1/3/15

Autorreferencialidad


Una de las cosas que más me fascina de ciertas novelas contemporáneas es la manera en la que el narrador relata cómo ha construido el texto que el lector tiene delante de sus ojos. Se trata, como sabemos, de una de las características centrales de la literatura posmoderna: mostrar las costuras e iluminar el interior de la caja para mostrar que allí no hay magia, sino más bien una serie de decisiones artificiales. Ese trabajo en torno al proceso caracteriza también a gran parte del arte contemporáneo. De hecho, una de las claves del minimalismo norteamericano de los sesenta fue precisamente eso: frente al expresionismo abstracto, que intentaba exponer las verdades del ser y comunicar lo incomunicable, se interesó por cómo se hacen las cosas e inició un modo de trabajar anti-ilusiorio que, poco a poco, culminó en la puesta en evidencia de la estructura de la propia obra. En 1962, por ejemplo, Robert Morris realizó Card file, un fichero en el que cada una de las fichas aludía al propio proceso de realización del fichero. La obra se refería a sí misma y cuestionaba las fronteras entre exterior e interior.



En la literatura contemporánea ese modo de hacer es bastante común. No hay que pensar demasiado para que a uno se le llene la cabeza de cientos de libros en los que el protagonista del relato –por lo general, el narrador– escribe una novela que, al final, es la que acaba leyendo el lector. Uno de los magos de ese procedimiento es, sin duda, Paul Auster. El libro de las ilusiones, Leviatán, El palacio de la luna… sus libros son novelas sobre alguien que escribe una novela, y esa novela es la que al final leemos. Textos que remiten a sí mismos. En España podemos encontrar esa estrategia en autores como Javier Cercas. También sus novelas muestran a escritores investigando, creando un libro, escribiéndolo. Evidencian el proceso de escritura e investigación. Casi todas son así. Pero creo que La velocidad de la luz –que a mí me sigue cautivando; no me preguntéis por qué– y El impostor, su último trabajo, son las obras donde ese escribir sobre cómo se escribe se vuelve más evidente. Una escritura sobre la escritura que está en el límite del solipsismo si no fuera porque siempre hay algo, una historia –el objeto sobre el que se escribe: la violencia de la guerra, la figura de un impostor como Enric Marco– que sirve de línea de fuga y evita que la narración no acabe en una mera reflexión sobre el proceso de escritura; algo que a mí, sin embargo, me encantaría. De hecho, reconozco que Cercas me gusta más cuando escribe sobre cómo escribir que cuando lo hace como intelectual.



Son los juegos autorreferenciales los que me cautivan. Y como escritor confieso que no encuentro el modo de salir de ellos. Me atrae ese espacio intermedio en el que la realidad y la ficción se confunden. Es un lugar incómodo, móvil, en tensión, pero también un lugar seguro. Un punto ciego, un espacio informe, que siempre me ha recordado a los dibujos topológico de M. C. Escher, a sus escaleras infinitas e imposibles, y especialmente a la célebre mano pintándose a sí misma, que rompe la estructura de la representación y que al mismo tiempo la hace funcionar. Un dentro/fuera que conecta dos universos y que transforma la obra de arte –visual y literaria– en un dispositivo capaz de movilizarnos. Un artilugio que nos acoge y nos expulsa, que nos abre un espacio y al mismo tiempo nos los cierra. Creo que eso es lo propio de la gran literatura –y del gran arte–: la capacidad de retorcer el mundo, de arrugar el tiempo y el espacio, o lo que es lo mismo, de darle la vuelta a las cosas.



23/2/15

Emociones cotidianas


Hay libros emocionantes que pulsan la tecla justa para conmovernos. Libros que dan en el sitio que el lector tiene reservado para ser tocado. No se trata siempre de obras maestras, de novelas perfectas e intachables, per golpean en el lugar preciso, ahí donde más duele. Y lo hacen con elegancia y sutileza, sin demasiados artificios, sin grandes despliegues narrativos. Son libros que uno recuerda después, no tanto por la historia que contaron, sino por el modo en el que uno fue conmovido, por los momentos en los que una parte invisible del cuerpo vibró. La semana pasada hablaba aquí de ¡Melisande! ¿Qué son los sueños?, de Hillel Halkin. Sin duda, es uno de esos libros: sincero, sencillo, efectivo, justo; no es la gran novela, pero es un libro que se introduce dentro de nosotros.

Estos días he acabado de leer algunos otros que también trabajan a ese nivel. Delicados, breves, sin fuegos artificiales, pero apuntando de lleno al mundo de las emociones. Y, sobre todo, integrándolas en el ámbito de lo cotidiano. Porque, pase lo que pase, la vida siempre continúa. Porque nada frena nada por completo y todo acaba diluyéndose en la experiencia.


También esto pasará, de Milena Busquets (Anagrama), la gran revelación de la temporada, tiene ese estatus de libro emotivo. Lo devoré en un viaje en tren de Madrid a Murcia. No podía parar de leerlo. Está escrito en el tono justo en el que los libros se van introduciendo en el cuerpo, poco a poco. Se me quedó dentro el modo que tiene de trabajar el duelo, con una aparente liviandad que lleva lo terrible al ámbito de lo cotidiano. Y me intrigó también la presencia del sexo como algo curativo, reconfortante y al mismo tiempo alienante, la reverberación del cuerpo, que no nos abandona del todo ni cuando estamos poseídos por el recuerdo de la madre perdida.


Una de las claves de la novela de Busquets es, sin duda, la cotidianidad, el convertir el duelo en una emoción de andar por casa. Algo semejante ocurre –al menos a mí me ocurrió– con El viaje a pie de Johann Sebastian, de Carlos Pardo (Periférica). El modo en el que da cuenta de la vejez y la enfermedad de su padre me tocó directamente. Y lo hizo no sólo porque me recordase a la del mío, sino sobre todo por la sencillez y la sutileza con la que lo hace, integrándolo en el curso de la vida, en el ámbito de lo ordinario. Es así como suceden las cosas. El mundo no se frena. La vida es un presente continuo en el que el tiempo sigue avanzando.



Un tiempo que, es cierto, se hace lento y espeso por momentos, pero que nunca se detiene del todo. Un tiempo que está siempre permeado por lo más banal y frecuente. Algo de esto es lo que cuenta Blitz, la última novela de David Trueba (Anagrama). De nuevo, una obra sencilla pero preñada de emociones que logran conmovernos. El desamor, la soledad y el desamparo aparecen aquí a través del continuum. Tras la ruptura con Marta, el protagonista no se paraliza, como tampoco lo hacen los narradores de las novelas que he mencionado anteriormente. No; el punto de ruptura, el relámpago –ése es el significado de la palabra blitz–, aunque marque un antes y un después, no detiene el mundo. Todo continúa. Modifica la experiencia, todo se vuelve extraño, pero seguimos andando, vagando de un lugar a otro, sin saber demasiado bien dónde debemos detenernos. Quizá la vida no sea otra cosa: un trayecto ordinario donde todo, incluso lo terrible –“también esto”– pasará.



18/2/15

Libros emocionantes

[Publicado en La Opinión de Murcia - Canal de Libros, 14/02/15]

Hace unos meses, Salva Crespo me invitó a la librería Picasso de Granada para hacer una lectura de Intento de escapada. Habíamos intercambiado algunos tuits y nos seguíamos en Instagram, repartiéndonos me gustas y favs en las fotos y comentarios sobre algunos de los libros que estábamos leyendo. La experiencia granadina fue encantadora –a todos los niveles–. Entre otras cosas, tenía ganas de ir a esa librería y estaba dispuesto a dejarme las pestañas comprando ensayos y novelas. Lo que no imaginaba es que iba a acabar cargado de libros de la misma editorial. Desde el momento en que puse los pies allí, Salva no paró de alabar las virtudes de un sello del que decía estar absolutamente enamorado: Libros del Asteroide. Confieso que por un momento su entusiasmo me llegó a parecer excesivo –sobre todo en el desayuno, mientras yo intentaba recuperarme de la resaca y él seguía emocionado recordando algunos de los títulos que había leído en los últimos meses–. Pero al final acabó convenciéndome y me vine cargado de Granada con libros para varias semanas de lectura. Al terminar de leer el último de ellos, hace no demasiado, después de ser consciente de que entre noviembre y enero prácticamente no había hecho otra cosa que devorar novelas de esta editorial, pude comprender por fin a Salva y sentí que, en efecto, algunos de esos libros me habían enamorado y necesitaba compartir mi entusiasmo.



Por supuesto, ya había leído antes varios Libros del Asteroide –sigo fascinado, por ejemplo, con Monasterio, de Eduardo Halfon; y Antonio Ubero me había introducido tiempo atrás en el mundo de Robertson Davies–, pero confieso que nunca había prestado una atención especial al “mundo” que estos libros abría. Sin embargo, en estos meses he quedado prendado de su edición bella y cuidada, de sus traducciones precisas y elegantes, y sobre todo unos textos que dan en un lugar concreto al que no es fácil llegar: el alma. Ya sé que esto queda cursi decirlo –y aún más escribirlo–. Pero el caso es que la literatura que publica Luis Solano se le mete a uno muy dentro y reverbera después durante mucho tiempo. Eso es lo que me pasó con uno de los libros más hermosos que he leído en tiempo: ¡Melisande!¿Qué son los sueños?, la primera novela de Hillel Halkin, un autor que, con 73 años escribe como un joven enamorado y cuya prosa sencilla, desnuda y sincera te posee como si alguien te estuviese hablando al oído, susurrándote las verdades más profundas sobre la existencia humana. Después, leí Qué fue de Sophie Wilder, de Christopher Beha, y En lugar seguro, de Wallace Stegner. Los dos fueron grandes descubrimientos. Y los dos entran también de lleno en el ámbito de las emociones: la amistad y el amor, y cómo se deterioran o modifican con el paso del tiempo. Uno se sumerge allí de lleno en la vida de los otros. Una vida donde la presencia de la fe, de lo moral y de los cuestionamientos éticos está siempre presente. Libros como vidas. Libros que hacen pensar a través de las emociones. Ahora tengo sobre la mesita de noche Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler. De nuevo, ha sido Salva quien me ha puesto los dientes largos. Supongo que en cuanto acabe de escribir esta columna, lo abriré y me perderé entre sus páginas, consciente de que allí dentro me espera otra historia inolvidable.



13/2/15

Auster

[Publicado en La Opinión de Murcia - Canal de Libros]

La semana pasada Paul Auster cumplió 68 años y, como homenaje, yo subí a Facebook una foto de algunos de sus libros –los que han regresado a casa después de haber sobrevivido a préstamos varios–. Soy fan, lo confieso. Auster es el autor de uno de los libros más bellos que jamás he leído: La invención de la soledad. Un recuerdo del padre, una metáfora de la escritura como memoria y de la narración como medio para salvar la vida. Un libro emocionante y sincero. Eso fue lo primero que leí de él. Después, me enamoré de su prosa, de su mundo, de sus casualidades, de sus historias llenas de vasos comunicantes, de su metanarrativa, me enamoré incluso de su voz grave y su tez cobriza. Y no hay una sola línea suya que no considere esencial.



Sé esto que digo es irracional —así somos los fans; no atendemos a razones— y que, para muchos, Auster es un moderno de medio pelo: vanguardia popular, experimentalismo banalizado; nada que ver con la altura de Pynchon, Roth o DeLillo. Pero sobre todo soy consciente de que lo común suele ser decir: «¿Auster? Sí, al principio. Pero ya hace tiempo que no. Me gustaba cuando no era mainstream. Sus primeros libros están bien —La trilogía de Nueva York, La música del azar, si me apuras, Leviatán o El palacio de la luna—, pero luego ya no volvió a escribir nada bueno. Sin embargo, para mí Auster es un grande. Y, como digo, me gusta todo lo que escribe. No puedo escribir una línea sin sentir la influencia de sus lecturas. Y si me entero que va a publicar algo, cualquier cosa, no me quedo tranquilo hasta que lo leo. Lo compro en inglés aunque me cueste trabajo entenderlo. En ebook y después en papel. Creo que leería hasta sus whatsapps.

Hay escritores de libros y escritores de obra. Eso lo ha dicho en varias ocasiones Vila-Matas. Escritores de grandes libros, diferentes entre sí, y escritores que poco a poco, libro a libro, van construyendo un edificio literario. Yo creo que Auster se encuentra a medio camino entre una cosa y la otra. Tiene libros magníficos, historias memorables, narraciones singulares de las que uno ya no se olvida jamás (¿cómo quitarse de la cabeza las películas de Hector Mann que vertebran El libro de las ilusiones, o los vuelos del joven protagonista de Mr. Vértigo?—. Pero junto a esas grandes historias, a través de sus libros, el escritor de Brooklyn ha ido construyendo paso a paso un mundo reconocible y habitable por los lectores —una estética, unos temas, unos personajes, una manera de entender la vida, una voz—, un edificio en el que cada texto es un peldaño, un muro, una esquina, un elemento constitutivo esencial. En los escritores de obra todo cuenta, incluso los libros que aparentemente ‘se repiten’. Porque el gran libro de Auster es precisamente ese mundo ‘austeriano’ construido por el conjunto de sus libros. Un mundo lleno de azares, de lugares nostálgicos y de contadores de historias. Un mundo moderno y al mismo tiempo encantado en el que la magia aún no ha desaparecido del todo y las cosas cambian de la noche a la mañana. Un mundo propio que se pone en juego en cada párrafo, en cada historia, en cada personaje. Confieso que en pocos lugares me encuentro más a gusto que en ese universo literario.

10/1/15

El pensamiento anticipado (El Estado Mental)

[Texto publicado en El Estado Mental. 09.1.15]
“Escribir mañana.” Con esta imagen introduce María Virginia Jaua la obra de José Luis Brea (1957-2010), un pensador que nos habla desde el futuro, a través de una escritura que tuerce el tiempo y se adelanta a su presente para enviar desde allí mensajes al pasado. Una escritura anticipada, situada en un tiempo por venir, iluminadora. Creo que hay pocas maneras mejores para describir el pensamiento una de las mentes más lúcidas y brillantes que ha dado la teoría y la crítica de la cultura en el ámbito hispano.
José Luis Brea fue un cartógrafo de lo contemporáneo. Sus libros, entre los que destacaría Las auras frías (1991), El tercer umbral (2003), Cultura_RAM (2007) o Las tres eras de la imagen (2010), observan con perspicacia muchas de las transformaciones radicales del arte y la cultura en la contemporaneidad. Un ejercicio que realizó en tiempo real, incorporando a su propia obra aquellas mutaciones de las que daba cuenta: apostó como nadie por la creación de comunidades-red y el surgimiento de nuevas formas de producción y distribución del conocimiento y fue pionero en un gran número de proyectos como El Aleph, Arts.zin, w3Art, Agencia crítica o Salonkritik, plataformas todas para el desarrollo y la difusión de la crítica del arte y la cultura a través de las herramientas que permitían las nuevas tecnologías. Un compromiso con la transmisión del conocimiento que también estuvo presente en la puesta en marcha de revistas como Acción paralela o Estudios visuales, y colecciones editoriales que han contribuido, entre otras cosas, a la formación del campo los estudios de cultura visual.

Cuatro años y medio después de su muerte, llega este libro y uno tiene la sensación de que realmente ha sido escrito en un tiempo que aún no ha llegado del todo. El cristal se venga. Textos, artículos e iluminaciones (edición a cargo de María Virginia Jaua, México, Fundación Jumex Arte Contemporáneo) compila textos escritos entre 2007 y 2010, artículos y ponencias, muchos publicados en Salonkritik, pero también otras intervenciones aún no recogidas en libro alguno. Y junto a todo ello, el texto Los últimos días, escrito en 1992 con motivo de la exposición que comisarió en la Expo de Sevilla y republicado en Salonkritik en agosto de 2010, pocos días antes de su muerte. Un texto que ya anticipaba gran parte de su pensamiento: la conciencia de habitar tiempos de cambio y la necesidad de ir más allá del lamento y el sentimiento apocalíptico para encontrar en el sentido de efimeridad, en ese habitar “el instante de peligro”, la energía para un tiempo nuevo... Seguir leyendo




8/1/15

Principios de año

–Y el principio de año, ¿qué? ¿cómo lo llevas?
–Pues sin parar un momento.
–De comer y beber, ¿no?
–De eso también. He cogido 5 kilos. Un disparate.
–Modérate, hombre.
–Lo intento, de verdad, pero es que la comida me pierde...
–El turrón.
–Calla, calla, que se me ha puesto cara de almendrado.
–Y lo demás, ¿qué?, me sonaba que estabas liado.
–Ya te digo. Un no parar. Llevo todas las navidades dandole vueltas a una conferencia que tengo la semana que viene. Estoy perdiendo punch. Cada vez me cuesta más.
–Estás mayor.
–No, tío, es la presión. El congreso es la leche y me ha entrado complejo de responsabilidad. Quiero hacerlo bien.
–Entiendo.
–¿Y dónde dices que es?
–Ciudad de México.
–Ostras, cómo mola.
–Tengo unas ganas...
–¿No has ido nunca?
–Qué va. Es la primera vez.
–Qué envidia, colega.
–Ya. Espero que me dé tiempo a ver algo. Aunque el congreso en sí ya es bastante. ¿Sabes? Va a hablar Jean-Luc Nancy, y Moxey, y Mitchell, y Mieke Bal, y muchos más.
–Oye, pues yo me voy contigo.
–En la maleta.
–No, coño, en el inconsciente.
–Ahí también. Eso sí, yo no me hago responsable de ti. Si en la aduana te detectan te vuelves tú solito.
–¿Así? ¿descorporalizado?
–O en cuerpo en gloria, como mejor te venga. Pero yo no me vuelvo. Me quedo allí aunque tenga que regirme sólo por el ello.
–Entonces sí que la ibas a liar parda.
–Ya, pero quien no arriesga...
–Tú verás. Yo me voy contigo y en la inmigración pones cara de despistado. Miras al suelo y ya está. He pasado otras veces.
–Pero es que en México el inconsciente lo miran mucho.
–Me esconderé en occipital. Por un rato no va a ocurrir nada.
–¿Que no? Mira lo que pasó la última vez que te moviste del sitio.
–Ya, pero aquellos eran otros tiempos. Ahora hemos cambiado. Somos mayores. Y más sabios.
–Sí, pero es el mismo magma oscuro el que nos baña. Me das miedo.
–Lo sé, por eso me temo también a mí mismo.
–Qué terror, ¿no?
–Puta locura.
–Ya ves.
–Ya veo.

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31/12/14

Cosas de 2014

Se acaba el año y no sabes si quieres que termine. Cinco minutitos más, cinco minutitos, dices. Durante el año no han dejado de suceder cosas. La mayoría han sido buenas. Ahora, de hecho, sólo te acuerdas de esas. Las malas ya las sufriste; los peores momentos han pasado. Miras hacia atrás y te preguntas: ¿y qué he hecho yo en 2014? Algunas cosas. Las piensas durante un momento y decides escribirlas conforme te vienen a la cabeza. No todas, claro. Pero sí algunas.

Has escrito una novela. Lees los posts del Presente continuo de fin de año y ves que la noche del 31 de diciembre de 2013 por fin habías encontrado el tono y la estructura de la novela. Aunque ya estuviera allí desde bastantes meses antes, has tardado un año en escribirla y darle la forma definitiva. Así que, en cierto modo, 2014 lo recordarás por ser el año en que escribiste tu segunda novela.

Además de eso, en 2014...

-Te has apuntado al gimnasio y has vuelto a pasar semanas sin ir. Estas cosas nunca cambian.

-Has corrido menos que en 2013. Has perdido el hábito. Volverás a recuperarlo –esperas.

-Te has operado y has pasado un verano bastante jodido. Pero ahora tu cuerpo lo agradece y estás contento.

-Has bebido demasiado. No sabes si vas a hacer propuesta de enmienda de esto. Quizá otro año.

-Has escrito algunos artículos sobre arte. Cada vez te gusta menos hacerlo.

-Has salido de fiesta. Mucho. Tampoco sabes si vas a intentar cambiarlo. Aunque es cierto que te sientes cada vez más viejo. Tu segunda juventud –en realidad, tu primera, porque la primera la pasaste leyendo recluido casa– tiene visos de ir llegando a su fin. Te notas cansado, te vas antes de los bares, te cuesta aguantar hasta el final. Serán los años.

-Has viajado. Menos que otros años, pero también bastante

-Han traducido tu novela a varios idiomas. Todavía no te lo crees.

-Te han concedido una beca para pasar el curso que viene en Cornell y ahora sientes miedo y responsabilidad.

-Has dormido. Menos de lo que te gustaría. Esto sí quisieras cambiarlo.

-Has comido. Mucho. Más de lo necesario. Pero es que te gusta tanto...

-Has dado clase sin parar. Has hecho papeles hasta el fin.

-Has bebido café.

-Has visto fútbol. No todo el que te gustaría. Pero bastante. Con la Décima te fumaste un puro y te bebiste un whisky de los buenos.

-Has escuchado música. Todos los días.

-Has escrito casi todos los días un diario, Presente continuo, que al final has dejado antes de que se acabara el año. Ha sido una gran experiencia que quizá algún día vuelvas a repetir.

-Te las levantado algunos días con dolor de cabeza. Por varias razones.

-Has ido a algunas inauguraciones. No demasiadas.

-Has dado conferencias y has presentado libros en público. Hasta la extenuación.

-Has estado escribiendo hasta las tantas y luego casi no has podido dormir.

-Has visto algunas películas buenas. No demasiadas. Algunas series buenas. No tantas como quisieras.

-Has leído todo lo que ha caído en tu mano. Has pasado noches en vela con un libro en la mano. Pocas cosas te resultan más placenteras.

-Has follado. Con ganas. Todo lo que has podido –lo que te han dejado–. Esto tampoco te gustaría cambiarlo.

-Has conocido a gente excepcional. Este año especialmente. Personas que ya nunca podrás olvidar.

-Has amado. Mucho. Todo lo que has sabido. No puedes ser más afortunado.

¿Y ahora qué?, te preguntas. No sabes qué más pedir. Quizá que el 31 de diciembre de 2015 puedas volver a hacer esta lista. Y que alguna de las cosas –sobre todo la última– vuelva a suceder.


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28/12/14

El virus de la escritura

Terminas. Dices fin. Una vez más: fin ahora. Fin de nuevo. Corriges, quitas erratas, eliminas reiteraciones, insertas palabras, música, ritmo, miras desde lejos, desde cerca, haces todas esas cosas, sí. Pero ya has terminado. Lo sabes, lo intuyes, lo tienes claro. Y lo sabes porque la novela ya no está ahí. Ya no está dentro. Ha salido. No te obsesiona. Se ha ido. Ha ido saliendo poco a poco. Te importa como forma, como objeto, como mero dispositivo artesanal: quién la publicará, cómo, cuándo, cómo hacer para que se lea mejor, para mantener la tensión, para que se entienda esta frase, esta idea, este párrafo... Pero ya no te obsesiona. Se ha ido. No está.

Te das cuenta por la noche, antes de dormir. Ya no piensas en ella. No piensas en Martín, en Anna, en Sophie, en Lara, en Dominique, en Rick. No piensas más en ellos. La historia te ha abandonado. Sólo quedan flecos, síntomas de que hubo un tiempo en que te poseyó por completo. Moratones, arañazos, pequeñas heridas que aún debes curar. Pero ya no la historia. Ya no el virus. Ya no el cuerpo inflamado en todo momento por la historia. Por esa historia que te ha acompañado en el último año.

Pero no hay vacío. Acabar no es, al menos en tu caso, un vacío. No hay vértigo; sólo continuidad de espacios. La historia que has escrito acaba de ser expulsada por otra. Por otra historia que has notado llegar poco a poco, que se cierne sobre ti antes de dormir.

Por un momento las historias conviven. La nueva surge como vibración, como posibilidad futura para cuando la anterior desaparezca. Pero la posibilidad crece día tras día. Y hay un instante en el que adviertes que ha ganado la batalla. Aunque la otra aún no se haya publicado, aunque aún falte trabajo para dejarla como tú querías. Tendrás que hacerlo, claro; es un libro. Pero ya es trabajo; pura artesanía. Harás lo que sepas; no más. Está fuera. No es cosa tuya. Podría hacerlo cualquiera. Ya no hay obsesión ahí. Ahora sólo te importa la otra, la que no te deja dormir, la que arrebata tu realidad, la que ya no sabes quitarte de encima. Lleva un tiempo instalándose en tu organismo. Y no tiene intención de moverse de ahí a menos que encuentres la manera de escribirla.


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21/12/14

Yo también hago listas, aunque sean cortas: mis tres mejores libros de 2014

Por supuesto, faltaría más, aquí también habrá que hacer listas. Lo mejor de 2014. Tendría que decir: mucho. Porque en 2014 me he dejado las retinas a base de bien. He leído todo lo que ha caído en mi mano. Y puedo decir, así, a bote pronto, que ha sido maravilloso. Es cierto que a mí me gusta casi todo, que aprecio que alguien se ponga a escribir un libro en lugar de hacer cualquier otra cosa y que quizá por eso suelo ser bastante generoso con mis comentarios. Pero es que el hecho de que un tipo se siente a escribir una novela, por ejemplo, que se deje la piel y emplee meses y años de vida en crear algo que la inmensa mayoría de la sociedad considera una puta mierda, me parece absolutamente encomiable. Y que encima lo haga relativamente bien creo que es para poner un pedestal.

Suelto todo este rollo para decir que en 2014 se han publicado muchas cosas buenas. Y que me costaría trabajo quedarme sólo con algunas. Pero si alguien me dijera que me decidiera por tres libros que me han parecido de matrícula de honor, de esos que uno recuerda para siempre y que va a recomendar, regalar y sugerir a sus amigos una y otra vez, entonces, sin necesidad siquiera de justificar por qué, diría que son estas tres obras maestras:


Hillel Halkin, ¡Melisande! ¿Qué son los sueños? (Libros del Asteroide)


Sergio del Molino, Lo que a nadie le importa (Literatura Random House)




Fabio Morábito, El idioma materno (Sexto Piso)





Esta noche he soñado que moría

Esta noche he soñado que moría. Es la segunda vez que me ocurre, soñar que muero, digo, no morir. En mi anterior sueño percibía la muerte como un apagamiento; notaba cómo me iba apagando poco a poco, y cuando la muerte llegaba sentía una pena inmensa por mí; me lloraba a mí mismo como si fuera otro, con una tristeza exterior que nunca había experimentado. Esta noche, sin embargo, la muerte ha llegado de modo exclusivamente físico. He sentido una presión en el pecho, algo parecido a un infarto, y un tremendo dolor que me quemaba por dentro. No había allí pena o tristeza, sólo un cuerpo que quería vivir y que notaba cómo todo se venía abajo en unos segundos. Ha sido pura biología; perder la respiración, sentir el corazón explotar. Y luego, el fundido en negro.

Del otro sueño me desperté con lágrimas en los ojos –me había llorado a mí mismo–. De este me he despertado con mal cuerpo, como si realmente algo se hubiera muerto por dentro. En mi pecho todavía sigue algo del dolor sentido, como una especie de eco, de reverberación siniestra que no sé muy bien cómo explicar. Sólo sé que me siento extraño y que necesito escribirlo, y decir: he muerto, he muerto esta noche y creo que ha sido para siempre. He muerto como un cuerpo, sin alma. Sólo he sentido dolor. No había tristeza, pero tampoco alegría. No había nada. Tan sólo un cuerpo infartado que dejaba de respirar.

15/12/14

Entrevista en la revista "Pliego Suelto"

"El arte es un modo de pensar el mundo, una plataforma para mirar y actuar sobre las cosas"
Entrevista realizada por Raquel Moraleja y publicada Pliego Suelto
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Más allá de la escritura académica, ¿cómo has afrontado la escritura y publicación de tu primera novela?
Ha sido todo un reto. No es fácil escapar de un modo de escritura encorsetado y lleno de fórmulas hechas e inamovibles, como el de la crítica y la historia del arte, y adentrarse en un espacio de absoluta libertad como el de la novela. Creo que, en el fondo, ha sido una liberación. Algo que necesitaba. La literatura era desde bien temprano mi pasión oculta, y con la escritura de esta novela la he dejado salir a la superficie.

¿Qué hay de autobiográfico y de alter egos en los personajes de la novela: Marcos, Helena y en el propio Jacobo Montes? 
En toda escritura hay siempre algo de autobiográfico, por mucho que uno se esfuerce en ocultarlo. A mí es algo que me interesa poner en juego. En todos los personajes de mi novela hay algo de mí, aunque quizá sea más evidente en Marcos, con quien comparto un modo de ser, al menos durante mi adolescencia. Quien me conoce no deja de identificarme con él, aunque las diferencias sean abismales. También, claro, está Helena. Sus clases son como las mías, y su biblioteca es la mía. O incluso Montes: hay ideas y pensamientos artísticos que son comunes. Uno no puede escapar a su experiencia.


La trama de Intento de escapada se desarrolla principalmente en una facultad de Bellas Artes de una ciudad de provincias. Como profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, ¿qué te interesa transmitir fundamentalmente a tus alumnos?
Aquí volvemos a lo autobiográfico. Me identifico bastante con las ideas de Helena sobre la docencia. Ella intentaba mostrar el arte como herramienta de acción y pensamiento. Y yo también. Me interesa hacer ver a mis estudiantes que el arte es un modo de pensar el mundo, una plataforma para mirar y también para actuar sobre las cosas.
A menudo mis clases son más sobre el mundo que sobre el arte. Quizá sea porque el arte trata más sobre el mundo que sobre el propio arte. Hablar de arte es hablar de mil cosas. Es hablar de amor, de muerte, de poder, de justicia, de ética. Es, como digo, una plataforma para pensar y para hacer. Porque el arte también hace el mundo, lo cambia, lo transforma, actúa sobre él. Por eso es tan importante.
En la novela se plantean debates acerca de los límites del arte contemporáneo y se hacen alusiones a algunos creadores actuales reales, como Abel Azcona, que se encierra 60 días en una habitación “en busca de sí mismo”, o Santiago Sierra, que desgarra las espaldas de una fila de personas, ¿por qué debe considerarse arte este tipo de acciones? 
Es un debate complejo. Son arte porque pertenecen a una tradición artística. Ambos artistas se insertan en una historia. Sus obras están llenas de referencias a esa tradición. No se podrían entender, ni haber tenido lugar, sin sus precedentes. Y esa tradición, la que se comienza a establecer en la modernidad y se desarrolla hasta nuestros días, observa el arte como una experiencia de intensificación del mundo, es decir, como una toma de conciencia –habitualmente crítica– de aquello que nos rodea.
Arte es todo lo que la institución arte entiende como tal –esa es la definición institucional–, pero para estar ahí suele haber una historia compartida, y un modo de entender la práctica. A mí, como digo, me interesa el arte que propone experiencias de intensidad que cuestionan nuestro modo cotidiano de experimentar la vida. Las prácticas que nos hacen ver y sentir las cosas de modo diferente.
Hay muchas dudas sobre el arte contemporáneo que rondan a Marcos, tu joven protagonista. ¿Crees que el arte contemporáneo es apto para todos los públicos o solo para aquellos “educados” al respecto?
El arte contemporáneo se ha convertido en un espacio para minorías, para élites culturales. Pero no todo. Hay un arte que sigue siendo para las masas, un arte kitsch y fácil de consumir. También hay otro excesivamente hermético, casi para críticos y especialistas. Entre esos dos extremos está la virtud.
En cualquier caso, lo que hay que tener claro es que el arte contemporáneo –como el arte del pasado– solo se entiende si uno pone algo de su parte, si lee, si intenta comprender aquello que está viendo. Las obras no se abren como por arte de magia ante nosotros y nos muestran sus significados.
El arte se lee, se interpreta, y solo así se experimenta. Es como un libro. Uno tiene que abrirlo y leerlo; no puede juzgarlo por el lomo, o simplemente después de hojearlo. Con el arte sucede lo mismo: hay que intentar leerlo. Y claro, para eso es necesario un proceso de alfabetización artística. No es tan difícil. Es cuestión de dedicar algo de tiempo a mirar con la mente. A través de vistazos uno no entiende nada.