25/5/16

Diario de Ithaca 30 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 23/05/16. Escuchar Podcast] 

Antes de regresar de Nueva York a Ithaca, tengo que grabar con John Reed la conversación sobre Intento de escapada que no pudimos tener en McNally. Su despacho en la New School está no está lejos de la casa de Casa de Carrie Bradshow en Perry Street. Sexo en Nueva York sigue configurando nuestra mente.

Cuando acaba la conversación, alquilamos un coche y volvemos a casa para recoger las maletas. Pongo la ruta en el GPS y cruzamos Manhattan de punta a punta. En un momento me doy cuenta de que estamos pasando exactamente por donde habíamos pasado la noche anterior camino de la casa de los rusos. Le digo a Leo que me parece curioso: lo grande que es Nueva York y que todo nos suene. Al pasar junto a la casa de los rusos, el GPS dice que hemos llegado a nuestro destino. Entonces caigo en la cuenta: he pulsado por equivocación la dirección de la noche anterior y hemos cruzado Manhattan sin sentido. Al menos hemos hecho turismo.

Tras varios despistes, logramos salir de Nueva York y llegamos a Ithaca pasada la media noche. He perdido la cuenta de las veces que he regresado a este lugar.

El martes devolvemos el coche y buscamos un bar en el que pongan al día siguiente el partido del Madrid. Mientras negociamos con el camarero, lidiamos también con un plato de nachos con queso que colmaría a tres familias.

El miércoles es el último seminario de Society. Al final creo que voy a echarlos de menos. Han sido intensos pero productivos. En pocos lugares he sentido que el conocimiento importaba con esa pasión.


Acabo rápido la comida y bajo al downtown, donde Leo me espera posicionado en la barra del Ithaca Ale House. Ha conseguido que pongan el partido. Entre pintas de cerveza vemos el triunfo del Madrid. Lo celebramos con Aaron jugando al billar en el Chanticleer. Después vamos a tomar un cóctel a Argos. Y acabamos comienzo una pizza en el Domino’s para intentar que empape el alcohol y podamos regresar a casa. Yo aún tengo que preparar la clase, pero al llegar a la habitación caigo rendido. Me levanto a las cinco para terminar de leerme los textos del día siguiente. Apenas me entero de nada.

El jueves, penúltima clase. Sale relativamente bien. Al final también voy a echar de menos estos momentos.


Por la tarde, presentación de Escape Attempt en Buffalo Street Books. Me emociono al llegar y ver los libros en la estantería. Y también al ver en el público a mis amigos de Ithaca. Ricardo se ha preparado la presentación a conciencia y en la conversación me siento cómodo y percibo que todo fluye. Estoy en una nube. Esa sensación continúa después, cuando todos cenamos en una gran mesa en el Reed y tomamos varios cócteles en Argos. Allí, en la escalera, les digo que los voy a echar de menos y nos hacemos una foto. La noche llega hasta el Westy’s, hasta que lo cierran y el sueño continúa.


El viernes nos levantamos con resaca. Es el diálogo de Leo con Francisco en la Society. Yo estoy espeso en la presentación. Decido que hablen ellos, que parecen despejados y saben bien lo que dicen.

Sin solución de continuidad, pasamos a las cervezas a un dólar del Big Red Barn. Hoy estamos entre latinos y podemos hablar en español. Allí me quedo mirando a una chica y le digo que su cara me suena de algo. Atamos cabos. La vi la semana pasada en Nueva York y también en la conferencia que impartí en el Master de Escritura de NYU. Es Camila, la escritora chilena joven y alocada.

Tras tomar una hamburguesa para bajar las cervezas y aguantar un concierto extraño en el Lot 10, nos encontramos con ella y su amiga Irene en el Westy’s. La noche acaba en su casa, entre tequilas y cervezas. Nos duele el estómago de tanto reír. Se nos pega el acento chileno. Nadie ha culiado esta noche, conchesumadre hueón, cachai.

El sábado apenas podemos movernos. Paseo tranquilo, cena en el Mia y último bourbon antes de volver a casa. La experiencia del Club Renacimiento en Ithaca está tocando a su fin. El domingo conduzco hasta Newark para llevar a Leo al aeropuerto. De camino, paramos en el diner de Lisle y tenemos allí experiencia más auténtica de todo el viaje. El bar parece sacado de una película. El casting no podía ser más logrado. Y nosotros nos convertimos en personajes de una historia americana que no quisiéramos que se acabara. Dos amigos en Nueva York.


Regreso a Ithaca solo. Me queda aquí apenas una semana y media. Y ya todo sabe a pasado.



17/5/16

Diario de Ithaca 29 (Preferiría no hacerlo)


[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 09/05/16. Escuchar Podcast] 


Acabo la clase y salgo a toda prisa para tomar el autobús hacia Nueva York. Las cinco horas de viaje las paso escuchando podcasts de escritores españoles hablando en inglés. Me quedo fascinado con el acento británico de Javier Marías. Y soy consciente de que tengo que rendirme.

Llego a Port Authority antes de lo previsto y tomo un taxi que me deja junto a la casa que amablemente me ha prestado Keith. El portero me abre la puerta del apartamento y durante unos segundos pienso que hay algo extraño en la casa. Han cambiado la disposición del salón desde la última vez que estuve allí. También los muebles. Y no reconozco a nadie en las fotos. Le pregunto al portero si está seguro de que esa es la casa de Keith. Y él insiste en que sí. Intentando no cuestionarlo demasiado, le digo que quizá no es así y que si puede comprobarlo. Sólo entonces, tras unas llamadas, me dice que tengo razón. La casa de Keith está en el piso de arriba. Por un momento, pienso en cómo habría sido dormir en la cama de ese desconocido.

Dejo las cosas en el suelo y bajo rápidamente a encontrar a Leo, que llega esta noche desde España. Nos abrazamos frente a la entrada de Columbia y apenas le dejo tiempo para asearse un poco antes de salir a por cervezas. El club Renacimiento toma Manhattan. Desde la primera noche.

El viernes despertamos tarde y salimos a hacer tiempo hasta la presentación de la novela. Yo ya he normalizado Nueva York, pero cada vez que paseo junto a alguien, todo se vuelve de nuevo mágico y extraño. Comemos en un mexicano cerca de la librería donde será el evento. Unas micheladas y vamos entrando en calor. Después, un Old Fashioned para pulir los nervios.


Al llegar a McNally Jackson Books me dicen que el evento será compartido y que apenas tengo media hora para hablar. John Reed, el escritor que me presenta, ha preparado algunas preguntas que tiene que resumir. Y a mí entran los nervios y comienzo a aturullarme con el inglés. Cuando veo a Agatha Ruiz de la Prada sentada en la primera fila  –imagino que viene a ver a Ignacio, el otro escritor que también presenta– ya me desconcentro del todo y no sé si se entiende algo de lo que digo. Aun así, disfruto del momento. Presentar Escape Attempt en Manhattan es mucho más de lo que había soñado.

Después de la presentación, la librería acoge un evento del Pen Festival con escritores mexicanos. Es el mejor momento del día. Está Villoro, Enrigue, Luiselli y muchos más. Y también hay mariachis y tequilas. Nos hacemos fuertes junto a una de las botellas y encontramos allí a gente maravillosa: Rebeca, Andrea, Lydia, Brenda… Nada más que por eso ha merecido la pena llegar a Nueva York. Cuando se acaba el tequila nos unimos a la expedición mexicana y nos metemos entre pecho y espalda unos sándwiches de pastrami que no sé si alguien ha podido aún digerir del todo. Está también Zambra, de quien me enamoro rápidamente. Jamás había imaginado que era un tipo tan divertido. Pasamos la noche contando chistes hasta que yo me envalentono y cuento uno tras el cual se hace el silencio. Estamos comiendo pastrami y el chiste del baño con diarrea no parece el más apropiado. A veces no sé medir el humor de los demás.


Acabamos la noche en una mezcalería en la que preparan un mojito mezcal que atraviesa las sienes. Me tomo dos. Creo que no puedo estar más feliz. Se habla de micropenes. Alguien se da por aludido y se va antes de tiempo. La noche es bella. El club Renacimiento en Manhattan. 

Al día siguiente amanecemos con resaca y nos cuesta salir de casa. Damos una vuelta por Central Park y acabamos la tarde en el cabaret mexicano que organiza el Penn. El sitio es de nuevo de película. Y las performances no pueden ser más divertidas. Las reinas chulas acaban su espectáculo con una piñata con la cabeza de Donald Trump. Todos nos sentimos mexicanos. Cerramos la noche en un diner bebiendo mezcal en un vaso de plástico.


El domingo vamos a una garden party en una casa de Chelsea. Una de las patronas del Clark da una recepción y estamos invitados. Es la casa más lujosa que he visto en mi vida. Parece una película de Woody Allen. La alta sociedad de Nueva York; todos vestidos de traje. Y nosotros, de sport. Al menos Leo lleva americana. Yo voy con la chupa de cuero y la gorra. Debe ser la primera vez que alguien entra sin traje en esa casa. Noto que nos miran como si fuéramos las mascotas de la fiesta. Dos escritores españoles. En medio de un montón de ricos.

Tras la fiesta nos llevan a la exposición de Degas en el MoMA. Lo han cerrado para nosotros. El Clark es una de las instituciones que ha colaborado en la exposición y los comisarios nos hacen una visita guiada. Por un momento veo la escena desde fuera. Y no sé si llego a creérmela..

Mientras comemos una hamburguesa en P. J. Clarke's nos llega un mensaje de Elena. Está celebrando la pascua rusa en casa de unos exiliados y nos invita a unirnos a ellos. Cuando llegamos allí ya están todos borrachos y una señora mayor no cesa de preguntarnos que quiénes somos, quién nos ha invitado y qué hemos ido a hacer ahí. En la cocina dan un vino que parece petróleo y un americano comienza a cantar y tocar la guitarra. Dice que tiene una en español. “Huevos rancheros”. Intentamos salir de allí pero cada vez que hacemos el ademán comienza con otra. La señora mayor vuelve a preguntarnos, esta vez en ruso. Decidimos escapar haciendo como que salimos a saludar. 

El fin de semana da para varias entradas del diario. Mientras bajamos las escaleras del apartamento de los rusos, pienso en que por mucho que intente ser fiel a la realidad esta vez voy a fracasar. La experiencia de estos días está más allá de lo que pueda ser escrito y narrado. 

Vivir Nueva York al límite. Disfrutar de momentos que jamás habríamos imaginado vivir.  



10/5/16

Diario de Ithaca 28 (Preferiría no hacerlo)

[Emitido en Preferiría no hacerlo, programa literario de Aragón Radio. 09/05/16. Escuchar Podcast] 

Dedico una clase a las tesis sobre la filosofía de la historia de Benjamin. Dos horas en las que las leemos en voz alta y las comentamos con detenimiento. Siempre he querido hacer eso con los alumnos. Pero en inglés es algo más difícil de lo esperado y no logro lucirme como había imaginado.

Por la tarde, logro vender la bicicleta estática que me compré al principio de la estancia. Apenas la he usado. Me había visualizado haciendo ejercicio todas las noches y escuchando el curso de inglés que había traído conmigo. Ninguna de las dos cosas ha sucedido. He ganado peso y el inglés lo hablo cada vez hablo peor.

El viernes, después de pasar la mañana contestando mails, me acerco al Big Red Barn con Joe y Maria. Ha llegado la primavera y la temperatura no puede ser más agradable. Tomamos unas cervezas y nos encontramos con varios amigos, entre ellos una pareja muy simpática de la que me enamoro inmediatamente. Maria y yo acabamos cenando en su casa. Ella se va y yo me quedo con la pareja un poco más. Me encanta la conversación y tengo por primera vez la sensación de estar integrado en la vida americana. Al poco, inesperadamente, ella se siente cansada y dice que se va a acostar. No es demasiado tarde, pero siento que debo regresar a casa. Has estado bien la noche. Me acuesto con la sonrisa de quien ha encontrado nuevos  amigos.

Al día siguiente, mientras preparamos una barbacoa en el jardín, María me dice que ayer, justo después de irme a casa, la pareja rompió y que ya no se hablan. Un drama. Yo comienzo a atar cabos y todo me cuadra. Ella, inesperadamente cansada. Él, que quería seguir hablando conmigo. Creo que fui yo quien sacó la conversación que derivó en la ruptura. Parece un cuento de Carver. No dejo de pensar que, en adelante, cuando recuerden aquella noche aciaga en la que todo se fue al traste, yo estaré en su memoria, como una sombra, como una presencia desconocida de la que ya no podrán escapar. Esbozo un cuento sobre esta historia y no dejo de darle vueltas al modo en que a veces manchamos los recuerdos de los demás.

Acabamos tarde la barbacoa. Sueño en inglés. Despierto con resaca.


Durante la semana me dedico casi exclusivamente a escribir cartas de recomendación, contestar emails y gestionar algunos asuntos de la universidad. Ni siquiera aquí puedo escapar de eso.

La clase del jueves, por alguna razón que no llego a comprender, sale perfecta. Me siento cómodo y casi olvido que estoy hablando en inglés. Al terminar, algunos estudiantes se acercan y me dicen que quieren invitarme a un lunch o a una cerveza porque estoy trabajando duro y están aprendiendo. Eso me alegra la mañana y le da sentido a todo lo demás.

Comienzo a trabajar en un texto sobre Benjamin y los viajes en el tiempo y leo varios ensayos sobre ciencia ficción. En varios días acabo fascinado con el tema y pienso que me gustaría dedicarle más tiempo del que tengo ahora. Al final termino escribiendo un texto corto en el que apenas puedo incorporar algunas referencias de lo que he leído. Como tantas y tantas cosas, esto también queda postpuesto.          

El fin de semana lo paso en una casa de madera junto al lago Cayuga. Jessica ha tenido la idea de hacer una fiesta sorpresa para Maria y ha alquilado una casa impresionante a la orilla del lago.


Ahora sí que estoy dentro de una película. Una serie de amigos que se juntan una noche en la casa aislada junto al lago. Hacemos una hoguera, comemos perritos calientes, bebemos cerveza, bailamos y contamos historias. Falta el asesino en serie. O la caja con el libro encuadernado en piel humana. Todo es una imagen. Una imagen de celuloide.


Incluso con la resaca del día siguiente, la imagen permanece, especialmente cuando Craig prepara el desayuno para todos: bacon, tortitas, sirope de arce, huevos… he vivido tantas veces este momento en la pantalla que ahora lo experimento con una normalidad extraña. Entonces me miro al espejo y me veo, con la gorra de béisbol y la sudadera de Cornell. Y no sé si formo parte de la escena o estoy sobreactuando y todos se han dado cuenta de ello.

Cuando salimos de la casa y nos despedimos, me doy cuenta de que la película es real, que ahí he encontrado amigos, que lo que hemos vivido estos días ha sido hermoso, y que ya nunca se borrará. Aunque sólo hubiera sido por esto, venir a Ithaca ha merecido la pena.