lo que realmente cambia la situación es que, a partir de entonces, la realidad, precisamente, comienza a convertirse en literatura.
¿Cómo vas a contar esto en el diario? La pregunta despierta la escritura. E, inmediatamente, el mundo desaparece para convertirse en literatura. Mientras hablas, piensas en que retomarás el diario nada más llegar a casa. Sabes que escribirás todo esto. Y de nuevo te haces dueño de la realidad. Es curioso, piensas, la escritura regresa como un arma para poner las cosas de tu lado, para naturalizar el mundo haciéndolo extraño, para alejarte de esa ficción de normalidad artificial que ya se te había empezado a notar demasiado.
Al salir de allí, Enrique te regala la edición croata de Kassel no invita a la lógica. En la portada está el perro con una pata rosa de Pierre Huyghe. Se te olvida pedirle una dedicatoria.
Llegáis los cuatro (Paula, Leo, Enrique y tú) a La Central y sigues obsesionado con cómo escribir la tarde. Estás allí, pero no estás del todo. Y eso lo hace todo más fácil. Y también más literario. Incluso la conversación en la terraza, incluso los momentos en los que no sabes qué contestar tras la respuestas ingeniosas de Enrique, incluso la presencia extraña y maléfica del Cónsul de México, incluso el micrófono silencioso que apenas transmite susurros. Todo esa tarde es literatura. Y todo esa tarde es sueño. Sueño de escritura. Y sigue siéndolo después, en la cena, en la que teméis la presencia del cónsul. Os han contado historias extrañas y desasosegantes. Pero su sitio queda vacío, justo frente a ti. Imaginas que está leyendo el libro que ha llevado al acto, que os vigila desde la sala de al lado y que llegará en el último momento para despertarte del sueño literario. Sin embargo, el cónsul nunca llega y el sueño se prolonga mientras escuchas las historias de Enrique.
¿Cómo contarás esto en el diario?, vuelve a preguntar Enrique cuando se despide. No lo sabes, no lo tienes claro; quizá sólo digas que fue un sueño. Un sueño real. Al fin y al cabo no ha ocurrido nada excepcional. Una visita, un diálogo y una cena. La excepcional es lo que no puedes contar, lo que supone para ti, todo lo que esta noche se ha cumplido. El resto es escritura. Y sucede aquí y ahora.

22/8/16

Títulos alternativos

Buscando en las notas del iPhone, me he topado con una lista de títulos alternativos a El instante de peligro. Le di muchas vueltas para encontrar el definitivo y sólo uno estuvo a punto de ganar la batalla: La imagen verdadera. Hoy, El instante de peligro me sigue pareciendo el más acertado, aunque Williamstown o El libro del Clark tampoco habrían estado mal. Quizá un título diferente habría transformado la novela. O no sé, a lo mejor los títulos son como los nombres, que al final los hacen las personas. En cualquier caso, me ha resultado curioso explorar esa lista de posibilidades que al final no llegó a ningún lugar. Aquí la dejo. Si alguno os gusta más que el que yo decidí, siempre podéis recortarlo y pegarlo sobre la portada. EIY. Entitle It Yourself. 



La imagen verdadera
El libro del Clark
Ruinas
Dialéctica en reposo
Interferencias
La cifra de los años
Materia fracasada
La historia posible
Desvanecerse en cada presente
La imagen irrecuperable
El horizonte del pasado
La persistencia de las imágenes
Conjuntos entrelazados
El peso de mil sueños
La fuerza diagonal
Los estados de la luz
Una fuerza del pasado
Fuisteis yo
Tiempo a través
La imagen fulgurante
Cámara oscura interior
Arder en imágenes
Dialéctica del recuerdo
Los trazos de la desaparición
La conquista de la oscuridad
La inquietud petrificada
Fogonazos
Tachadura
Tiempo-ahora
Restos de historia
Remembranza
La penumbra vespertina
Williamstown

16/8/16

Aquí y ahora en Eñe

Queridos lectores –si es que aún queda algún lector fiel al blog–:

Llevo un tiempo alejado de este no(ha)lugar. Durante mi estancia en Ithaca, nutrí este espacio de las entradas del Diario de Ithaca, que publicaba tras su emisión en el programa Preferiría no hacerlo. Esos días acabaron. Y también acabó el diario. Sin embargo, tras unas semanas de silencio, no he podido reprimir la escritura y he decidido continuar explorando la cotidianidad en otro diario. He vuelto a la segunda persona y el tono cortante que ya exploré en Presente Continuo, el diario que publicaba en el periódico La Opinión. Y lo he hecho en la web de la revista Eñe. Con el título Aquí y ahora (diario de escritura), cada miércoles, desde hace unas semanas, allí se publica mi nuevo diario. A partir de ahora, iré subiendo aquí enlaces a las entradas del diario.



Disfruten ustedes de mi intimidad.

13/6/16

Instrucciones para viajar en el tiempo [O cómo leer a Benjamin mientras ves la televisión]

[Publicado originalmente en Campo de Relámpagos, 30/04/2016]

Cada vez que vemos, escuchamos o leemos algo no lo hacemos de modo puro. Nuestro cerebro produce montajes de imágenes, historias y emociones. No existe una experiencia perceptiva autónoma; todo se mezcla en nuestra cabeza. Las cosas se relacionan con el antes y el después, y también se yuxtaponen, colisionan y contagian, creando nebulosas y suscitando preguntas a priori no imaginadas.

Estas semanas, mientras preparaba un seminario sobre arte y temporalidad y releía algunos textos sobre la filosofía de la historia de Walter Benjamin, me entretenía por las noches en la televisión con 22.11.63, la miniserie de J. J. Abrams, inspirada en la novela homónima de Stephen King, y con la segunda temporada de El Ministerio del tiempo, la serie de RTVE creada por Pablo y Javier Olivares. Dos maneras de entender el viaje en el tiempo y dos modos de relacionarse con la historia. Un viaje al pasado para intentar evitar el asesinato de Kennedy y convertir el mundo en un lugar mejor, y una estructura funcionarial que intenta a toda costa que la historia siga como está, porque, aunque las cosas no estén bien, siempre podrían estar peor. Rápidamente, estas ficciones comenzaron a dialogar con los textos. Y enseguida me di cuenta de que las ideas de Benjamin podían servir para entender mejor lo que veía en la televisión y, al revés, que lo que sucedía en estas series sugería otro contexto de lectura para los textos del filósofo alemán.

*

En “Sobre el concepto de historia”, escrito entre finales de 1939 y principios de 1940, poco antes de su muerte, Benjamin proponía una noción de tiempo en la que la historia está abierta: el pasado, lejos de estar clausurado para siempre, reverbera en el presente, lo afecta, lo toca y convive con él. Para Benjamin, nada de lo perdido está dado por perdido. Y, al mismo tiempo, nada de lo pasado está aún a salvo, ni siquiera los muertos, que pueden volver a morir de nuevo si nos olvidamos de ellos. La tarea del historiador es salvar la historia. Traer el pasado al presente. Evitar que se olvide. Y hacerlo efectivo.

Leídas sobre el fondo de contraste de El Ministerio del tiempo y 22.11.63, las tesis de la historia casi pueden ser entendidas como una ética para viajar en el tiempo. Sobre todo porque suscitan una pregunta que está en el corazón de estas –y otras muchas– ficciones televisivas: si pudiéramos viajar atrás en el tiempo, ¿qué haríamos? ¿Deberíamos dejar la historia como está o intentaríamos cambiarla? Si nos fuese dada la posibilidad de resolver las injusticias del pasado, de viajar atrás y evitar el Nazismo, la Guerra Civil, el golpe de Estado, salvar la República, liberar a los esclavos, romper las cadenas, evitar las matanzas de tantos y tantos lugares, el accidente de nuestro padre, incluso la aventura pasajera que tuvimos y rompió nuestro matrimonio… ¿lo haríamos? Si el pasado estuviese abierto y pudiéramos actuar sobre él, ¿lo cambiaríamos? ¿O sería mejor dejar las cosas como están porque, al fin y al cabo, “lo hecho, hecho está”?

La respuesta de Benjamin –al menos la que se derivaría de sus tesis– sería contundente: si pudiéramos viajar en el tiempo, sin ninguna duda, deberíamos cambiar la historia y reparar las injusticias. Somos resultado de ellas; somos responsables de nuestro pasado. Y hay en nosotros una “débil fuerza mesiánica” capaz de arreglar el pasado, de hacer justicia. Por lo que, indiscutiblemente, deberíamos intentar arreglar las catástrofes del ayer, incluso si así se pusiera en riesgo la continuidad del presente.  

Esa podría ser la respuesta de Benjamin. Una de las posibles. Ahora bien, ¿cómo responden estas dos series a esa cuestión de la responsabilidad con el pasado? ¿Qué tipo de historia promueven? ¿Y qué clase de relación con el tiempo plantean?

La respuesta de El Ministerio del tiempo parece clara: la historia debe mantenerse como está. La tarea del Ministerio del tiempo es precisamente preservar la historia para que todo suceda, una y otra vez, tal y como ha sucedido. La historia debe seguir su línea continua y directa hasta el presente. Hasta “nuestro presente”. Porque la historia que no debe cambiar en esta serie es la historia de España. Una historia que, entre otras cosas, presupone la presencia de un concepto intemporal de nación que se traslada incluso hasta Altamira. Una historia, además, puramente evenemental, forjada a través de hitos políticos y culturales, y protagonizada por héroes y prohombres de la patria cuyas vidas son más importantes que las del pueblo llano. Aunque en alguna ocasión los personajes de la serie intentan rebelarse contra esta idea –“¿por qué salvar a unos y dejar morir a otros?”, se preguntan a veces–, la consigna del Ministerio es precisa: las cosas tienen que suceder tal y como sucedieron. La empatía del Ministerio –por decirlo en palabras de Benjamin– está con los vencedores de la historia.

Uno de los precedentes más claros de El Ministerio del tiempo es el clásico de la ciencia ficción La patrulla del tiempo, la serie de novelas cortas y narraciones de Poul Anderson en los que la historia también debe ser preservada. En ellas no es la historia de la nación, sino la historia universal. Una raza evolucionada, los danelianos, necesitan que la historia continúe como está para que el progreso y la evolución de la humanidad tenga lugar. Igual que sucede en El Ministerio del tiempo, las injusticias y catástrofes del pasado han merecido la pena para llegar al presente que tenemos. El sufrimiento del pasado está amortizado en las conquistas del presente. No hay, en verdad, mejor visualización del modelo de historia de Hegel. La historia tiene un sentido. El presente –el mundo feliz y evolucionado de los danelianos, o el mundo cutre y casposo de la España contemporánea– debe ser preservado. Este es nuestro espíritu. El presente era el destino. Y todo ha merecido la pena.

Frente a esta visión conservadora de la historia, el argumento de 22.11.63 plantea, al menos en un principio, una respuesta que parecería más cercana a la propuesta de Benjamin. A través de una puerta inter-temporal situada en la despensa de un diner de Lisbon Falls, Maine, Jake Epping –James Franco en la serie– viaja hacia un momento concreto del pasado –1960 en la serie, y 1958 en la novela de King– para intentar evitar el asesinato de Kennedy, convencido de que, así, Estados Unidos no irá a la Guerra de Vietnam y el mundo –no ya sólo la nación americana– será un lugar mejor. La historia, pues, debe ser transformada. Sin embargo, el tiempo se resiste a ser corregido y se defiende ante cualquier intento de cambio. “Estoy convencido de que hay algo que no quiere que se cambie el pasado”, dice uno de los personajes. Un algo que aquí ya no es la estructura burocrática del Estado como sucede en El Ministerio del tiempo, sino una especie de fuerza inmaterial –una entidad mágica– que tiende a la preservación.  [Alerta Spoiler durante los dos siguientes párrafos] Aun así, tras una serie de sacrificios personales, Jake logra evitar el asesinato de Kennedy –entre otras injusticias del pasado–.

En un principio, la respuesta de 22.11.63 parece menos conservadora que la de El Ministerio del tiempo; la historia debe cambiar. Sin embargo, cuando Jake regresa al presente, el mundo que se encuentra es una catástrofe. No queda demasiado claro lo que ha sucedido, pero sí que el mundo es peor de lo que era. Porque las cosas tenían que pasar tal y como ocurrieron. De algún modo, ése era el destino de la historia. Estamos sujetos al pasado y no tenemos agencia sobre él. La historia gana, nosotros perdemos. No importa las veces que intentemos cambiarla; siempre será peor. Esto recuerda al célebre cuento de Ray Bradbury, “Un ruido del trueno”, en el que una mariposa pisada por uno de los exploradores del viaje al tiempo de los dinosaurios cambia por completo el ciclo de la evolución. Cualquier cambio en el pasado afecta al presente. Y por lo general para peor. Cualquiera de los mundos posibles surgidos del cambio es siempre peor que el presente que nos ha tocado vivir.
Más allá de atender a la calidad de estas ficciones y a lo que uno pueda llegar disfrutar con ellas –confieso que me divierto como un crío con El Ministerio del tiempo y estoy convencido de que es uno de los mejores productos audiovisuales en español de los últimos años–, me parece necesario señalar la noción de historia que promueven y el modo en que ésta configura una visión estática del presente que aboga por el mantenimiento del estatus quo. Las luchas fracasadas del pasado, las catástrofes, los desastres… fueron sacrificios necesarios; es la lógica del vencedor. Un vencedor que, si lo pensamos bien, no es otro que el tiempo presente. Y es que, a diferencia de lo que creen los personajes de 22.11.63, no es el pasado el que evita que las cosas cambien, sino el presente, que intenta protegerse a toda costa. Es nuestro estado de “bienestar”, nuestro inconsciente acomodado, nuestro orden establecido, el que no puede concebir la posibilidad de ser puesto en juego y cercena por completo incluso la posibilidad de imaginar historias alternativas.
                                                                      
*         

En 1973, al reflexionar sobre las inmensas posibilidades de la ciencia ficción, el escritor Robert Silverberg escribía: “si todo fuese posible, si todas las puertas estuvieran abiertas, ¿qué mundo tendríamos?” La pregunta era un alegato en pro de la imaginación de mundos posibles, de otros pasados, otros presentes y, por supuesto, otros futuros. Recientemente, Karen Hellekson (The Alternate History: Refiguring Historical Time, 2013) ha utilizado esta cita para abrir su libro sobre la importancia de la historia alternativa y los modos de imaginar pasados y presentes diferentes a los que nos ha tocado vivir. Un modelo de historia –abierta, maleable, móvil– cercano al concebido por Benjamin hace ya más de ochenta años.

Un ejemplo de este modelo de ficción podríamos encontrarlo en la novela de Orson Scott Card Observadores de tiempo: la redención de Cristóbal Colón (1996). Allí, una sociedad evolucionada tras una serie de guerras y desastres construye unas máquinas para observar el pasado y poder, de esa manera, homenajear a todos los que han tenido que morir para que ese presente glorioso sea posible. El sufrimiento del pasado, de nuevo, ha creado el presente. Sin embargo, Tagiri, una de las observadoras del pasado, tras contemplar una matanza indígena y sentir que los observados también la observan a ella –y que esa visión, que confunden con la de un dios, afecta a la realidad–, comienza a pensar que el presente tiene una responsabilidad con el pasado y que los muertos pueden ser salvados. Sin embargo, salvarlos, evitar la injusticia, supone arriesgar ese presente perfecto en el que ella vive. Salvar el pasado sólo es posible en la novela a costa de perder el presente. ¿Qué hacer entonces? Si repara la injusticia, su presente desaparecerá para siempre. Si no lo hace, todo seguirá como está, y los muertos deberán morir de nuevo, una y otra vez, para que el presente pueda seguir existiendo. Tagiri no lo duda un momento e idea un plan para evitar el evento que según ella es el detonante de gran parte del sufrimiento del pasado, el descubrimiento de América. Evitar la injusticia supone la transformación de la historia, que excepcionalmente –al menos si uno piensa en el modo en que las ficciones que trabajan con el “efecto mariposa”– cambia para bien. Scott Card propone un final feliz en paz y armonía entre naciones, con un Cristóbal Colón redimido y con una historia sin conflictos. Más allá de esta visión utópica que cae en el buenismo y lo ingenuo, Observadores del tiempo sirve como ejemplo del intento de imaginar cómo habría sido el mundo si las cosas hubieran pasado de otro modo –una ucronía–, pero sobre todo del modo en que, a veces, es necesario sacrificar el presente para salvar el pasado.

La ciencia ficción es un laboratorio para imaginar mundos posibles, pero también en un lugar para plantear preguntas sobre el tiempo en que vivimos y lo dispuestos que estamos a cambiarlo. Todo es posible en la ficción. Allí, como sugería Silverberg, todas las puertas están abiertas. Si ni siquiera en ese espacio nos atrevemos a transformar la historia por miedo a lo que pueda suceder en el presente,  ¿cómo seremos capaces de hacerlo en la realidad? Si no podemos arriesgar el presente en la ficción, ¿cómo podremos transformar el mundo? A través del convencimiento de que siempre es mejor dejar las cosas como están y que el sistema debe continuar funcionando incluso si funciona mal, productos como El Ministerio del tiempo o 22.16.73, niegan la posibilidad de arriesgar el presente. Nos conminan a preservarlo a toda costa. Frente al futuro y frente a todas las amenazas. Son, como decía más arriba, las ficciones de los vencedores. Las ficciones de un sistema, un tiempo, que sólo funciona si todo sigue igual. Un tiempo que da sentido las injusticias y que oculta, una y otra vez, que la verdadera catástrofe, como escribía Benjamin, es precisamente que “esto” siga sucediendo.