14/7/14

Presente continuo (Semana del 4 al 10 de julio)

VIERNES 4 / Masaje
Despiertas temprano. A las siete ya no puedes seguir durmiendo. Dos semanas y media en el sillón ya comienzan a cansarte y el cuerpo se resiente de mantener día y noche la misma posición.
A media mañana comienzan los masajes sobre las partes operadas. Llegas a la clínica, te subes como puedes sobre la camilla y la enfermera conecta una máquina de la que sale un dispositivo extraño que se posa sobre tu cuerpo. El ruido te recuerda al de los drones de las películas de ciencia ficción. El dolor ya es otra cosa. La piel está aún sensible y notas las vibraciones como si fueran pellizcos y pequeños bocados. Es necesario para que baje la hinchazón, dice. El dolor es bueno, te convences.
Antes de eso, te ha pinchado varias veces en el abdomen para ver si quedaba líquido tras la operación. Parece que todo va bien, pero debes seguir llevando la doble faja. La que tienes ahora y que apenas te deja respirar la ve demasiado holgada; necesitas más compresión.
Sales de la clínica algo más erguido de lo que has entrado. Compras la nueva faja, te la pones y aguantas la respiración todo lo que puedes. Va a ser duro encontrar la postura para poder hacer algo en condiciones.
Al llegar a casa, te sientas en el sillón y tardas un rato en acomodarte. Al final, te acostumbras. No hay más remedio. En esa posición acabas de leer La fotografía, de Penelope Lively. Te parece un gran libro. Al final, la fotografía encontrada al principio no es más que un mcguffin para hablar de los celos, la memoria y las relaciones de pareja. Prometes leer todo lo que encuentres de esta escritora.
Por la tarde te cuesta horrores encontrar el modo de escribir el “Presente continuo” de la semana anterior. Tienes que hacerlo en el iPad y a ratos cortos. Estas semanas la lírica se evapora. Escribes como puedes y ya es bastante que pueda salir algo en condiciones.
Después, bajas a la calle a andar la media hora que te ha recomendado la cirujano. La cicatriz y los músculos te queman y tienes que volver antes de tiempo. Compras helado como postre para celebrar que, dentro de lo que cabe, todo parece ir bien. Cenas un sushi insípido que traen de un asiático al que has llamado por teléfono. Es la última vez que llamas ahí.

SÁBADO 5 / Eros
Hoy la nueva faja te mata. Te inhabilita por completo para concentrarte en cualquier cosa. Por la tarde sales a andar un poco y te la tienes que quitar a la vuelta porque ya no la soportas.
Ves los cuartos de final. De nuevo te decepcionan. Este mundial es aburrido. Mucho. Antes de que acabe el partido, te sumerges en la lectura. Es lo único que te sigue distrayendo a pesar de todo. Te bebes Rituales cotidianos. Cómo trabajan los artistas, de Mason Currey. Está lleno de anécdotas de escritores, músicos y pintores. Algunos son excéntricos: beben, se drogan, fuman de todo, escriben en la cama con los rituales más extraños; otros son metódicos y obsesivos: siguen un orden estricto como si se tratase de una especie de régimen militar. Pero para todos el arte o la escritura es lo más importante, cuestión de vida o muerte, nada que ver con un mero entretenimiento. Crees que cada día estás más cerca de esa visión.
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El dolor, la incomodidad y las molestias no han conseguido eliminar la libido. No has preguntado a la cirujano cuándo puedes tener sexo. Miras en internet antes de proponer nada. A las dos semanas se puede intentar algo, dicen, calmado y sin brusquedad. Por la noche, no puedes aguantar más y haces lo que puedes, con cuidado extremo y poniendo atención a cada uno de los movimientos, casi como si fuera un ritual tántrico. Cuando acabáis, te sientes revitalizado, como si esa energía erótica te hubiese recargado por dentro. El sexo te da soberanía sobre tu cuerpo, te lo hace reconocible, te lo devuelve, convierte la carne herida en potencia de vida.

DOMINGO 5 / La mujer justa
Despiertas mucho mejor. Lo notas. Te duchas y por primera vez reconoces tu cuerpo en el espejo. Por un minuto no recuerdas lo que había allí antes de la operación. Y empiezas a sentir la cicatriz más como una parte del cuerpo que como una sutura foránea que se había cruzado en tu camino.
En la televisión ves un documental sobre el dopaje de Lance Armstrong. Coincide casi con el inicio de Tour de Francia. Hablan del significa de hacer trampa, de la ambigüedad de la mentira y de la necesidad de ampliar la capacidad del cuerpo cuando es puesto al límite. El ciclismo siempre te ha parecido una locura. Lo extraño es que no se dopen todos.
Te calzas las deportivas y sales a dar una caminata con R. Os pasáis de la media hora y vuelves cansado. La cicatriz te tira un poco y el ombligo te escuece. Debes ser consciente de que aún falta para la recuperación.
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Por la noche terminas de leer La mujer justa, de Sándor Marái, que te ha acompañado estas semanas. Te lo recomendó J.M. y lo has ido degustando poco a poco. Es un grandísimo libro. El primero que lees del escritor húngaro. A través de tres monólogos, Marái se introduce con un magisterio sólo al alcance de los más grandes de la literatura en los sentimientos, el amor, el abandono, el miedo. Un análisis del alma humana. Lleno de sabiduría contextualizada. Cada personaje es sabio según sus circunstancias que dan pie a su historia. Una historia que, más allá de las emociones, se adentra en el espíritu de la lucha de clases. El fin de la burguesía, el complejo de culpa, el dinero, el sentido de la cultura. Y sobre todo, el desmoronamiento del mundo del pasado durante la primera mitad del siglo XX. En el fondo es de esto de lo que trata, de cómo un modo de habitar, unas costumbres, una cultura, desaparece, y de la melancolía y sentimiento de pérdida se apodera de aquellos que sienten que ese mundo, que daba sentido a su existencia, se desvanece.
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LUNES 6 / Más lecturas
En cuanto te levantas vas a la clínica. Se te han infectado los puntos del ombligo. Nada grave. Pomada durante una semana y se curará sin problemas. Lo que sí que te duele es el cuello. Dada la postura en la que estás durmiendo, lo raro es que el dolor no hubiera aparecido antes. Pero hoy ya se hace insoportable. Pides cita con la fisio y te da para mañana.
Antes de comer acabas de leer El arte de volar, el cómic de Antonio Altarriba y Kim. Te emociona la historia. Y te da ideas para lo que quieres escribir. Intentas incluso sentarte al ordenador para ponerte con tu novela, pero al final es imposible. Entre el cuello y la doble faja no encuentras la posición.
Por la tarde lees de un tirón Cartas a un joven novelista. Lo confiesas, solo has leído de Vargas Llosa ensayos. Y te entusiasma su prosa. Aquí es sagaz. Y te hace aprender. No haces estos días otra cosa que aprender. Pones sobre la mesa de lectura La ciudad y los perros. De este verano no pasa.
Todas las noches, antes de dormir, sigues con la segunda temporada de Bron/Broen. Cada vez se pone más interesante. Todo está calculado y meditado a la perfección. Las piezas van encajando y ya esperas la sorpresa final.

MARTES 7 / Primera salida
Hoy vas por primera vez a la universidad. Es tu primera salida a la vida después de la operación. Reunión de departamento para pedir asignaturas. No te sale exactamente como pensabas y vas a tener que prepararte una asignatura nueva. No puedes coger Arte del siglo XX ni Últimas tendencias y tienes que quedarte con Teoría de la Historia del Arte. Te gusta, pero se te viene encima demasiado rápido. Y sobre todo te va a entorpecer la escritura de la novela. Al terminar la reunión, sales para la fisioterapeuta. Sin bajarte la faja y sentado en una camilla hace lo que puede con tu cuello. Ya no sientes el dolor.
Por la tarde te quitan los puntos de la cicatriz y te vuelven a dar un masaje con la máquina. Te duele menos que la otra vez, el masaje. La cirujano te dice que todo sigue bien y que te puedes quitar ya la segunda faja. Sientes un alivio tremendo. Te quedan dos o tres semanas para poder quitarte la otra y dejar de sentir la presión. Pero así ya te puedes sentar frente al ordenador y comenzar a moverte con mayor normalidad.
Ves el 7-1 de Alemania a Brasil y te alegras secretamente. Siempre has ido con Alemania. La primera camiseta que te compraste fue la de Lothar Matthäus, un mito durante tu infancia y tu adolescencia. Además, el juego de Brasil en este mundial era soporífero. No se merece ni el cuarto puesto.
Antes de dormir te enganchas a El país de las últimas cosas, uno de los pocos libros de Paul Auster que te faltaba por leer. No te llega a convencer del todo, aunque acabas devorándolo y casi logras acabarlo antes de apagar la luz.
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MIÉRCOLES 8 / Nostalgia
Por la mañana, nada más levantarte, terminas las páginas que te faltaban del libro de Auster. Desde luego, no es el mejor del escritor, pero su imaginario te sigue fascinando y estás tan agradecido por los buenos momentos que te ha hecho pasar su literatura que se lo perdonas todo.
Por la tarde ves el final de la segunda temporada de Bron/Broen. Es magistral, aunque se queda para una tercera y no sabes cómo vas a poder esperar a septiembre de 2016.
Después, sales a andar con R. por la mota del río. Hace una temperatura agradable y mantenéis un buen ritmo. Cuarenta minutos es para ti ahora todo un récord. Os adelantan muchos corredores y sientes envidia y nostalgia. Al regresar, ves la semifinal entre Argentina y Holanda y te sirve de somnífero. Duermes feliz, sintiendo que te vas encontrando poco a poco.
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JUEVES 10 / Tiempo de escritura
Te levantas algo dolorido tras la noche. Pero se pasa enseguida. R. te lleva a la universidad para poner el examen de Crítica de arte. Va volviendo la normalidad, aunque todo te cueste el doble y aún tengas dificultades para atarte los cordones de los zapatos.
Al llegar, te sumerges en Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, que tantas veces te ha recomendado L. Por fin ha llegado el momento. Y la novela no te decepciona. Te absorbe de tal manera que casi te olvidas de comer. Tienes la sensación mientras lees de que es así como quisieras escribir, que alguna vez te gustaría publicar un libro así, sincero, directo, lleno de verdad y de buena literatura. Junto a La invención de la soledad, es el mejor libro sobre un padre que has leído hasta el momento. Una oda a la memoria, a la escritura, al amor, a la vida.
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Tanto te llega, que cuando lo acabas, en lugar de intentar seguir con tu novela, que esta semana se te ha resistido, comienzas a escribir el principio de la siguiente, la que pretendes dedicar a la reconstruir la historia de tu abuelo paterno, a quien nunca llegaste a conocer. Escribes diez páginas como poseído por la energía de lo que acabas de leer. Te gusta tanto que estás tentado a continuar y aplazarlo todo. Pero al final el sentido común acaba regresando y lo dejas como esbozo de algo que retomarás cuando acabes lo que estás escribiendo ahora. Te das cuenta de que lo que tienes que recuperar es la intensidad y el deseo por continuar con tu novela. Por alguna razón esta semana aún no has podido volver. Pero ahora mismo sabes que ya ha llegado el tiempo. El tiempo de escritura. No hay más excusas. Te puedes sentar frente a la pantalla y ya has tenido dos semanas de lecturas y descanso. La historia llama a tu puerta. Te falta la última parte. Tres o cuatro capítulos para acabar el primer borrador. Y ya se ha demorado bastante. Es tiempo. Tiempo de escritura.

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7/7/14

Presente continuo (semana del 27 de junio al 3 de julio)

VIERNES 27 / Ser cuerpo
A las siete de la mañana ya no puedes más y estás deseando levantarte –o al menos ponerte de pie–. Te revuelves cien veces en el sillón hasta que R. se levanta y te ayuda a incorporarte. Hoy te curan la cicatriz y por primera vez vas a poder ver tu cuerpo después de la operación. Quizá te quiten los drenajes. Eso es lo que más necesitarías en este momento.
Te acerca R. a la clínica. Andas encorvado y con los drenajes en una bolsa amarilla. Por mucho que quieres ocultarlos, los tubitos de plástico llenos de seroma acaban apareciendo. Tardas dos muñequitos verdes en cruzar el paso de peatones de la Avenida Juan Carlos I. Y cuando llegas, antes de sentarte la enfermera te hace pasar a la sala de curas. Entre dos, como pueden, te bajan la faja y descubren la cicatriz. Es la primera vez que te ves. Y te mareas un poco. Es como mirar otro cuerpo. Es tu piel, pero está en otro lugar, de otro modo. Sin duda, el sentido que Freud dio al término “lo siniestro” es éste: lo familiar-extraño. Es tu cuerpo, sí, pero cambiado, desfamiliarizado, como si fuera otro.
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La cicatriz te llega de cadera a cadera. Te la curan las enfermeras y sientes que las gasas son como estropajos de aluminio. Te pincha y te escuece todo. La gasa llena de Betadine sobre el ombligo parece una galleta de la fortuna. Cuando la quitan ves algo que definitivamente no es tuyo. Un nuevo ombligo, surgido en mitad de una piel que ha sido cortada, estirada y pegada. Imaginas que va a pasar algún tiempo hasta que logres verlo como algo normal, sentirlo como parte de tu cuerpo.
Luego están los drenajes, que ves ahora por primera vez. Dos pequeños tubos que salen directamente desde tu pubis. Es también siniestro y desagradable. Por un momento te recuerdas a una obra de Robert Gober. Pareces un desagüe humano. El cuerpo como maquinaria, como fontanería, y la medicina como mecánica de la carne.
Te sientes quebrado, vacío, como si te hubieran partido por la mitad. La cicatriz es carne. Se unen ahí dos trozos de ti. Es una elipsis. Una sutura que cierra un pasado, que deja entre paréntesis tres kilos de piel y grasa. Dices que es carne la cicatriz porque es lo que sientes. No piel, sino carne blanda, vuelta sobre sí misma. Porque te miras el cuerpo y es lo único que ves. Cuerpo, carne, biología. En cada movimiento, en cada segundo. Sientes los músculos, la piel. Te observas y te piensas como puro cuerpo.
Te suben la faja como pueden después de la cura y casi sientes alivio al verte encerrado. La faja es casi un escudo que protege de lo real. Una especie de armadura que te mantiene a salvo y que al mismo tiempo te imposibilita el movimiento, dejándote a veces sin posibilidad de respirar.
Al final no te quitan los drenajes. Tienes que llevarlos hasta el martes. Va a ser duro. El resto del día intentas leer, ver la tele, hacer algo que entretenga, pero no logras concentrarte en nada en concreto. El recuerdo de la visión de tu cuerpo ocupa por completo tu mente. No paras de darle vueltas a lo que has visto. Ni tampoco de mirar en Internet el resultado definitivo. Cómo se queda la cicatriz, cómo queda la piel, cuánto tarda en desaparecer la hinchazón… no cesas de buscar imágenes, consejos, vídeos, opiniones. Y casi es mejor no hacerlo. En cualquier caso, lo que has visto ha sido un shock. Ahora mismo pagarías para, aun sabiendo que el resultado no es definitivo, quedarte así y que cese el dolor y la incomodidad. Porque el resultado, al menos a primera vista, es sorprendente. Todo esa piel grasienta acumulada a lo largo de los años, colgando como si también fuera de algún modo el cuerpo de otro, ha desaparecido. Y en su lugar hay una cicatriz inmensa, una especie de gran muralla china que te atraviesa por la mitad. Quizá aún no estés preparado para apreciar lo que se ha obrado ahí.

SÁBADO 28 / Dificultades cotidianas
Hoy te duchas por primera vez después de la operación. Algo tan fácil se convierte en una aventura. Con los drenajes saliendo de tu cuerpo la movilidad no es fácil. R. te seca y te cura las heridas. La cicatriz sigue quemando, aunque algo menos que ayer. Tras diez minutos de pie, vuelves a sentirte partido y tu cuerpo necesita ya la faja. Aunque subirla es más difícil de lo que uno se podría imaginar. Con el cuerpo embadurnado en crema hidrante y Thrombocid, y sin poder hacer fuerza, tenéis que hacer varias paradas hasta situarla en su sitio. Acabáis los dos sudando.
Cuando te sientas en el sillón lo haces como quien descansa después de una batalla. Y ahí te quedas casi todo el día. Te levantas como puedes de vez en cuando para mover las piernas, pero el dolor no te permite gran cosa. Por la tarde estornudas y crees que te desgarras por dentro. Se te saltan las lágrimas y tienes que respirar profundamente para que los pinchazos se vayan yendo poco a poco.
Después de varios días, también hoy, por fin, logras defecar y tampoco es tarea fácil. Te das cuenta de que todo gira en torno a las funciones básicas y sobre todo a los fluidos. Defecar, orinar, casi como un niño. Es síntoma de que el organismo funciona. Realmente, todo lo que pasa estos días es escatológico. Sangre, fluidos, heces, orín. Y olores. Porque todo huele extraño y en ocasiones desagradable. Tu cuerpo, la faja, las gasas que tapan las heridas al día siguiente. Todo es pura abyección. Pero esto es lo que eres, por encima –o por debajo– de cualquier otra cosa. Eso es un cuerpo. Ahí esta esa so(m)bra que todos los días intentamos ocultar.
Ves el Brasil-Chile y deseas que pierda Brasil. Después, por la noche, acabas de ver la primera temporada deBron/Broen. La pareja de actores tiene una química tremenda, los personajes están muy bien trazados y la historia y la trama están calculadas a la perfección. Una serie elegante y recomendable.

DOMINGO 29 / Gana el dolor
Esta noche ha sido algo más desagradable. Tirantez e incomodidad. Además, te empieza a doler la espalda. Mucho estaba tardando. A las seis te gustaría ya estar levantado.
Se pierde el vacío de uno de los drenajes. Es un momento de incertidumbre. No sabes lo que hacer. Te das cuenta de que hay toda una serie de sabiduría cotidiana que desconoces y te sientes perdido. Cualquier cosa pequeña es ahora un abismo para ti. Llamas por teléfono y, como era de esperar, no es nada. Se puede arreglar fácilmente.
Te duchas y luego intentas ponerte la faja. Tu cuerpo está tan hinchado que hoy es imposible subirla. Tú no puedes hacerlo porque no puedes hacer fuerza sin que te duela. Y R casi tampoco. Es un momento difícil. Más aún que ayer. Vuelves a caer en el sillón rendido, respirando después de la batalla.
Mientras tomas aire, lees La niña que amaba las cerillas, de Gaétan Soucy. No ves ahí el gran libro del que todos hablan. Es Beckett, Manganelli, la abstracción, el lenguaje duro y corporal, pero no mucho más. Quizá no has elegido el mejor día. Y es que hoy ha sido un día duro. Más que otros. No sabes por qué. Al final del día sacas el cómputo global y te das cuenta de que el dolor ha ganado. Necesitarás analgésicos y pastillas para poder dormir.
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LUNES 30 / Poco a poco
Te levantas mejor de lo que habías pensado. Has dormido relativamente bien. R. te ducha y te cura y luego te quedas solo en casa. En soledad cada movimiento es meditado. Nada se puede caer porque no te puedes agachar a recogerlo. Es casi como si te movieras a cámara lenta. Parece una especie de coreografía oriental que mide todos los movimientos.
Ves Un verano ardiente, de Philippe Garrel. Monica Bellucci sigue siendo bella. Aunque la película no es nada del otro mundo. La misma historia de siempre de amores burgueses y acomodados. Después, comienzas a leer Un minuto antes de la oscuridad, de Ismael Martínez Biurrun. Sigues a este escritor desde sus primeros libros y siempre acaba hipnotizándote su literatura, a medio camino entre el terror psicológico y el suspense. En este caso se trata de una distopía sobre el fin de la civilización en lo que podría ser la España después de la crisis. Enseguida te engancha. Gran thriller.
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Entre lectura y visionado, el dolor no remite. Identificar varios tipos de molestias. La cicatriz, dolor localizado. También el drenaje, dolor e incomodidad. Ambos te muerden, como una serpiente que se hubiera enroscado sobre tu vientre. Luego está el interior, los músculos abdominales, que te arden. Y en ciertos movimientos, te matan. Y luego, la piel, que te duele por momentos sin saber exactamente dónde ni por qué. Y juntó a eso, la faja, que está asfixiando. Es varias tallas más pequeña y te oprime en el pecho y en la espalda. Cuando te sientas, y estás todo el día sentado, se clava y apenas te deja respirar.  Y después está la espalda. Sufrías de ella desde antes, pero ahora con la postura comienza a dolerte poco a poco. Y para terminar, los pinchazos, que llegan cuando menos te lo esperas.
Piensas por un momento en este dolor y te das cuenta de que es dolor físico pero no moral. No es sufrimiento. Porque no hay detrás una enfermedad, porque no es un sinsentido, sino que tiene una resolución. A lo lejos ves el final del dolor. Y todo se convierte casi en un experimento.
Por la noche, ves el capítulo piloto de The Leftovers, la serie de uno de los creadores de Lost. Pinta bien. Te quedas con ganas de mas. Tienes la novela en la que se basa la serie, pero no sabes si leerla o esperar algo a ver cómo se desarrolla. Le echas un vistazo antes de intentar dormir. Decides darle una oportunidad a la televisión.
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MARTES 1 / Primer partido
Por la mañana ya no aguantas más el drenaje. Por la tarde te lo quitan. Cuando ves la longitud de los tubos no das crédito. Creías que eran apenas dos pequeñas puntitas que entraban en la piel, pero ahora ves salir dos grandes mangueras que han estado ahí dentro. Te los sacan y sientes un alivio tremendo. Primer partido ganado. Luego, la cirujano te dice que ahora sobre la faja que llevas tienes que ponerte otra más para que la presión haga salir todo el líquido que queda de la operación. Cuando llegas a casa y te la pones tienen que pasar unos minutos hasta que puedes respirar.
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Por la tarde, acabas de leer Un minuto antes de la oscuridad. Te lo has bebido en dos días. Es un gran thriller. Pero no por eso es literatura menor. Está escrito con una solvencia narrativa fuera de serie. Martínez Biurrun maneja la tensión como pocos escritores. Ya esperas su siguiente novela.
Llega una mesa de Amazon. Querías escribir cómodo desde el sillón, pero al final la mesa no te lo permite. La postura no es cómoda y no puedes concentrarte con la presión de la doble faja. Lees libros sobre la rutina de los escritores. Sobre la dificultad para escribir. Nunca has encontrado la postura perfecta. Ni para escribir ni para leer. Siempre ha sido incómodo. Pero ahora no ves el momento de regresar a lo anterior. Era un paraíso que no supiste valorar.
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Ves algunos partidos del Mundial. No sabes sí será porque ya no está España pero el caso es que este año te aburren. Demasiadas prórrogas. Por la noche, comienzas la segunda temporada de Bron/BroenDe nuevo te conquista.

MIÉRCOLES 2 / Paso lento
Has descansado algo esta noche. Estar sin el drenaje te acerca a la normalidad. Aunque la doble faja te corte la respiración. Sales a dar un pequeño paseo a la calle. Te cansas. Exploras el pueblo como si fuera la primera vez que pasaras por sus calles. Con el ritmo lento te recuerdas por un momento a los flâneurs parisinos paseando tortugas. Por la tarde, la casa se llena de visitas. Por la noche no logras concentrarte para leer. La cicatriz te escuece y ya no aguantas más la postura en el sillón. Tienes que tomar pastillas relajantes y analgésico para poder dormir. El día iba bien pero se ha torcido.

JUEVES 3 / Luz al final
La montaña de libros va creciendo. Vas saltando de uno en otro. Cada momento del día pide un libro. Y está claro que si te equívocas, el libro se resiente. A veces lees cinco páginas y pasas al siguiente, casi como si estuvieras en una especie de rotación narrativa. Pero cuando el libro te atrapa ya que no lo puedes soltar. Y eso te pasa hoy con La fotografía, de Penelope Lively, una escritora británica que te cautiva desde el principio. Pasas el día pegado al libro y casi lo terminas de un tirón. Tiene mucho que ver con tu novela. Lo piensas un poco y te das cuenta de que lo lees como una especie de aproximación a lo que ya quieres hacer: escribir, escribir y escribir.
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Intuyes que en breve te podrás sentar frente a tu ordenador en el escritorio. Aunque estés incómodo, aunque la presión te corte la respiración. Está llegando el tiempo de escritura. Lo deseas, lo percibes. Y es que poco a poco te vas sintiendo mejor y con más autonomía. Comienzas a ver la luz al final del túnel. Aunque la luz sea débil y el túnel aún sea demasiado largo. Pero algo es algo. Con eso te conformas ahora.

30/6/14

Presente continuo (Semana del 20 al 26 de junio)

VIERNES 20 / Dormitar
Resaca todo el día. La salida de anoche fue la despedida. Sabes que va a pasar un buen tiempo hasta que vuelvas a darte una vuelta por la ciudad. Como puedes, te levantas y asistes a la consulta que tienes con el anestesista para la operación del martes. Está todo bien. Un poco de anemia y la bilirrubina algo alta. Pero nada preocupante. Te puedes operar. Llegas a casa y escribes el Presente continuo de la semana anterior. La cabeza te explota y apenas te puedes concentrar. Escribes lo que puedes. Después, caes rendido a la cama. 

SÁBADO 21  / A tiempo
Te levantas temprano y logras acabar el texto sobre el arte contemporáneo y el tiempo histórico. Cuatro mil palabras para la revista Puentes. Es el último texto que escribes este verano antes de ponerte a tiempo completo con la novela. Y lo entregas quince días antes de la fecha tope. Es la primera vez que logras algo así. La primera vez que la planificación ha funcionado.

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Por la noche, ves con R. Sólo los amantes sobreviven. Al principio estáis solos en el cine; parece demasiado literal. Después va llegando algo de más gente, aunque no demasiada. Jarmusch es un director extraño y la película es una delicia estética que disfrutas como si estuvieses degustando un fruto exótico. 

DOMINGO 22 / Desconectando
Dejas Facebook. Llega el verano y quieres concentrarte en leer y escribir. Las redes sociales son un peligro con el tiempo libre. Y desconectar de vez en cuando es garantía de salud. Es cierto que perderás el contacto con muchos amigos, pero es un sacrificio que tienes que hacer. Hay momentos para todo, y éste, lo sientes, es para iniciar la desconexión. 

LUNES 23 / Miedo
Todo el día ultimando gestiones. Reuniones en la universidad, hacer la Renta, comprar un pijama, recoger paquetes de correos, cortarte el pelo, contestar todos los mails posibles…, dejarlo todo resuelto.

Por la tarde empiezas a estar nervioso. Mañana te operas. Y no se te va de la cabeza. Le has dado más del mil vueltas a la operación. Hace un año estuviste a punto de hacerlo, pero siempre has tenido miedo. Este año, sin embargo, te vas a atrever. A pesar de los riesgos, a pesar de todo lo que supone. Pero sientes que es necesario, que ha llegado el momento de quitarte toda la piel sobrante del adelgazamiento. Perdiste más de treinta kilos hace unos años. Desde entonces te has seguido manteniendo en el mismo peso, pero la piel quedó como una camisa ancha. Y la del abdomen especialmente, que te molestaba para todo, como si llevaras una mochila colgando del vientre.Te encuentras con C. y te dice que te lo pienses, que su exsuegra se quedó en coma con la misma operación. Lees en Internet varios casos en los que se ha complicado y las cosas no han salido bien. Hay un momento en el que tienes que dejar de leer y escuchar para no arrepentirte de la decisión. Conforme se acerca la noche, el miedo se apodera de ti.

Antes de acostarte, le dejas a R. las instrucciones para acabar la novela y juntar los trozos que faltan si algo ocurriese. La pones nerviosa. Es una exageración. Pero es cierto que todo puede pasar. Y te resulta curioso que en esos momentos pienses sobre todo en que la novela se quedaría inconclusa. Te preocupan más cosas, claro. Pero en tu mente está la novela. Sientes que estás en paz con el mundo, pero que te falta algo que entregar. Es excesivo todo esto, sí. Pero el miedo no entiende de razones. 

MARTES 24 / Cirugía
Te levantas muy temprano. En ayunas. Sin agua ni comida. Ingresas a las ocho. Te operan a las nueve. Llegan tus hermanos y se quedan con R. en la habitación. Luego, todo sucede rápido y, sin embargo, el tiempo se vuelve espeso. Cuando te vienes a dar cuenta estás en el quirófano. La cirujano te pinta el vientre. Todavía haces chistes. El momento peor llega con la anestesia. Primero te ponen la vía en la mano; eso era lo que más temías, y sin embargo no lo sientes. La punción raquídea es otra cosa. Te tienen que pinchar varias veces con una aguja larga para llegar a la médula. La situación es incómoda. Y lo recuerdas como algo tremendamente doloroso y desagradable. Lo piensas ahora y te vuelves a marear.

En el quirófano hace frío. Estás rodeado de gente. Te tapan para que no veas lo que te van a hacer. Has mirado la operación en Internet y sabes lo que va a pasar. Literalmente, te despellejan. Te cortan y te levantan la piel del abdomen, cosen los músculos, tensan la piel, recortan lo sobrante y reconstruyen el ombligo. Querías estar consciente, pero no te das cuenta de nada eso. Lo recuerdas todo entre neblinas. Oyes voces, dices algo y ya te despiertas cuando te están cosiendo y empiezas a sentir algo de dolor. Están acabando, dicen. Todo ha salido muy bien, te tranquilizan. Tú estás atontado. No sabes la hora que es ni el tiempo que ha pasado. Tres horas de operación, dicen. Ha salido bien, te vuelven a tranquilizar.

Entre varios te pasan de la camilla a la cama. Te ponen una faja sobre los vendajes y te sacan del quirófano para llevarte al área de reanimación. Es allí cuando comienzas a sentir el dolor. La anestesia se te va pasando y lo que te han hecho te duele una barbaridad. Le dices a la enfermera que ponga analgésico por la vía como si fuera aquello el fin de los días. Es en ese momento de soledad cuando das gracias a Dios, o lo que sea que esté en las alturas, si hay algo ahí, por que parece que todo ha ido según lo previsto. Después te llevan a la habitación y allí está R. y tus hermanos. Los besas. Y te alegras de encontrarlos allí. Es la primera vez que estás en el otro lado. Y por fin sabes lo que se siente.

No tienes el cuerpo para bromas. Pasas la peor de las tardes que recuerdas. No puedes hablar, te duele todo, no puedes moverte, sientes ahí dentro los restos de una batalla. Ni siquiera puedes leer. Y eso sí que es grave. Te mareas varias veces y te das cuenta de que es porque no has comido. Cuando te traen la cena, la sopa te sabe a gloria. La noche se hace eterna, aunque menos de lo que temías.

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MIÉRCOLES 25 / Adaptación
A partir de las siete y media comienzan a venir a cambiar suero, pincharte, cambiar cosas. Siempre te ha resultado curiosa esa automatización de tareas. Ese momento en el que todo comienza a moverse. Y tú lo único que deseas es que te pongan de nuevo analgésico porque el dolor es insufrible.
A media mañana te dan el alta. Tienes que andar como sea y volver a casa. Ves las estrellas para levantarte de la cama. Todo te duele como si te hubieran llenado de puñaladas. Y andar ya es lo imposible. Tienes que hacerlo encorvado –van a pasar varias semanas hasta que te puedas estirar–, con el drenaje en una bolsa y dando pequeños pasitos. La escena es para verla.

Subir en el coche es una odisea. Y bajar, una Eneida. Llegar a casa, subir los escalones y sentarte en el sofá es la muerte. Pero al final consigues hacerlo. Te pones cómodo –lo de cómodo, es un decir– y empiezas a respirar. Vas a estar sentado ahí unas semanas sin apenas moverte. Por un momento, piensas si merece la pena todo, si es necesario, si no habría sido mejor aguantar. Lo piensas sobre todo cuando imaginas los días quieto, el dolor creciente, las curas, la faja, los drenajes, todo.Desconectas también Twitter. Dices “en casa. Cerramos la emisión hasta nueva orden. Buen verano”. Por alguna razón, piensas que es mejor desconectar. Se podría pensar que lo contrario sería lo más acertado: ahora que estás encerrado, Twitter e Internet te podrían servir como conexión. Pero no quieres. Prefieres experimentar el dolor tú solo, concentrado, necesitas cierta intimidad. Y sobre todo, es el momento para leer. Los libros siempre te han ayudado en los malos tragos. Y crees que es el momento de volver a ellos como la gran ayuda. Tienes cientos que leer; los has acumulado estos últimos meses; te esperan.

A media tarde logras una posición relativamente aceptable y R. pone junto a ti una pila con los libros que le has ido diciendo. No sabes por dónde empezar; probablemente llevarás varios a la vez. Decides hacerlo por algo light, Aniquilación, de Jeff VanderMeer, el supuesto bestseller del verano. Crees que al menos te entretendrá. Pero a las cincuenta páginas tienes que dejarlo. No sabes qué le han visto a esto. No funciona de ninguna de las maneras.

Después comienzas a leer Los Modlin, de Paco Gómez. Lo tenías reservado para algún momento especial. Es un libro que te interesa por muchas razones. La reconstrucción de una historia a partir de unas fotografías encontradas. El libro acaba fascinándote. La historia de los Modlin también se te mete dentro. Pasas la tarde leyendo. Viene tu hermano y tu cuñada a visitarte. Las visitas te distraen. Pero el dolor no remite.

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Por la noche, mientras R. ve Masterchef, decides distraerte con alguna película. Vivir es fácil con los ojos cerrados. La disfrutas. Javier Cámara está de diez. Y la historia también te llega dentro. Una historia sencilla, emotiva, inspiradora. Y, como la de Los Modlin, llena de realidad. Luego, mientras duermes dolorido en el sofá, en el sueño se mezclan las historias de Juan Carrión, John Lennon, y Elmer, Margaret y Nelson Modlin. Todos habitan el mismo mundo. Y todos te acompañan en el dolor que también se adueña de tus sueños.

Durante dos veces, tienes que llamar a R. para que te acerque la botella y poder orinar. No somos nada sin los otros. No eres nada sin R. 

JUEVES 26 /Paciencia
Levantarte del sofá después de toda la noche te cuesta horrores. Das un alarido de dolor y sientes el interior del abdomen como si hubieras hecho mil millones de abdominales. Eres una agujeta. Además, la faja y el drenaje se te han clavado sobre todo el pecho y te ha hecho heridas.A media mañana, tu hermano J. te trae el sillón relax de tu hermano P. y te salva la vida. Se levanta y se extiende automáticamente y ahí sitúas tu centro de operaciones. En ese trono acabas de leer Los Modlin. Definitivamente, te ha cautivado la historia. Y te da muchas ideas para escribir cuando puedas hacerlo.

De vez en cuando te levantas para andar por la casa con los drenajes en una bolsa. Te duele y al mismo tiempo te alivia mover las piernas. Aunque por supuesto sabes que no lo es mismo ni tiene nada que ver, estos días recuerdas a tu padre y a tu madre. Recuerdas que le ponías la botella, que le lavabas sus genitales, que tenías que ayudarlos a vestirse, recuerdas que “necesitaban” y que “les dolía”. Ahora, aunque sea transitoriamente –por Dios, eso esperas–, estás en el otro lado. Necesitas todo. Te das cuenta de que uno solo no es nada. R. es todo ahora. Sin ella, esto no sería posible. De ninguna de las maneras.

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Comienzas a leer a El arte de volar, el cómic de Antonio Altarriba y Kim sobre que cuenta la vida del padre de Altarriba a lo largo de la guerra civil y el franquismo. Una historia familiar de España. De nuevo, una historia real. Una historia que necesitaba ser contada. Vas a disfrutar el libro poco a poco. Todos los días unas páginas, sin prisa.


Cuando el dolor es fuerte no puedes concentrarte para leer. Tomas un analgésico y la cosa se calma un poco. Te das cuenta de que este es el ritmo de estos días: dolor, leer, dolor, leer, dolor, comer, dolor, dormir, dolor, dolor.

Por la noche, lees de un tirón Escarnio, la segunda novela de Coradino Vega. Habías leído algunas reseñas muy positivas y te intrigaba este escritor joven. Y la novela te abduce. No la puedes soltar. Incluso hace que te olvides del dolor. Es una historia en la que de nuevo te ves reconocido. Un estudiante de una familia humilde que se encuentra con una clase, un contexto y un mundo para el que no ha sido preparado. Es también la historia de alguien normal, de alguien que aspira a una vida digna. Y de cómo el mundo está lleno de dificultades para que esa aspiración en apariencia simple se pueda llevar a cabo.

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Cuando la acabas la lectura, ves un episodio de Bron/Broen, tomas una pastilla de Serenia e intentas dormir lo que puedes sentado en el sofá. Mañana te curan la cicatriz y te quitan los vendajes. Por fin podrás ver lo que te han hecho. Aún no has visto nada. De momento, sólo duele. Más de lo que habías imaginado.
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23/6/14

Presente continuo (Semana del 13 al 19 de junio)

[Diario personal publicado cada domingo en La Opinión de Murcia]

VIERNES 13 / Graduación
Junta de Facultad para elegir despachos. Por fin, después de varios años, logras un puesto –aunque sea doble– en el edificio de la Facultad de Letras. Te emociona cambiar de edificio; es como si estuvieras, ya por fin, en la universidad como Dios manda. Contento, regresas a casa y escribes el Presente continuo de la semana. Comes rápido, te arreglas y sales para Espinardo a la graduación de los alumnos de Bellas Artes. Es al último grupo de grado al que le has dado clase. Y por varias razones crees que pasará algún tiempo hasta que vuelvas a dar clase en Bellas Artes. Saludas a algunos padres. Están orgullosos de sus hijos. No es para menos. Recuerdas tu graduación. Tu madre en la universidad, como si fuera un lugar especial o mistérico, llena de orgullo por ver a un hijo acabar una carrera. Aunque sea una costumbre americana y excesivamente simbólica, es un día importante para ellos; se visibiliza la posibilidad de haber estudiado, de entrar en un mundo, de llegar a un lugar al que para muchos fue imposible acceder.

En la cena, te sientas con los chicos de la Mano Robada. Parece una boda. Mientras cenas, sigues el partido del mundial por Twitter. No das crédito a lo que lees. España pierde por goleada. En ese momento, ni te importa. Lo que vives es más importante. Bailas dejando los brazos flojos. Bebes todo lo que hay que beber. Te sientes al mismo tiempo padre y alumno. Salís del hotel y seguís algo más la noche. A las seis llegáis a la casa. No te puedes levantar del sofá. Y te quedas a dormir en la habitación de D. Apenas duermes. Pero percibes la felicidad.

SÁBADO 14 / Extraño

Está todo silencioso. Los chicos están dormidos. Te quieres ir, pero no sabes cómo hacerlo. La puerta no cierra, y no quieres despertarlos. Al final sales lo más sigilosamente que puedes, pero intuyes que los despiertas a todos con el portazo. Desayunas en el Ipanema y vuelves a casa en moto. La cabeza te explota. El calor es sofocante. Te acuestas desnudo y pasas la tarde sesteando. Por la noche, ves Robocop, la nueva. Fue la primera película que viste en el cine. Esta versión es muy mala. Después, ves el Italia-Inglaterra y disfrutas con Pirlo. Un día extraño, hoy.

DOMINGO 15 / Real Murcia

Por la mañana comienzas a preparar el texto que tienes que escribir sobre arte y temporalidad. Encuentras un libro que dice todo lo que tú quisieras decir. Y no sabes si alegrarte o frustrarte. De todos modos, hoy estás inquieto por otras razones. No encuentras la manera ya de que llegue el partido del Murcia. Desde que te has levantado estás impaciente. Por la tarde, te pones la camiseta y la gorra y te vas para el campo temprano. Es emocionante ver la Nueva Condomina así. Pocas emociones mayores. Por un momento crees en la remontada. Te quedas afónico con el gol de Wellington Silva. Luego, llega la decepción. Pero al terminar el partido aplaudes, como todos. Ha sido una grandísima temporada. Se te saltan las lágrimas. Hay algo en el fútbol que está más allá de la razón, lo sabes.

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LUNES 16 / Escribes

Comienzas cuaderno nuevo. Es casi un ritual. Vas entrando en la última parte. Has pasado el ecuador de las ciento setenta páginas… poco a poco se va construyendo todo. Terminas de leer Los lanzallamas, de Rachel Kushner. No te ha gustado, casi lo acabas por compromiso. No ves al Bolaño que todos señalan como referencia por ningún lado. Por la noche, el último capítulo de Juego de Tronos. Te quedas con ganas de más. Te acuestas tarde escribiendo.

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MARTES 17 / No pensar

Por la mañana, reuniones en la universidad con varios doctorandos. Después, pones las actas, firmas papeles… burocracia otra vez. Se te va la mañana en eso. Por la tarde, tienes cita con el cirujano. Te operas la semana que viene. Ya estás nervioso. No es sólo la operación. Es el postoperatorio. Pero lo tienes decidido. Te quitas la piel sobrante de tu adelgazamiento. La llevas contigo demasiado tiempo. Pero no deberías haber visto los vídeos. Te atenaza el miedo. Prefieres no pensar. Sí, es mejor no hacerlo.

MIÉRCOLES 18 / La Roja no puede

Te levantas temprano y escribes. Tomas un café con J.M. para hablar de literatura. Aprendes. Te entran las ganas de seguir leyendo a Javier Marías. Te compras Todas las almas y comienzas a leerlo nada más llegar.

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Llegas tarde a la asamblea de la Asociación de críticos. Te has confundido. Demasiadas cosas. Ya no sabes cómo llevas la cabeza sobre los hombros. A la vuelta de la reunión, ves el partido de “la roja”. Ridículo máximo. Pero no sufres; una preocupación menos. Aunque esa no es manera de caer. Una cosa no quita la otra. Es tremendamente vergonzoso. Pero el deporte es así: todo se pierde de un día para otro.

JUEVES 19 / Fin de ciclo

Reunión temprano con M. Os hace una propuesta muy interesante para una exposición futura. Es signo de que algunas cosas parecen estar cambiando. Intentas terminar el texto sobre el tiempo en el arte contemporáneo. Quieres dejarlo terminado antes de la operación porque sabes que después te a ser difícil concentrarte para enviarlo. Mientras escribes, no puedes evitar poner la tele para ver la ceremonia de Proclamación y el desfile Real por las calles de Madrid. Parece todo fruto de una máquina del tiempo, como si el país hubiera retrocedido en la historia. Caballos, militares, rituales, el saludo real… todo demasiado ortopédico. Casi da algo de vergüenza ajena. Como quiera que sea, lo cierto es que hoy es un día histórico. Aunque sea sólo en la historia de un símbolo. Porque en el fondo todo sigue igual. En la escuela se estudia la historia de los reyes, la vida de las princesas, de los nobles…, pero quienes realmente cambian las cosas no suelen aparecer en los libros. La historia es mucho más que el cambio de muñeco.

Comes rápido y preparas la intervención para esta tarde en AB9. Presentas Alabanza, la última novela de Alberto Olmos, un escritor clave de la nueva narrativa española. Lo sigues desde hace ya mucho tiempo; has leído sus libros, sus blogs, sus críticas, has estado atento a las polémicas que ha suscitado, y te parece una figura imprescindible, como escritor y como dinamizador de la escena literaria, a muchos niveles. La novela que presenta hoy probablemente sea su libro más ambicioso. Como ya has dejado escrito aquí hace algunas semanas, te gustó. Crees que es mejor que Ejército enemigo, aunque a ti no te haya llegado tanto. Aun así, la novela tiene momentos grandiosos. Pocos autores en España escriben de sexo como Olmos. De sexo y de amor, de un amor frío, racionalizado, que recuerda por momentos a las emociones que se pueden encontrar en la obra de Houellebecq. Y también de literatura, del mundo literario, del proceso creativo, de cómo funcionan las cosas en la realidad. En el fondo, igual que el amor y el sexo, la creatividad literaria aparece aquí como fría, material, casi capitalizada, alejada del mito del genio literario aislado del mundo. En esa visión de las cosas,Alabanza es brutal.


Quedas con él antes de la presentación. Con él, con A. y luego con L. Tomáis unas cervezas y habláis de literatura, de libros, de ventas, de polémicas; te gustaría estar la tarde entera hablando con él. A las ocho es la presentación. Se llena. Y todo sale bien, mejor incluso de lo que esperabas. Muy fluido, preguntas y respuestas brillantes. Tienes la sensación de que también podríais estar hablando –escuchando, mejor– toda la noche. Pero a las nueve y veinte tienes que cortar. Ya llegas tarde a otro acto literario que tienes esta noche: la presentación de la editorial La Fea Burguesía


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Sales corriendo con G. hacia el MUBAM y encuentras ya el patio repleto. Hablan los editores, habla A., y luego habláis algunos de los autores de uno de los libros que han publicado, La montaña azul, una colección de cuentos en los que hay una serie de escritores murcianos contemporáneos. Para ti es un honor estar en ese libro, rodeado de grandes escritores a los que admiras. Y eso es lo que dices cuando hablas frente al público, mientras te ciegan los focos y tienes que agacharte un poco para llegar al micrófono y que se te oiga con propiedad. Dices eso, que es un placer estar en ese libro y sobre todo que es una alegría muy grande que surja una editorial así. Una editorial que muestra que lo que ocurre en Murcia con la literatura ya no es normal; es una pasión tan grande que en ocasiones comienza a ser casi siniestra. Autores, lectores y editores. La coyuntura, la literaria, no puede ser mejor; a pesar de que ahora sean necesarios muchos esfuerzos para mover las cosas. Y que montar una editorial sea casi algo suicida tal y como está todo. Por eso deseas que la editorial persevere, que siga con la ilusión con la que ha comenzado, y contribuya a visibilizar la literatura murciana y al mismo tiempo a ser visible como literatura en otros contextos.

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Cuando acaba el acto, firmas la página de tu relato en el ejemplar de algunos lectores que se te acercan. Mientras, hablas con A. y le dices que este verano seguirás escribiendo este Presente continuo. Saludas a más amigos, te das cuenta de que se te ha hecho algo tarde y sales a buscar a la gente que ha ido a la presentación de Alabanza. Logras encontrarlos después de varias llamadas perdidas. Hablan de literatura; están explorando los mejores libros del año. La conversación sigue en el Perro Azul con unos gintonics. Y, después, en Bizz’art. Poco a poco vais perdiendo efectivos y a las tres ya solo quedáis A., L., A. y tú. Subís a la sala al lado del DJ y os encontráis con R. y más amigos. Te das cuenta de que la cabeza comienza a dolerte de tanto beber. Cuando cierran, continuáis para tomar la última en el Musik. Queréis que A. vea cómo puede haber un bar en la plaza de toros. Allí te encuentras con más gente. A. y L. no tardan mucho en retirarse. Es ya tarde, pero tú te quedas hasta que cierran. Después, intentáis que os abran la puerta en La vie en rose, pero es imposible. Os juntáis varios como en expedición buscando un último sitio. Y N. os lleva al Paquiqui. Una última cerveza mientras jugáis al “yo nunca”. Confiesas secretos y eres consciente de que al día siguiente te arrepentirás. Encienden las luces. Miras el reloj y son más de las siete. Está de día. Muy de día. Al salir sabes que esta va a ser la última vez en mucho tiempo. Fin de ciclo. Absolutamente. En breve comienzas otra vida; calmada, recluida, monástica. Regresas a casa pensando en ese cambio. Intentas meter la llave en la cerradura y abrir pensando en ese cambio. Te quitas la ropa como puedes pensando en ese cambio. Te tiras sobre la cama medio desnudo pensando en ese cambio. Te duermes… cambiando.

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16/6/14

Presente continuo (Semana del 6 al 12 de junio)

[Diario personal publicado cada domingo en La Opinión de Murcia]

VIERNES 6 / La burocracia infinita

Reunión de departamento, temprano. Hay que cambiar de lugar las competencias, los objetivos y las capacidades para las nuevas fichas de materia que solicita la ANECA. Pura burocracia que no sirve absolutamente para nada. Has llegado a pensar que si realmente hicieras caso a todos los papeleos y siguieras todas las indicaciones tal y como aparecen en las normativas, no podrías escribir, ni investigar, ni siquiera preparar clases y emplearías todos y cada uno de los minutos del día en rellenar papeles. Los procedimientos, las guías, las programaciones, las estimaciones, las competencias y los objetivos han sustituido a la realidad. El mapa ya es mayor que el territorio. Está en el límite de lo grotesco. La cosa da para un cuento, como poco, la historia de un profesor que no puede dar clase porque está rellenando papeles sobre cómo plantear la enseñanza y que no puede investigar porque escribe informes sobre procesos, objetivos e hipótesis. No es exagerado. Llegará. La burocracia infinita. Quizá todo tenga que ver con la idea de tener entretenida a la gente, convertirla en obreros de la administración, no dejar espacio ni tiempo para el pensamiento. Es, sin duda, la castración de la universidad, su conversión en una fábrica informatizada. Y lo sorprendente es que nadie se haya plantado frente a los burócratas. Se asume todo con resignación. La culpa, en el fondo, es de los que no resisten y asumen todo como si fuera un mandato divino.

En la reunión se te va prácticamente la mañana. Por la tarde quieres escribir un poco, pero apenas tienes tiempo intentando rellenar los papeles para una instancia. Por la noche, sales a cenar con R. y después veis la última entrega de los X-Men. Da lo que promete. Es entretenida. No pides más. Pasas un buen rato. Después de tanto pensar, viene bien simplemente entretenerte y dejar la mente en blanco. Aunque no puedes hacerlo del todo. Y observas los modos en los que en la película aparece lo vintage, lo pasado de moda que sin embargo es moderno, una especie de retromodernidad llena de inventos y artilugios posibles. El mismo título de la película Días del futuro pasado, habla de ese tiempo pasado en el que el futuro ya estaba. Lo que más te sorprende en estas maneras de imaginar un futuro-pasado es la pulsión de visualidad que aparece en varios momentos de la película, especialmente cuando la aparición pública de los X-Men se llena de cámaras de todo tipo. El super-8 emula lo que hoy serían los móviles, grabando todo lo que ocurre en la calle. Es la ingenuidad de intentar proyectar regímenes de experiencia contemporáneos –esa pulsión de imagen, de cartografiarlo todo– al pasado.

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SÁBADO 7 / Transtropicalia

No has sabido decir que no a las Fru-Fru y has aceptado dar una pooltalk en el festival Transtropicalia, un evento secreto que promete doce horas de música y convivencia en armonía. A las once y media sale el autobús y aún no sabes dónde será. Una casa de campo, dicen, pero de momento no revelan el lugar. Nada más llegar al autobús te das cuenta de que te has pasado de moderno. No acabas de pillarle el punto a las tribus. Te sobra el sombrero y las zapatillas rojas. La camisa pseudohawaiana es lo único que se puede mantener. El ambiente es menos hipster de lo que pensabas. Y se nota a la legua que vas disfrazado. Demasiado postureo esta vez el tuyo.

Llegáis a la casa después de varias confusiones. Está junto al aeropuerto. Nunca has estado tan cerca de la pista de despegue. Has viajado con M., y afortunadamente también está I. y varios amigos más. Respiras aliviado. No sabías lo que te ibas a encontrar. La iniciativa es muy interesante. Y desde luego el buen rollo impera desde el principio. Conciertos, comida natural, bebida, buen ambiente.Te toca hablar a media tarde. Tienes que hacerlo junto a la piscina mientras los demás miran con cierta curiosidad. No sabes si es el mejor sitio para contarles un rollo sobre cómo escribes y cómo planteas tu trabajo. Así que, tras presentarte muy brevemente, decides que lo mejor es leer unos cuentos. Y con los pies desnudos en la piscina, el micrófono en una mano y el móvil –en el que tienes los textos– en la otra, lees unos relatos inéditos.  Imaginas la escena desde fuera y no sabes si quieres pensar en ella. A media lectura te da un calambrazo en el micro y estás por soltarlo. Pero sigues. Todo sea por la literatura. Al final la cosa sale aceptable. A partir de ese momento ya te relajas y disfrutas del festival. En la radio, escuchas al Murcia ganar al Castilla y saltas de alegría. Quizá no es el contexto, pero te da igual. Cuando se hace de noche, después del último concierto, ya estás cansado. Todo se va apagando poco a poco. Pero ha merecido la pena. Gran experiencia. Otra más para tu catálogo.

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DOMINGO 8 / Dormitar

Todo el día dormitas. Te levantas, te acuestas, lees, ves la tele. No haces nada. Domingo perdido. Por la noche, ves el último capítulo de Les revenants. Se queda todo sin resolver. Aun así, el ambiente, la elegancia, el modo de narrar, la atmósfera… te hace decir que es una gran serie, uno de los descubrimientos de este año. Antes de dormir, continuas leyendo Los lanzallamas, la novela de Rachel Kushner que han traducido hace poco. Supuestamente te tendría que gustar –presenta el ambiente del mundo del arte norteamericano en los setenta– pero no sabes para dónde va, no avanza y se atraganta por momentos. 

LUNES 9 / Posesión

No te acuerdas de que hoy es fiesta, el día de la Región, y te levantas temprano para trabajar. Comienzas a retomar la novela. Te cuesta meterte dentro tras varias semanas de parón, pero al final lo consigues. Relees algunos capítulos y vuelves a sentir el tono y la historia. Te tienes que acostumbrar de nuevo a habitar ese mundo, a escuchar a los personajes, a sentir sus miedos y sus deseos. Tienes que esperar a que el virus de la historia te vuelva a poseer.

Por la tarde, en un descanso, ves el penúltimo capítulo de Juego de Tronos. Demasiado muro, hoy. Mucha batalla. Por la noche, vuelves a la novela. Y sigues entrando en ella. Te acuestas con la sensación de haber recorrido ya todas las habitaciones de ese edificio. Al día siguiente podrás comenzar a escribir. 

MARTES 10 / Treinta y siete

Hoy es tu cumpleaños. Treinta y siete. Has soñado con tu madre. Casi siempre te ocurre. Cerca de algún evento. Ella era la primera que te felicitaba. Hoy ha sido R. Y luego están tus amigos de Facebook, que también te felicitan. Percibes allí cierto afecto. La amistad digital no es como la corporal, es cierto, pero no por eso deja de ser amistad. Por supuesto, no todos los amigos de Facebook son amigos, pero muchos sí; muchos son tan cercanos que se han convertido en personas importantes para ti. Por eso te alegran sus comentarios, porque no son meros avatares; sientes que debajo de la foto de perfil hay un amigo, o algo muy parecido.

Treinta y siete. No te has parado a pensar esta vez en lo que significa cumplir esos años. Con suerte, estás en la mitad de la vida. Con mala suerte, ya llevas un buen trecho. Por un lado, piensas que aún te faltan muchísimas cosas por hacer; estás lleno de proyectos, de cosas por terminar, por vivir, por experimentar… de hecho, para algunos aún eres joven –como escritor, por ejemplo, todavía eres “promesa”–. Pero por el otro, piensas que en treinta y siete años ya has experimentado muchas cosas. Si ahora mismo ocurriese algún desastre no te irías con la sensación de haber desaprovechado el tiempo. Has vivido, sigues haciéndolo, con intensidad, intentando aprovechar cada momento, cada oportunidad. Has sido feliz, has sabido apreciar los regalos que te ha dado la vida. Tampoco puedes pedir mucho más.

Pasas la mañana en Filosofía en revisión de exámenes. Casi nadie viene. Has sido benevolente. Luego J. te ha hecho la comida. Ella es como tu segunda madre. La vecina que casi te adoptó de pequeño. Vas a visitarla mucho menos de lo que ella querría; siempre estás demasiado ocupado. Esta es de las cosas que más te echas en cara a ti mismo, que a veces descuidas a los que tienes cerca, lo sabes, es tu mayor defecto. Te ha hecho pan de Calatrava  Por alguna razón ella cree que es tu plato favorito y no sabes cómo decirle que no está en lo cierto. Así que te lo llevas a casa y te lo comes. Hay en él tanto cariño que al final acaba gustándote.

Por la tarde, escribes. Comienzas ya a escribir a ordenador la novela. Hay momentos en los que pasas a limpio las ideas y otros en los que escribes directamente. Empiezas a sentir que poco a poco se va cumpliendo el calendario ideal que habías ideado. 

MIÉRCOLES 11 / Escribir

Pasas toda la mañana escribiendo. Ahora sí que ves cómo fluye la narración. Vuelves a escribir a mano. Y ahora combinas, por escenas y capítulos. Primero, a mano, con el ordenador y móvil apagado, con las persianas bajadas, casi como si entraras en trance. Y después, inmediatamente, lo pasas a limpio. Ves avanzar más claramente la novela. Pasas la mañana entera escribiendo. Sales a correr un poco antes de comer. Pero hace demasiado calor y regresas casi mareado.En los descansos de escritura retomas la lectura de Furores íntimos, de Charlotte Roche. Lo habías abandonado hace algún tiempo, pero ahora te das cuenta de que uno de los temas por los que transita tu novela, el sexo y el amor más allá de las relaciones tradicionales, está muy bien trabajado por Roche. Te gusta la crudeza con la que retrata la vida sexual, lo bajo y lo abyecto.Por la tarde, grabas el audio de un corto que hacen sobre tus microrrelatos y, después, asistes brevemente a una reunión de la Asociación de Críticos. Regresas pronto para ver el Córdoba-Murcia. Empate a cero. Todo se juega el domingo. Hay esperanza. Tras el partido, vuelves a escribir. Te acuestas bastante tarde y no puedes dormir. Las historias te dan vueltas. Estás ya absolutamente poseído por la escritura. 

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JUEVES 12 / Expectación

Te levantas temprano y comienzas a escribir. Das varias vueltas porque no tienes muy claro cómo afrontar este capítulo. Es el fin de la cuarta parte de la novela y, aunque intuyes la escena, no sabes cómo plantearla. Sin embargo, como por arte de magia, cuando comienzas a escribir, las palabras salen. Es magia, sin duda.

Desde el principio, hoy percibes que algo muy bueno está a punto de suceder. No sabes lo que es. Al final no ocurre nada especial, pero sigues percibiendo que algo va a cambiar de modo inminente. Y en ese estado, todo lo que ocurre a tu alrededor lo interpretas como signo. Así pasas el día: vienen a medirte las ventanas para ponerte mosquiteras, bajas a la tienda a comprarte unas zapatillas de estar por casa, contestas mails, corriges trabajos de fin de grado, tienes un sexo fabuloso antes de dormir la siesta, recibes mails, llega el mensajero y trae el nuevo descodificador de televisión, lo instalas como puedes, escribes algo más, planificas, escribes una reseña que tenías pendiente, te haces un sándwich, comienza el Mundial de fútbol, a Croacia le roban el partido, adaptas la ficha de materia de master y la mandas de vuelta, y cuando es más de medianoche comienzas a escribir este presente continuo. Y nada ha sucedido. Aún. O quizá es que lo que tenía que suceder precisamente era todo esto: la cotidianidad se ha convertido en el terreno de lo extraordinario.

 

15/6/14

Presente continuo (Semana del 30 de mayo al 5 de junio)

VIERNES 30 / Feria del Libro

El tren sale temprano camino de Madrid. La Feria del libro. Te acompaña L. Este año no vas a firmar, pero es una buena ocasión para saludar amigos, concertar reuniones, ver novedades, comprar libros y, por qué no, disfrutar un poco. Durante el trayecto, escribes el “Presente continuo”. Lo acabas justo al llegar a Atocha, como si todo hubiera estado calculado de antemano. Dejáis las cosas en el hotel y coméis en un vietnamita absolutamente delicioso. Sin apenas tiempo para descansar, salís para la feria del libro a ver las casetas y hacerte una idea de lo que hay. Nada más poner los pies en el Retiro, te entran los nervios y te tienes que dominar. Demasiados libros. Hoy no compras; lo dejas para mañana. Vas saludando amigos. El año pasado no conocías a nadie. Este es diferente. Pasas por delante de la caseta de Anagrama y te quedas allí un rato. Están allí J. y L., aguantando el calor y hablando con los lectores que se acercan. No los puedes admirar más. A esa hora firma M., cuya literatura te interesa especialmente. Habláis de viajes, proyectos, de idas y venidas… y en un momento de la conversación escuchas la voz de tu editor: “a ver si dejas ya de viajar y acabas de una vez la puta novela”. Nada en el mundo te alegra más que esa frase.

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Después, pasáis por la entrega del Premio Alfaguara. Esta fue tu primera entrada al mundo literario en Madrid. Estaban todos los escritores. No podías parar de mirar de un lugar a otro. Mira, Pron, mira, Neuman, mira, Olmos, mira, Rosa Montero, mira… Estabas como un niño con un juguete nuevo, en el país de los escritores. Este año la sorpresa es menor, lo has normalizado, pero aun así te gusta ese momento. Todo el mundo dice que ya está cansado de la vida literaria, que siempre es lo mismo, las mismas caras, las mismas inquinas… pero a ti, que vienes de Murcia como quien llega desde provincias a Madrid, todo te parece fascinante.

En la entrega del premio todos parecen atender, pero intuyes por sus miradas que, en el fondo, lo único que esperan es el cóctel. La gente tuerce la cabeza, busca, mira de un lugar a otro, ansían ya que acabe el premiado de hablar para tomarse un vino, para hablar, saludar y contactar. Por un momento te gustaría hacer antropología del evento, pero te das cuenta de que aún te es imposible; lo habitas con tal fascinación que el distanciamiento total no puede producirse. Al menos de momento.Hace un año fue el descubrimiento. Ahora es el reencuentro. Te vuelves a ver con J., con A., con E. y N., con M., con tantos que las iniciales se acaban. Es curioso cómo en un año han cambiado tanto las cosas y comienzas poco a poco a familiarizarte con un mundo que te era absolutamente extraño. Entre canapés y copas se pasa la tarde y parte de la noche. El año pasado te emborrachaste ahí. Este aún no. A las once alguien dice que la verdadera fiesta es la de El Cultural, pero que está muy lejos. No importa: tres taxis. L. se emociona pensando que encontrará allí a Manuel Jabois y podrá cantarle el himno de la décima que lleva todo el día tarareando y que tú ya no puedes sacarte de la cabeza. Llegáis a la otra punta de Madrid y ya queda poca gente. Pero hay bebida gratis y, además, excepcional. Allí de nuevo ves a escritores, agentes, críticos y editores. Sois los últimos en dejar el local. Un pequeño grupo de resistencia que se queda hasta el final y que encuentra incluso el modo de abrir las cervezas cuando se han llevado hasta el abridor.

Al salir a la calle os dais cuenta de que hace un frío tremendo –para ser casi verano, claro–. J. propone que vayáis al Wurli. Y lo acompañáis. Está al lado de tu hotel, así que te viene perfecto. Allí continuáis un buen rato. L. se va a dormir y tú te quedas un momento más. Al final decides regresar a la habitación. El día siguiente es largo.

SÁBADO 31 / Un buen chico

Despiertas con resaca, aunque menos de la cuenta. A las nueve ya está L. con el móvil encendido y no puedes seguir durmiendo. Se ducha y no deja de cantar el himno de la décima. Ahora no, piensas. Volvéis a la Feria del libro y os paseáis por las casetas. Hoy sí que no dejas de comprar, sobre todo editoriales que difícilmente encuentras en Murcia. Es demasiado para ti. Lo comprarías todo. Y lo que es peor, lo leerías todo. Pero tienes que discriminar y dominarte. La bestia lectora que te habita quiere salir pero tú no la dejas. Aun así cargas con bastante mercancía para el verano.

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A medio día, picnic en el Retiro con los autores de tu agencia literaria. V. ha pensado que es una buena idea reuniros a todos los que estáis por aquí y ha acertado de pleno. La conversación fluye y prometéis repetir en otro momento. Acabáis ya por la tarde y con demasiadas copas de vino. A las nueve tienes cena de la editorial y, sin tiempo para volver al hotel a cambiarte, decides quedarte en la feria con N. y enlazar directamente. Sigues viendo casetas y parándote ahora con autores que están firmando y con editores. Y sigues comprando. Y cuando tu cabeza y tu cuerpo no aguantan mucho más, os sentáis un rato a tomar una cerveza y continuáis hablando de literatura. N. también lo ha leído todo. Y tiene un criterio literario muy preciso. Estás deseando leer su novela. Es ella la que ahora te dice que se te ha hecho tarde y tienes que salir corriendo para la cena.

La cena es un ático. El año pasado estabas tremendamente nervioso. Era la primera vez. No sabías qué ponerte, cómo actuar, qué decir… Este año estás más relajado. Pero aun así te sorprende estar en el mismo lugar que muchos de los escritores que admiras. Por momentos te pellizcas para ser consciente de que no estás soñando. Esta vez hablas con naturalidad y tranquilo con ellos, con tu editor, con todos los invitados a la cena. Y te sientes enseguida a gusto. En un momento de la cena, mientras hablas con M.C., alguien cae al suelo. Un médico, escuchas decir a J. Es L., parece que le ha dado una lipotimia. Demasiado calor. Se levanta enseguida. Está bien, pero el susto ya no se os va en toda la noche. Durante el tiempo que estaba en el suelo se te ha pasado todo por la cabeza. Después, la cena continúa. Al salir de allí, tu editor se despide con un “trabaja, trabaja”. Y regresas contento con esa presión.

Con varios escritores de la editorial llegas a la fiesta del grupo Contexto. El año pasado aquello fue tu bautismo de fuego. Este año está menos animado. Bastante menos. De hecho, estáis los de siempre. Eres consciente de que en cuatro fiestas manejas el concepto de “los de siempre”, aunque para ti “los de siempre” en realidad sean los de las cuatro veces que has estado.

Cuando cierran el bar, J. dirige una vez más la expedición y os metéis en un garito que supuestamente está ya cerrado y que os abre para poder entrar. Es el mismo sitio del año pasado. Allí estuviste con A. y fue una noche maravillosa. Esta vez es diferente, pero también es muy agradable. Se ha venido L., otro L., cuyos libros y artículos admiras y con el que hablas parte de la noche. Está también N., y J., que no se cansa jamás. Al final, cierran incluso ese bar y cuando sales el sol te quema los ojos.Se han ido todos. Quedáis N., J. y tú. Y decidís hacer la machada de seguir. Esto ya es vicio, piensas. J. dice que ayer perdió su chupa en un after y os conduce hacia allí. Cuando lleváis un largo trecho de camino te das cuenta de que te estás orinando y no tienes aguante. Tendrías que haberlo hecho antes de salir. Un minuto, aguanta un minuto que llegamos, dice J. Pero al llegar te encuentras el after tomado por la policía. No se puede entrar, dice alguien que sale de allí con cara de pocos amigos. Bueno, se acaba la noche, dices tú. No, esperamos aquí; yo no me voy sin mi chupa, reclama J. Tú no aguantas más, sientes que la vejiga está a punto de explotar y, después de esperar allí diez minutos, decides que ya es hora de regresar. N. te acompaña. Y no aguantas ni siquiera a llegar a alguna cafetería: tienes que orinar en una esquina. Crees que es la segunda vez que lo haces en toda tu vida. Pocas cosas en el mundo te parecen más cerdas. Pero es eso o hacértelo encima. Y no tienes opción. Las zapatillas rojas recién estrenadas se te llenan de salpicaduras. Miras hacia arriba. El sol brilla ya excesivamente. Hace bastante tiempo que se te pasó la borrachera. Son las ocho y media. Desayunas con N. Te despides. Y vuelves al hotel. Has sido un buen chico.

IMG_3904 DOMINGO 1 / Volver

A las once y media te despiertas. Apenas has dormido dos horas. Por alguna razón extraña, te sientes milagrosamente bien, aunque notas el pulso con fuerza en las sienes. La hamburguesa y las patatas del Home Burger te dan la vida. En el tren, dormitas todo el rato. Esta vez, ni siquiera necesitas música para aislarte. Sueñas que estás escribiendo. Quizá es lo que deseas. Regresas con esa pulsión en las entrañas. R. te recoge en la estación y al llegar, a pesar del cansancio, antes incluso de cenar, te recuperas milagrosamente junto a ella en la cama. Después, ves un episodio de Les revenants y te duermes feliz. La escritura te consume por dentro. LUNES 2  / Abdicar

Te levantas con fiebre y malestar. Es normal; el cuerpo se resiente. Anulas las citas que tenías esta mañana y empiezas a corregir los exámenes de Filosofía. A media mañana, salta la noticia: el Rey abdica. Enseguida las redes sociales se llenan de opiniones. Pero tú sabes que nada va a cambiar. Todo va a seguir en el mismo lugar. Es un cambio de muñeco, nada más. No eres monárquico. No crees que haya nadie superior al resto por el mero hecho de haber nacido de una familia concreta. La sangre azul no existe. La lógica racional dicta que el jefe de un estado se ha de elegir democráticamente, incluso cuando sea un jefe simbólico. Sin embargo, no te sientes representado en muchos de los movimientos que enseguida se producen para reclamar la república; sí en el fondo, no en las formas. Sobre todo no sientes que la bandera republicana y el espíritu del 36 sea la mejor manera de rescatar otros modelos u otros símbolos. Está cargada de demasiada historia; es un símbolo preñado de significados que aluden a momentos de confrontación. Y quizá ahora sea un fallo estratégico enarbolarla para conseguir una república. Un referéndum sería necesario. Como serían necesarias tantas cosas en este país. Aunque eso al final iba a cambiar demasiado poco. Piensas en monarquías que uno pone como modelo: piensas en Holanda, piensas en Dinamarca, piensas en Suecia… países donde te gustaría vivir. Luego piensas en repúblicas como Italia. No sólo es el sistema –que por supuesto, quisieras que fuera una república–;hay algo más que hace de este país el fracaso que es: la gente; nosotros. MARTES 3 / Percepción

Temprano, tienes revisión de exámenes. Son pocos los que vienen, pero sí alguno. También tutoría de tesis y de trabajos de fin de grado y máster. Se nota el fin de curso. Burocracia sin fin. Por la tarde, inauguración en Art Nueve. Las obras de Gil Antonio Munuera son pura sutileza. Sigues su pintura desde un principio. Es elegante, misteriosa, y despliega un sentido de la percepción como algo no evidente, escondido y secreto. Las cosas no son lo que parecen. Hay mucho más allá de lo que vemos. Y lo que vemos nunca es tal y como lo imaginamos. La pintura nos enseña a ver, o al menos nos muestra modelos de percepción diferentes a los que estamos acostumbrados. MIÉRCOLES 4 / Estética relacional

Acabas la corrección y pones las notas. Entre que la herramienta virtual se queda colgada y que tú no sabes manejarla del todo, se te va más de medio día en el proceso. Acabas justo para la cena de Olla Gitana en Verónicas. El proyecto te interesa: muestra la producción de conocimiento y el surgimiento de ideas en torno a una mesa. El banquete como modelo de interacción. Planteas, como relator, el tema del fin. Las cosas acaban, las obras se acaban, los seres humanos son finitos, la mesa parece la de la Última cena… el tema del fin te parece pertinente. Y así comenzáis. Volvéis a él de vez en cuando. Pero habláis de todo un poco. De literatura, de cine, de música, de arte, de política e incluso de fútbol. Cerráis con la idea del héroe trágico y el cabezazo de Zidane a Materazzi. Una buena manera de acabar. Después, la noche sigue un poco más y os tomáis unas copas en El Perro Azul. Siguen la conversaciones y las ideas. Muchos no os conocíais de antes, pero se han creado sinergias, afinidades y afectos. Al final la Olla Gitana ha tenido su sentido: pura estética relacional.

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JUEVES 5 / Escribe

Revisión de exámenes por la mañana y por la tarde. Mientras, haces las fichas de las asignaturas de grado. Te das cuenta de que vives en Sakai y en la página web de la universidad. Terminas todo, por fin. Falta apenas alguna cosa para que te puedas poner de nuevo, por fin, con la novela. Ya es hora. Lo necesitas. La escritura te devora y no aguanta un segundo más que la tengas retenida. Y sientes que comienza a salir por todos los poros de tu piel. Ahora. Cuando escribes estas palabras. En este preciso momento. Ya. Escribe.

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