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30/9/14

Presente continuo (semana del 19 al 25 de septiembre)

VIERNES 19 / Metáforas que abren mundos
Mañana de resaca. Dormitas toda la mañana dando vueltas de un lugar a otro y con la cabeza aún en la luna. Logras leer algo, aunque no llegas a concentrarte del todo. Por la tarde llevas a R. al tren. Se va a Madrid a ver una exposición y te quedas el fin de semana solo en casa. A la vuelta de la estación escribes el “Presente continuo” y lo entregas a última hora. Cenas lo primero que encuentras y ves la segunda parte de Nymphomaniac. Te parece, como la primera, burda, zafia y fallida. En todos los sentidos.

Antes de dormir, continúas con la lectura de Lo que a nadie le importa, de Sergio del Molino. Estás degustando el libro muy poco a poco, a pequeños sorbos, consciente de que se trata de una novela magistral, alta literatura, de las mejores cosas que has leído en tiempo. No cesas de subrayar. Cada frase es un mundo, cada metáfora abre un espacio para el pensamiento. Mientras lo lees te das cuenta de que jamás podrás escribir así, con esa lucidez y dominio del lenguaje, con esa potencia para crear imágenes que condensan experiencias. En el fondo, aunque no lo dices, lees el libro con una mezcla de admiración y desencanto. Admiración por ver algo extraordinario. Y desencanto por darte cuenta de que Sergio ya está a años luz del lugar al que tú puedes llegar. Su literatura muestra que hay cosas que son posibles y que tú sin embargo no sabes hacer, ni crees que puedas aprender. No acabas la lectura esa noche, sigues demorándola, como si no quisieras nunca que el libro se alejase de ti. Por la noche, las frases se meten en tu sueño. Te despiertas varias veces y una de ellas no sabes ni siquiera dónde estás.


SÁBADO 20 / Día completo
Te levantas temprano y sales a correr en ayunas. Sabes lo que le vas a meter al cuerpo y quieres hacerle sitio. Con L. y tus hermanos almorzáis en El Yeguas. El plato de morcillas, magra y morro es tremendo. Las morcillas están deliciosas. Como todo lo demás. Salís de allí cerca de las dos del mediodía, absolutamente doblados. Como podéis, llegáis el restaurante hindú de la plaza del Rescate e intentáis culminar allí la gesta. L. pide el plato más picante de todos. La camarera os mira raro y dice que ella eso no lo puede tomar. Durante unos minutos ni siquiera podéis hablar. Los ojos se te llenan de lágrimas y dejas de sentir la lengua. Pasarán varias horas hasta que la recuperes del todo.
Después de dormir un poco y hacer malabares para salir del pueblo entre el desfile de carrozas, te encuentras de con L. y M. y os dais una vuelta por Pérez Casas. Nada más llegar te das cuenta de que no vas vestido con propiedad. Tu look hipster guarro no pega de ninguna de las maneras. Os tropezáis con J. y P., que están de despedida, y se unen a vosotros. Cenáis un poco y seguís bebiendo. A las once y media pasáis por el cumpleaños de M. y ves allí a varios exalumnos que se han convertido en amigos. Intentas mantener el tipo pero ya no puedes seguir bebiendo. Estás tan cansado y has comido tanto a lo largo del día que ya ni siquiera estás borracho. A las tres y media, mucho antes de lo que esperabas, tu cuerpo te lleva al lugar en el que habitan los sueños, tu cama. Ha sido un día completo. De eso no cabe duda.

DOMINGO 21 / Pleno
Despiertas resacoso con un pasacalles a las nueve de la mañana. El pueblo sigue en fiestas y aquí no se respeta nada. La calle se llena de gente haciendo la ruta de la tapa y ya no puedes volver a dormirte. Te levantas y lees los periódicos mientras desayunas. Extrañamente no te duele la cabeza. Así que estás lúcido para contestar mails y continuar la escritura del texto sobre la obra de Prudencio Irazábal que tienes que entregar cuanto antes.

A mediodía ni comes. Tu estómago parece estar en huelga. Por la tarde recoges a R. del tren. Te gusta que te cuente el viaje. Te resulta curioso estar en el otro lado. Al llegar a casa, el cansancio desaparece durante un tiempo y el deseo hace acto de presencia. Sudas tanto que tienes que ducharte dos veces.


Por la noche veis el último capítulo de Extant. Fin de temporada. No puedes explicar las razones por las que te gusta esta serie, pero ha logrado convencerte y meterte dentro del juego. 
Antes de dormir, de nuevo surge el deseo. Tienes que dejar el libro sobre la mesilla y posponer la lectura. Duermes feliz, pleno, relajado, como si se hubiera dado fin a una semana memorable.

LUNES 22 / Buenos propósitos
Te levantas descansado y con ganas de hacer cosas. Dedicas la mañana a la novela y adelantas bastante, más de lo que habías previsto. Llevas a R. al médico en la moto y a la vuelta nos os pilla la tormenta por menos de un minuto. Aparcáis, y justo en ese momento comienza la lluvia torrencial. Mientras llueve, vas al gimnasio. Está lleno. A rebosar. Septiembre y principios de semana. Demasiados buenos propósitos. Cuando vuelves sigue lloviendo y comienzan los truenos. Apagas el ordenador, todavía crees que puede caer un rayo y romperlo todo si sigues trabajando. Así que te metes en la cama y lees un rato. Después te levantas y continúas la escritura del texto de Irazábal hasta la madrugada. Lo acabas. Es más extenso de lo que habías imaginado. Justo antes de dormir, accedes a un presente alterno y te excitas leyéndolo.

MARTES 23 / Belleza blanda
Escribes desde temprano. Decides poner imágenes en la novela. Lo habías barajado en varias ocasiones pero hasta ahora no lo habías tenido tan claro. A mediodía vas a la radio a hablar sobre la belleza de las mollas. Apenas hay tiempo para decir nada. Y dejas muchas cosas en el tintero. Querías decir, por ejemplo, que te encanta lo blando, que te pierde, que gusta morder y lamer la parte interior del muslo, las carne de las caderas, los mofletes, el antebrazo, la barriga, las nalgas, los pechos y los pezones. Y, por supuesto, la molla suprema. Tu madre llamaba así al órgano femenino, “la mollica”, “el repisco”. Te encanta pellizcarlo, asirlo, apresarlo. Te gusta hundir tus dedos en la carne, crear claroscuros en la piel como en El rapto de Proserpina de Bernini. Te cautivan las curvas, te fascina que el cuerpo de la mujer sea un lugar para perderse como quien se de adentra en un océano inmenso cuyo fin nunca puede conocer. Un cuerpo infinito, lleno de recovecos para guarecerse, un mundo para habitar toda la eternidad. Quizá sea un recuerdo de la infancia, de la plenitud de la madre, de aquel cuerpo que lo era todo y en el que uno estaba a salvo de cualquier peligro. Quizá sea esto, sí, quizá por eso para ti el cuerpo de la persona que amas es un refugio, un abrigo blando, suave, esponjoso, dúctil y maleable.

MIÉRCOLES 24 / Acontecimiento
En ayunas vas al gimnasio. Creías que no ibas a encontrar a nadie a las siete y media pero está repleto. A las nueve ya lo tienes todo hecho y llegas a clase pletórico, con la moral por las nubes. Acabas la introducción a la disciplina con una especie de arenga contra la Historia del Arte tradicional y en defensa de una Historia del Arte crítica y posicionada, realizada desde el presente, en constante movimiento, más allá de lo disciplinar y lo supuestamente científico. La Historia del Arte como narración afectiva. Un acontecimiento en el presente.

Después, tienes la mañana llena de reuniones con doctorandos que te piden consejo para organizar el trabajo. De nuevo, confían demasiado en tu criterio. Conforme avanza el día, comienza a llegar el cansancio y el cuerpo empieza poco a poco a apagarse. La tarde con E. pasa en un suspiro. El tiempo se vuelve a expandir. Allí eres otro tú, un tú diferente, aunque no ajeno, un tú del otro que, sin embargo, sigue siendo tú. Eres más consciente que nunca de que los sujetos son seres múltiples y la autenticidad es una construcción. Lo que sucede es auténtico en la medida en que sucede, en que está ocurriendo. Buscar debajo de eso una verdad absoluta no tiene sentido. Lo único que importa es que las cosas suceden. Ésa es la única verdad innegable, la del acontecimiento irrepetible que tiene lugar en el presente.


JUEVES 25 / Esbozos
Por la mañana escribes. Has comenzado la tercera parte de la novela y tienes que volver a escribir unas páginas para completar algo cuya forma no te gusta del todo. Decides volver al cuaderno y la pluma. Es curioso, en ocasiones te sale todo directamente frente al ordenador, y otras veces tienes que esbozar y escribir a mano. Te das cuenta de que el cuaderno, en este estado de la novela, se ha quedado para arranques de escritura. Bosquejos, frases, búsquedas del tono preciso hasta que saltas al ordenador. Si alguien llegase a mirar esos cuadernos en el futuro se daría cuenta de que esas páginas son en el fondo trampolines para el salto, afinadores de tonos de escritura, pequeños fracasos, espacios de transición.


Por la tarde asistes a la inauguración de la exposición de Prudencio Irazábal en Art Nueve.  Es uno de los pintores que más admiras. Estás familiarizado con su obra, no sólo porque hayas escrito sobre ella, sino porque su concepción de la pintura, como un proceso de descubrimiento y como una plataforma de relación, se encuentra muy cerca de tu visión del arte. En la inauguración te encuentras de nuevo con amigos que hacía tiempo que no veías. Una vez más, todos hacen referencia a tu barba. Es excesiva, lo sabes. Has hecho la promesa mental de no recortártela hasta que acabes la novela. No sabes si vas a poder cumplirlo. Como tantas otras cosas. Vivir, en el fondo, es prometer cosas que nunca pueden ser cumplidas. Es intentar llegar a lugares imposibles. Es fracasar, una y otra vez. Aunque cada fracaso sea un pequeño logro, un paso adelante hacia otro fracaso mejor. Por supuesto, resuenan aquí las palabras de Beckett. Es su “fracasa otra vez, fracasa mejor”. Por alguno de esos fracasos, por alguno de esos presentes inesperados ante los cuales no sabemos muy bien qué hacer, merece la pena vivir, sentir, experimentar un ahora que ya jamás volverá a repetirse.

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22/9/14

Presente continuo (semana del 12 al 18 de septiembre)

VIERNES 12 / Espacios de libertad
Tribunal de fin de grado por la mañana. Tienes que evaluar un trabajo sobre las estrategias de la postpornografía contemporánea. La pantalla se llena de penes, vaginas y posturas imposibles. La sala está casi llena. Nadie mueve un músculo de la cara. Habláis y discutís sobre sexo, deseo, normalidad y hegemonía. Hay mil cosas que cambiarías de la universidad, es cierto, pero en días como este te das cuenta de que sigue siendo uno de los pocos espacios para la libertad y el conocimiento. Hay momentos en los que estás orgulloso de formar parte de ese lugar.
Acabas en Espinardo y bajas a Murcia a celebrar que L. ha leído el trabajo de fin de master y todo ha ido bien. De camino te encuentras a E. y se suma a la celebración. Poco a poco va uniéndose gente. Os sentáis en La cueva de la cerveza y pruebas por primera vez la Martin’s. Te enamora. Después de varias jarras, todo fluye. También las miradas cómplices y la conversación. A media tarde entráis en el Parlamento y os tomáis unos gin-tonics. No todos los días se lee un trabajo así. Allí llega más gente. Otros se van. Estáis en una nube. Flotáis. Se percibe en el ambiente.
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A las nueve recoges a R. con el tiempo justo para cenar un pastel de carne en la confitería y del pueblo y salir hacia el cine a ver El niño. El pastel te sabe a gloria, la película la sufres. Es pretenciosa y fallida. Luchas durante una hora y media para no quedarte dormido. Cuando llegas a casa caes rendido a la cama y todo te da vueltas.

SÁBADO 13 / Crecer
Escribes el “Presente continuo” por la mañana. Tenías que haberlo hecho ayer pero con la celebración no tuviste un minuto libre. No sabes cómo poner ciertas cosas. La escritura alegórica y codificada se hace cada vez más difícil.
Por la tarde quedas con J. y L. en el Parlamento a ver el partido. Pierde el Madrid. Cenáis rápidamente una hamburguesa, cogéis el autobús y llegáis al B-Side justo cuando acaba de comenzar la actuación de Love of Lesbian. Te cansan. Tú quieres escuchar a Dorian. Disfrutas del concierto tarareando casi todas las canciones. Volvéis en taxi a Murcia y ya están cerrándolo todo. Pedís una pizza casi más por ritual que por otra cosa y acabáis tirándola porque no tenéis hambre. Vuelves a casa andando y te encuentras amigos por la calle cada dos o tres esquinas. Todos te dicen algo sobre tu barba. Decides seguir dejándola crecer unas semanas más.
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DOMINGO 14 / Sudar
Te despierta por teléfono tu vecina J. temprano para decirte si quieres que te haga de comer. La cabeza te explota. Intentas volver a dormir. Y a la media hora un remolque lleno de altavoces se pone bajo tu ventana con la música haciendo temblar incluso los cristales. Son las fiestas del pueblo. El estruendo no se va en toda la mañana. Se te clava en las sienes.
Por la tarde sales a correr por el río hacia la ciudad. A mitad del recorrido te encuentras con la feria. Comienzas a cruzarla creyendo que encontrarás la posibilidad de salir por alguna esquina, pero enseguida te ves atrapado por una multitud de algodones de azúcar, tómbolas, niños con peluches y padres con carricoches, un gentío que apenas te deja moverte. Además, has salido sin gafas y ya no sabes si la gente te saluda, te mira mal o simplemente se pone allí para hacerte tropezar. Cuando consigues salir sientes una extraña liberación y corres como si huyeras de algo, buscando algún lugar para refugiarte de ese conato de pesadilla. Llegas a un espacio blanco. Sientes entonces el cuerpo sudado, el agua recorriendo la piel y las piernas temblorosas. Las imágenes tardan tiempo en desaparecer.

LUNES 15 / Cielo
Despiertas contento, con lágrimas en los ojos. Has soñado con tus padres. Tu padre estaba muerto pero no sabía cómo salir del lugar en el que se había perdido, como si estuviese vagando por una especie de limbo infinito. Tú llegabas para ayudarlo y encontrabas allí a tu madre. Recuerdas perfectamente tus palabras: “llévate al papá al cielo que no sabe que está muerto”. Después de intentar convencerlo de varias maneras, ella conseguía sacarlo del lugar en el que estaba varado y los se elevaban en una luz amarilla hacia las nubes, desapareciendo en la lejanía. Tú te quedabas mirándolos y comenzabas a llorar desconsolado. Y en ese momento escuchabas la voz de tu madre: “no te preocupes hijo, el cielo es maravilloso, están dando chocolate”. Entonces tus lágrimas dejaban de ser tristes y te sentías liberado, como si algo se hubiera cumplido. Has despertado feliz, pleno, rebosante de gozo. Es sólo un sueño, lo sabes, pero la sensación de bienestar no se va en todo el día. Además, si el cielo existe, probablemente estén dando chocolate y seguro que tu madre tendrá una taza en la mano.
Por la tarde continúas la escritura de la novela. Todo se ha ralentizado. Pero aun así consigues terminar la revisión de la segunda parte. Son cinco. Aún te queda camino por recorrer.

MARTES 16 / Llueve
Por la mañana vas al gimnasio. Hoy comienzas una nueva rutina de ejercicios y sientes que has metido más peso de la cuenta en las máquinas. Intuyes lo que va suceder al día siguiente. Por la tarde llueve. La Fuensanta ha obrado el milagro. Llueve de varias maneras. Y caen también varios muros. Por la noche comienzas a leer Lo que a nadie le importa. La escritura de Sergio del Molino te fascina desde la primera página. Está llamado a ser un grande de la literatura; no tienes la menor duda.
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MIÉRCOLES 17 / Agujetas
Te levantas con unas agujetas terribles. Apenas puedes mover los brazos. Te vistes como puedes y sales para la universidad. Hoy empieza todo. La asignatura. “Teoría de la Historia del Arte”. La presentas. Te gusta, aunque sabes que es árida. Textos, textos y textos.
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Tras la clase, tienes varias tutorías por la mañana. De nuevo, la gente confía en ti más de la cuenta. Si te conocieran realmente no lo harían. Después encuentras a E. y tomáis un café mientras habláis de distancias, respiraciones e imágenes. Comes con L. M. y J. y te quedas toda la tarde con L. en el Parlamento. Allí te llaman “profesor” y eso te gusta.
Llegas a casa reventado y después de cenar caes en la cama. A las dos horas te despiertas y te das cuenta de que no has terminado de preparar la clase del día siguiente. Te levantas y lo haces. Te acuestas a las cuatro de la madrugada y ya no eres capaz de conciliar el sueño.

JUEVES 18 / Escribir
Has dormido apenas dos horas. Las agujetas son tremendas.
En clase estás bastante espeso. Dos horas seguidas. Los ojos se te cierran. Tienes momentos de lucidez y momentos de cansancio extremo. Pones el atril como si fueras un cura o un político. Te gusta hablar de pie y apoyado. El dolor desaparece mientras estás frente a los estudiantes, pero todo vuelve al bajarte del estrado.
Después, sin dormir y al límite del dolor, regresas al gimnasio creyendo en la absurda leyenda urbana de que las agujetas se quitan volviendo a hacer ejercicio. Al acabar de hacerlo eres consciente de que te has equivocado y casi no puedes mover los brazos. En la siesta no paras de quejarte y gemir. Imaginas que los vecinos –sobre todo los que leen este presente continuo– pensarán que estás teniendo sexo salvaje. Pero esta vez no es así. Al menos no del todo. Te duelen hasta las pestañas.
Te levantas de la cama incluso con algo de fiebre y vas a la inauguración del ciclo de vídeo que organizas con 1er Escalón en AB9. Cuando estáis a punto de poner los vídeos, I. se da cuenta de que los ha dejado en casa. Falta media hora para la inauguración y sólo es posible llegar si vas en moto y a toda prisa. T. se sube en el asiento de atrás y te guía hasta el Espinardo. Llegáis justo a tiempo cometiendo todo tipo de infracciones y con el motor de la moto a punto de explotar. Luego, en la sala te encuentras con amigos que no veías desde el verano. Es grato, aunque todo te sigue doliendo. Afortunadamente, la cerveza contribuye a que las agujetas desaparezcan durante un momento. El alcohol es, como no podía ser de otro modo, el analgésico más eficaz. Después, una vez más, la noche se alarga.
Inventas cuentos, frases y poemas pero no los escribes, como el cuento de dos amantes que se respiran mutuamente y acaban convirtiéndose en aire. Lo piensas, lo dices, lo compartes, pero no lo escribes, al menos no en ese momento. Quizá algún día. Seguro. Algún día. Porque sientes que escribir es también demorar, esperar, dilatar la experiencia del presente y convertirla en literatura. Sentir es escribir. Pasear es escribir. Mirar es escribir. Recordar es escribir. Escribir una escritura posible, transformar la vida en obra de arte.

15/9/14

Presente continuo (Semana del 5 al 11 de septiembre)

VIERNES 5 / Reencuentro
Te cuesta trabajo abrir los ojos. Todo el cansancio del mundo ha caído sobre ti. Y ahora hay que volver a la normalidad. Vas por la mañana al gimnasio e intentas sacarte de encima alguno de los litros de cerveza que has bebido durante el viaje. Corres un poco en la cinta y sientes que el cuerpo te responde. La normalidad también llega a la biología.
Escribes el “Presente continuo” durante la siesta, lees un poco de La tía Julia y el escribidor y decides abandonar el libro. Lo pones junto al último de Pamuk. Quizá lo retomes más adelante. Por alguna razón, no tienes la paciencia suficiente para seguir.
Por la tarde llevas a R. al fisioterapeuta y, mientras está en la sesión, entras en la librería y compras La fiesta de la insignificancia, de Milan Kundera. Tiene pocas páginas y la letra muy grande. Eso te gusta. Sabes que es banal y prosaico fijarse sólo en la extensión. Pero ahora para ti el tamaño sí importa. No tienes en estos momentos la cabeza para demorarte demasiado tiempo en mundos ajenos. Ya volverán esos días. Los de ahora prefieres experimentarlos. Hay tantas cosas que tienen tu mente eclipsada que difícilmente te concentras en algo distinto al presente.
Cenáis con L. y M. en Murcia. Como siempre, la conversación es agradable y pasáis un rato muy a gusto. R. se resiente un poco del pie y la llevas a casa. Después, regresas a la ciudad y acompañas a L. y M. al Lemon Pop. Allí te encuentras con J. y con media Murcia. Escribes un tuit: “El Lemon  Pop es la vuelta al cole de los modernos”. Es un momento de música y reencuentro. En esta ocasión el reencuentro es real. Como dejaste Facebook a principios del verano, no sabías nada de la mayoría de amigos a los que saludas. No has visto las fotos de sus vacaciones, de sus libros, de las películas que han visto… Ese no saber te inquieta y al mismo tiempo te produce una nostalgia de los viejos tiempos, de esos en los que nadie sabía nada de nadie, en el que apenas conocías dos o tres cosas acerca de la gente con la que te encontrabas, esos tiempos en los que todos erais anónimos y desconocidos. Ahora ya nadie cuenta nada directamente. Tienen miedo de ser redundantes. No dicen “he ido de vacaciones a Madeira”, porque ya han colgado las fotos del viaje y si no las has visto te has perdido el momento en que esa experiencia fue compartida. Nadie ya cuenta nada en privado. Nadie repite al oído de los otros eso que ya han puesto en su estado de Facebook. Las experiencias ahora se recuerdan una sola vez, en público. Y nunca más.
En el festival querías escuchar sobre todo a The Pains of Being Pure at Heart. Su canciones han sido tu banda sonora durante la última semana y no te las sacas de encima. Sin embargo, en directo no llegan a emocionarte. Lo ves todo con distancia. De nuevo, estás fuera de la escena. Estás en otro lugar. En una luna que poco a poco comienza a situarse sobre la ciudad. Una luna que más tarde acompaña tu flânerie nocturna por las calles solitarias. Una luna que después se queda en tu retina incluso después de mil parpadeos.

SÁBADO 6 / Demasiados libros
Resaca importante. Dormitas por la mañana y mientras desayunas te ves desbordado por los suplementos culturales de los periódicos. Demasiados libros por leer. La réentrée te causa estrés y excitación.
Por la tarde, vuelves al gimnasio. Esta vez la carrera es corta. Los excesos de ayer te pasan factura. Con el cuerpo sudado y la cara roja, te encuentras con E. y habláis del viaje a Alemania. Y de Stoner. Y de lo que no está escrito.
Después, compras un kebab y te sabe a gloria. Ves un episodio de Extant y sigues fascinado con la serie. Antes de dormir, intentas leer algo pero se te cierran los ojos. El cuerpo también tiene sus límites.

DOMINGO 7 / Nostalgia
Comienzas hoy a escribir el texto sobre la pintura de Prudencio Irazábal. Es uno de los pintores que más te interesa, pero poner tu mente en “modo crítico de arte” te cuesta horrores y notas que lo que antes habrían sido unas horas, ahora va a ser más de una semana.
Por la tarde, lees los trabajos de fin de grado que evalúas mañana. Después, vas con R. a ver la reposición en pantalla grande de Cinema Paradiso. Casi empiezas a llorar desde los títulos de crédito. Es una película llena de recuerdos. Está en el límite de lo fácil, pero no puedes evitar que te toque directamente. Conforme avanza la película empiezas incluso a temblar en el sillón y a sollozar. Es la emoción por lo que ves, pero sobre todo por el recuerdo de la primera vez que te emocionaste al verla, una especie de nostalgia de la nostalgia. Te das cuenta de lo que has cambiado y de cómo algunas cosas a las que antes no diste importancia ahora te hacen arder por dentro. Ocurre sobre todo en la parte final, la del regreso, ocurre en los ojos del protagonista al volver a casa, en el avión, el reflejo de su rostro en el cristal, en la añoranza, en la imposibilidad de recobrar el paraíso perdido, en esa sensación de que algo del pasado permanece para siempre en el mismo lugar, y que nosotros siempre estamos partidos, divididos, escindidos entre eso que hemos llegado a ser y eso que se quedó allí, en ese lugar, varado para siempre. Son estos momentos los que ya no te sueltan en toda la noche. Especialmente, la escena final, la de los besos que no pudieron ser dados, que, en acción diferida, se consuman en el presente, como si la historia de amor con el cine acabase también con un beso; con un beso pospuesto, demorado, aplazado, sólo posible en un tiempo diferente. Pocos finales en la historia del cine tienen esa poesía y esa capacidad para cerrarlo todo. Cerrar la película, cerrar la historia, cerrar la distancia entre dos labios, cerrar ese vacío entre fotogramas que había quedado truncado como un hueco en el tiempo. Un anudamiento de la memoria que aparece bajo la forma del entrelazamiento entre dos cuerpos. Una historia de amor. 

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LUNES 8 / Inquieto
Tribunal de trabajos de fin de grado durante toda la mañana. No estás convencido de que sirvan para mucho. No tienes confianza alguna en este sistema universitario. Por la tarde terminas el texto de Irazábal para el tarjetón de la inauguración y lo envías. No sabes si estás contento con el resultado. Te ha costado encontrar el tono preciso.
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Conforme avanza el día te notas inquieto y ansioso. Abres el frigorífico cada dos por tres. Comes sin hambre. Es la luna, te dicen. La luna llena. Será eso, piensas. Eso y la vuelta a la normalidad, la vuelta a la rutina. Reuniones, trabajos, papeles…, y tú sólo quieres terminar tu novela.

MARTES 9 / Alterado
Sigues inquieto y alterado. No has dormido bien. Por la mañana, en el consejo de departamento, se te cierran los ojos. Al terminar, lees como puedes el trabajo de Fin de Máster sobre el diseño y la estética que tienes que evaluar por la tarde. Comes y rápidamente sales para el campus de Espinardo. El calor es insoportable. A la vuelta, visitas a E. y el tiempo se para durante un momento. Respiras y tomas aire.
Por la noche, comienzas a traducir tu curriculum para el proyecto de Cornell y preparar un archivo con una bibliografía previa para tu proyecto. Acabas de madrugada.

MIÉRCOLES 10 / Libros a su tiempo
Mañana de reuniones en la universidad. Casi no haces nada. Otra mañana en blanco. Tienes que aprender a dosificar el tiempo en el despacho.
Por la tarde vas al gimnasio. Acabas reventado y con agujetas.
Por la noche terminas de leer La fiesta de la insignificancia. Kundera nunca ha sido uno de tus autores. Es cierto que La insoportable levedad del ser te marcó la adolescencia. Nunca le has visto esas virtudes que otros describen. De adolescente, ese libro fue para ti como El lobo estepario, de Hermann Hesse, un libro generacional, que parecía escrito para ti en ese momento. No has vuelto a ninguno de los dos, pero tienes la sensación de que no te gustarían ahora. Cada libro tiene su momento. Y quizá se que este último de Kundera no te haya cogido en su momento. Es cierto que hay momentos de sabiduría, pero poco más.
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JUEVES 11 / Luna
Por fin, esta mañana escribes. Vuelves aunque sea momentáneamente a la novela. Planificas. Miras el calendario. Dos meses, quizá tres para tener una versión relativamente legible.
Tienes agujetas del gimnasio, pero extrañamente te han subido la libido. En la siesta, con R., no puedes reprimirlo.
Por la noche hablas de literatura con A., cenas con J. y luego dais una vuelta por la ciudad. Hace un calor tremendo y la belleza femenina te deja fascinado. Después os encontráis con N. y os tocáis las barbas. La tuya está en el límite de ser excesiva y ya va pidiendo un recorte. Pareces un oso, casi un hombre lobo. Antes de volver a casa, das un breve paseo por las calles de la ciudad. La luna sigue ahí arriba. La miras de reojo. Apenas unos segundos. Contienes la respiración. Ha comenzado a menguar y al final no te has convertido en lobo. O eso, al menos, es lo que crees. Aunque muerdas y arañes, tus colmillos son de leche.


Presente continuo (Semana del 29 de agosto al 4 de septiembre)

VIERNES 29 / Hamburgo
Sales para Alemania temprano. Hamburgo, Berlín y Dusseldorf. Tres ciudades en las que presentarás la edición alemana de tu novela. Estás nervioso, entusiasmado, inquieto y lleno de responsabilidad. En el viaje escribes el “Presente continuo” y lo envías desde Hamburgo. Nada más llegar, caminas hacia la librería en la que mañana será la presentación. Has quedado con el librero para dar una vuelta por la ciudad y preparar el evento. Por el camino te encuentras con una especie de feria cerca del Alster llena de gente comiendo salchichas y bebiendo cerveza. Parece una estampa típica que alguien ha puesto allí para ti.
La librería Sauttier + Lackmann es una especie de paraíso para perderse. Comienzas ya en ese momento a darte cuenta de la cantidad de libros en alemán que no han sido traducidos a ningún otro idioma. Todo un mundo de teoría e historia que quisieras leer. Te sientes absolutamente frustrado por no entender nada y empiezas a barajar la idea de estudiar alemán cuando vuelvas. Es falso que el inglés sea la herramienta para todo.
F. te da una vuelta por la ciudad y habláis del libro, del arte contemporáneo y de la situación de las librerías. Después de cenar te lleva al barrio de Sankt Pauli y te enseña los sitios míticos del underground. Intuye, por lo que ha leído en tu novela, que te interesan los lugares más oscuros y sucios. Y te muestra algunos de ellos. Cuando llegas al hotel, no cabe en tu cuerpo una gota más de cerveza.
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SÁBADO 30 / Lectura
Tienes la mañana libre. Das una pequeña vuelta por la ciudad, paseas en torno a esa especie de lago que parece formar el río Alster de camino hacia el Elba. Te sientas en un banco y una cabeza te interroga. Intentas leer pero no puedes. Tienes la mente distraída. Estás es una especie de luna de la que no quieres bajar.
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Por la tarde es la lectura. Antes, te entrevistan para un programa de radio sobre crímenes y literatura. Te hace gracia cómo la novela cambia de interpretación según el contexto. Para el entrevistador, Intento de escapadaes una novela negra sin cadáver.
Después, la lectura funciona bien. Lees unos fragmentos de la novela en español y F. lee otros en alemán. Luego, M. pregunta y traduce tus respuestas en el debate. Es un formato típico en Alemania. La gente paga una entrada para escuchar a un escritor leer trozos de su obra, casi como si asistiera a un concierto. Eso sería impensable en España. Ni gratis.
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Tras la lectura, cenas con J., J. y A. en un barrio cool de Hamburgo. Mientras lo hacéis, una manifestación pasa cerca de vosotros, comienzan a llegar coches de policía y por un momento temes que se vaya a montar algo peligroso. Al acabar la cena, te acercas a la Literaturhaus, donde se clausura “La noche de los libros”, el evento en el que has participado. Allí te encuentras de nuevo con F. y, antes de despedirse, dice: “tomamos la penúltima”. Bebéis varias cervezas junto al río. Se juntan dos alemanes más. Uno de ellos es un sindicalista importante. Bebéis por la amistad. Y en un determinado momento crees incluso comprender el idioma.

DOMINGO  31 / Berlín
Tomas el tren hacia Berlín. En el viaje intentas leer pero no puedes. Corriges un poco la novela, quitando erratas y poco más. Llegas justo para una entrevista con la radio. La haces en inglés. Un desastre. Afortunadamente sólo será el ruido de fondo, con el alemán superpuesto. La periodista ha leído el libro. Le han impactado las imágenes duras y tenía miedo de encontrarse contigo. Es curioso cómo muchas veces aún confundimos al escritor con sus personajes.
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Tras la entrevista, tienes apenas cuatro horas antes de la cena con tu editor. Decides ver una sola cosa: el Altar de Zeus en Pérgamo. Casi sufres un Stendhal. Aunque enseguida te sacan de ahí las multitudes sedientas. Es imposible andar, absolutamente imposible. Las cámaras de los móviles lo inundan todo. Lo más difícil en un museo es ahora no estar dentro del plano de una fotografía. Casi tienes más cuidado con eso que con tropezar con una escultura.
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Luego apenas dispones de unos minutos para ir al Reichstag y a la puerta de Brandemburgo. Aunque sea testimonialmente. Tienes que volver, sin duda.
Llegas justo a tiempo para la cena con M., el editor de literatura hispana de Wagenbach. Habláis de literatura y de libros, y de lo mal que está el negocio para las editoriales independientes en todos los lugares; no es algo propio de España. Hablas constantemente. Hablas demasiado. Quieres agradar y te das cuenta que estás en el límite de ser pesado. Te pellizcas en el muslo cuando te das cuenta.
Te quedas en el hotel relativamente temprano y das una pequeña vuelta solo. Es una manera extraña de estar en la ciudad. Cuando te acuestas intentas elegir la cabecera perfecta. Entre tantos cojines y cabeceras siempre te equivocas y conforme avanza la noche comienza a dolerte el cuello.

LUNES 1 / Historias vivas
Das una vuelta por varias librerías. De nuevo, el paraíso. Y de nuevo, la frustración. Todo en alemán.
A las doce M. viene a buscarte para llevarte a la editorial. Allí conoces a todo el staff. Conoces a S., la directora, a las chicas de prensa y a la gente de administración. Coméis en la propia editorial. Escuchas la entrevista en la radio y te hace gracia cómo pronuncian tu nombre. En todo momento tienes la sensación de estar en un lugar histórico, un espacio mítico de la edición independiente. Cuando ves tu libro entre los demás, se te saltan por un momento las lágrimas. Jamás habrías imaginado algo así.
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Por la tarde es la lectura. Sientes, mientras lees algunos fragmentos, que te gusta lo que hay escrito. Te emocionas con algunos pasajes. Es la primera vez que te pasa. La primera vez que crees que ahí hay cosas que quizá merezcan la pena. La primera vez que adviertes que las historias ya no te pertenecen y han tomado cierta vida. Lo percibes cuando te preguntan por Omar, por Montes, por Helena, por Marcos, por lo que ocurre en el libro. Sólo en ese momento te das cuenta de que escribir es crear mundos que a veces habitan lo real.
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MARTES 2 / Dusseldorf
Viajas con M. a Dusseldorf. Tardáis cuatro horas y media y habláis de literatura, de arte y de vida. Antes de la presentación tomáis unas cervezas en la plaza del mercado. Parece Murcia, repleta de gente en la calle a la hora del aperitivo.
La presentación también funciona bien. Firmas algunos libros sin saber muy bien en qué idioma hacerlo. R. os lleva a comer a un restaurante japonés y os dice que allí son tan típicos como los alemanes –no en vano, en la ciudad reside la mayor colonia de japoneses de Europa–. Despides a M. en el tranvía, le vuelves a dar las gracias por todo y le reiteras que para ti todo esto sigue siendo un sueño. Al llegar al hotel, entras un poco en Internet y compartes tu felicidad. Te duermes con la sensación de que esta experiencia es más de lo que mereces.
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MIÉRCOLES 3 / Vagar
Hoy es tu primer día libre. Te lo tomas con calma. Visitas museos sin ningún tipo de prisa, como si tuvieras todo el tiempo del mundo. En el K20 tienes una especie de reencuentro con el arte contemporáneo. Te emocionas delante de un cuadro de Pollock y te quedas casi una hora en la sala del expresionismo abstracto. Después, en el K21 también disfrutas de las obras y te sientas a experimentar Art must Be Beautiful de Marina Abramovic sin pensar en nada más.
Comes en una terraza. Llevas contigo un libro pero, de nuevo, no lo lees. Simplemente piensas, divagas, miras a la gente pasar. Repasas una y otra vez estos días. Quieres apresar todos los detalles, guardarlos en la memoria, retenerlos para poder evocarlos en el futuro, para ser consciente entonces de que un hubo un tiempo en el pasado en el que fuiste feliz.
Por la noche cenas con unos españoles. Te cuentan cosas sobre Dusseldorf y sobre los alemanes. Desmontan mitos. Aprendes. Te llevan al bar más antiguo de la ciudad y te hacen tomar un chupito picante que se clava en la garganta. Después, te quedas sólo y tienes que beberte varias cervezas para que se te vaya pasando el escozor. Paseas solitario por la ciudad con la cerveza en la mano, con extrañeza y familiaridad, como si lo que ves estuviera cerca y lejos al mismo tiempo, como si ese paseo fuera una rutina más de tu vida pero sabiendo, sin embargo, que va a ser muy difícil que lo vuelvas a repetir.
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JUEVES 4 / Regresar
Llegas al aeropuerto temprano. El viaje es cómodo. Logras salida de emergencia en los dos aviones. Lees un poco de La tía Julia y el escribidor, de Vargas Llosa. Te das cuenta de que es lo primer que consigues leer estos días. Tu cabeza vuelve momentáneamente a la normalidad.
De camino a casa, en el coche desde Alicante, sientes que poco a poco vas entrando en la realidad. Mañana se acaba el sueño y comienza la rutina. Mails, lecturas, textos, papeles. Lo necesitas también. La vida es eso. Te conformas pensando que los sueños hacen que todo lo demás se vuelva más dulce.
R. te espera y te enseña un fotograma de La gata sobre el tejado de zinc. No hacen falta las palabras. Después, habláis hasta más de medianoche. Hay tanto que contar y tantas cosas sobre las que meditar. Cierras los ojos tranquilo, feliz, reposado, con una conciencia de fin y de principio, con un sentido de “tiempo por venir” que se adueña ya tu presente.
Justo en ese momento, te acuerdas de que hace un año que comenzaste este “Presente continuo”. También estabas de viaje, en un congreso en Finlandia, y desde entonces esta escritura te ha acompañado todas las semanas. A veces te resta algo tiempo, es cierto, pero ya te has acostumbrado y se ha convertido en una especie de rutina de la que no puedes escapar. Ha modificado incluso tu visión del mundo, tu manera de experimentar las cosas. Ahora lo analizas todo, lo miras con cierta distancia pensando en escribirlo y dejar constancia de este presente. Sabes que cuando eches un vistazo hacia atrás encontrarás aquí la memoria de un año. El año que viviste continuamente. Un año del podrás reconstruir cada uno de sus días. No sabes cuánto más vas a poder seguir grabándolo todo. Quizá unos pocos meses, no más. Todas las vidas acaban por aburrir.

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5/9/14

Presente continuo (semana del 22 al 28 de agosto)

VIERNES 22 / Espacios innominados
Terminas temprano el "Presente continuo" de la semana y te pones directamente con la novela. Necesitas como sea acabar la revisión del capítulo que tienes atragantado. Le has dado todas las vueltas posibles y por fin hoy consigues sacarlo adelante. Cuando lo concluyes te sientes liberado, como si hubieras coronado una cima que se te resistía. Respiras un momento y tomas aire para continuar. El camino es largo y todavía te queda bastante tramo por recorrer. Y siempre, en todo momento, tienes en la cabeza el final, la última escena, la última frase incluso. La has escrito ya, sabes cómo acaba todo. Aunque hay un momento de vacío hacia final, un pequeño giro que aún no has pensado cómo solucionar. Ese espacio en blanco que media entre el lugar en el que estás ahora y el lugar al que quieres llegar es el que te guía, el que da fuerza para seguir, como si en el fondo escribieras para saber qué es lo que ocurre, cómo se soluciona todo. Escribir para descubrir, para conocer por qué la historia acaba en ese lugar que ya has escrito, por qué así y no de otro modo.

Por la tarde vas al gimnasio. Cada vez te sientes mejor. Aún miras tu cuerpo en el espejo y no acabas de reconocerlo del todo, aunque la mirada se ha acostumbrado antes de lo que imaginabas. Mucho antes que el tacto.

Por la noche ves la Supercopa en casa de L. Pierde el Madrid, pero no te afecta demasiado. Tienes la cabeza en otro lado. Por alguna razón estás eufórico. Es posible que sea el gimnasio, o que has superado el escollo de la novela, o quizá sea simplemente que comienzas a reconocerte, que regresas, que has vuelto a la normalidad.

Tras el partido, salís a dar una vuelta y os encontráis a M. y E. Percibes algo particular en el ambiente en Murcia, en los bares, en el alcohol, en la gente. Una alegría compartida, una sensación de fin y, a la vez, de regreso, de conmemoración de algo que no se sabe muy bien qué es.

La noche se alarga y te quedas con E. Cuando ya ha cerrado todo, os dejan entrar en un bar después de tocar varias veces a la puerta e inventar una excusa para convencer al portero. La conversación fluye. Libros, amistad, más que amistad, imágenes verdaderas e instantes de peligro. Bebéis y sin embargo la ebriedad es extraña, llega como a ralentí, a destiempo. Al menos a ti. Porque todo es distinto esta noche. Paradójico. Es como estar desdoblado y sin embargo presente. Y se todo se transforma en puro existir, mero estar, para nombrar vacíos que aún no habían recibido nombre, para habitar lugares que habían permanecido ocultos, espacios para detenerse, frenar el tiempo y convertir el presente continuo en elipsis, en imagen verdadera que no cesa de reverberar.


SÁBADO 23 / Cuerpo expandido
La resaca es monumental. Y sin embargo es mucho menor de lo que habías imaginado. Todo el día dormitas y divagas. Sigues ahí, en el mismo lugar. Por un lado está tu cuerpo y, por otro, tu mente, que intenta poner las cosas en orden sin demasiado éxito.

Poco a poco, a lo largo del día vas recuperando la normalidad. Y la normalidad entra a través de la novela. Comienzas a revisar el siguiente capítulo y te reencuentras en la escritura.

Por la tarde empiezas a leer Tocarnos la cara, de Belén Gopegui. Te interesa la idea de crear un espejo humano. Te recuerda por momentos a  La habitación oscura y a las novelas de Isaac Rosa. Sientes que ambos comparten un universo común, un interés por las emociones localizadas en lo social.

Extant sigue siendo tu serie favorita en estos momentos. Te gustan los dos nuevos capítulos. Por la noche, sueñas con extraterrestres y fines del mundo. Te despiertas sobresaltado y te vuelves a dormir. Y entonces sueñas que vuelas y puedes ver la tierra desde las alturas. Pero en el sueño no tienes cuerpo; no hay un lugar concreto en el que estés situado. Eres el viento, la atmósfera, las nubes, como si te hubieras convertido en pura consciencia, como si la materia se hubiera expandido y ya no hubiera dentro ni fuera, interior ni exterior, sólo un continuo infinito más allá de cualquier límite. Cuando despiertes lo recordarás todo. Y cuando lo escribas lo volverás a experimentar.


DOMINGO 24 / Historias de verdad
Escribes toda la mañana hasta la tarde. Es el cumpleaños de tu sobrino y lo celebráis en familia. Seis años ya. Apenas hace nada y, sin embargo, recuerdas aquel momento como perteneciente a un tiempo muy lejano. Han cambiado tantas cosas desde entonces… Algunas quizá regresen –ojalá– algún día; otras se han ido para siempre.

Después del cumpleaños, visitas a J. Está enferma y siempre te dice que no la llamas, que no vas a verla, que la tienes abandonada. Ella es como tu madre. Y tú siempre buscas excusas. Siempre hay tiempo para los demás, dice, para los libros, para el fútbol, pero no para ella. Y es verdad. En parte es verdad.

Te sientas en el patio junto a ella. Estás allí un rato. Le dices que la semana que viene te vas a Alemania. Y ella, como siempre que viajas a algún lado, no lo entiende. Que vengan a verte aquí, dice. ¿Es que no puedes dar la conferencia por teléfono?, pregunta. Te hace gracia su visión de las cosas. Pero quizá haya algo de razón en su ingenuidad. A veces hay que viajar, le dices. Hay que ir a los lugares. Estar allí es necesario, le explicas. Y le preguntas entonces por su gran viaje, cuando era joven. Tres años estuvo en Alemania, volviéndose los veranos. En tren. La primera vez que salía del pueblo, sin hablar ni una palabra de otra cosa que no fuera español, sin conocer ni siquiera el nombre del lugar al que iba, «sin saber nada de la vida, hijito».

Todavía relata el viaje como algo mítico. Y mientras lo cuenta con sus palabras, con sus propias metáforas, con sus giros, con sus elipsis, piensas que ahí también hay una historia. Una historia más potente que todas las que tú puedas contar, porque está llena de vida, porque es real. Porque es una historia verdadera. Y piensas entonces que todo el mundo tiene historias que contar, que no somos otra cosa que los relatos que nos damos, que la vida es pura narración, que la verdadera novela está siempre más cerca de lo que creemos.


LUNES 25 / Proyectos
Comienzas hoy el proyecto para solicitar una estancia en la universidad de Cornell para el año que viene. Un año académico. Si todo sale bien será un gran cambio en tu vida. Aún no lo tienes claro y, sin embargo, estás dispuesto a hacerlo, aunque al final no se dé la coyuntura para poder irte. Tienes que presentar un proyecto de investigación y el programa de una asignatura para un semestre. Pasas la mañana esbozando posibilidades e intentando concretar el tema. Sólo hay una cosa clara: tiene que girar en torno al tiempo. No se podría ajustar más a tus intereses.

Llega un regalo anónimo de Amazon. Un reloj de cocina. Te desconcierta. Piensas en que pueda ser una obra de arte. Y recuerdas las obras de On Kawara o las de Valcárcel Medina, la idea del arte como regalo, la idea de la vida como regalo. Sigue siendo extraño dar sin pedir nada a cambio. El don sigue siendo subversivo. Ofrecer, darse, entregarse. Te hace pensar. Te hace entregarte.

Las redes siguen llenas de gente tirándose cubos de agua en la cabeza. «Que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha», o algo así. Qué lejos estamos de eso. La solidaridad y la publicidad son ahora  la misma cosa.


MARTES 26 / Distracción
Al gimnasio, temprano. Se te va la mañana en gestiones y compras. Por la tarde intentas escribir pero no te concentras demasiado. Tenías la cabeza en modo novela y ponerte ahora en «modo académico» te está costando demasiado. Mientras escribes el proyecto, notas que no funciona, que no avanza, que no hay manera. Demasiadas cosas por venir.

Por la noche ves el nuevo capítulo de The Leftovers y te reconcilias con la serie. Sólo al final ha conseguido remontar y tener sentido.


MIÉRCOLES 27 / Magia
Por la mañana, continúas con proyecto. Encuentras, al fin, la solución. Después de dar varias vueltas, optas por el camino más fácil: continuar con tu investigación sobre las prácticas de historia en el arte contemporáneo e intentar ampliarla hacia algunas cuestiones que te han interesado estos años y que están cerca de esa línea, la obsolescencia y el anacronismo. Así que eso es lo que planteas: anacronismos del arte contemporáneo. Comienzas a redactarlo. Te cuesta encontrar el lenguaje preciso y la estructura justa, pero consigues dejarlo trazado.

A mediodía te encuentras la sorpresa. Un ejemplar de Fluchtversuch, la traducción alemana de Intento de escapada, ha llegado por correo. Cuando abres el paquete y tomas el libro en tus manos sientes algo que no sabes realmente cómo expresar. Es tan especial, tan inimaginable, tan cercano a estar soñando, que paradójicamente lo experimentas con distancia, con frialdad, como si no fuera contigo, como si lo vieses desde fuera y te hubieses ido lejos para observarlo desde el otro lado. Luego, poco a poco, vas cayendo a la realidad y empiezas a ser consciente de lo que significa. Una especie de embriaguez extraña se apodera de ti y comienzas a estar de nuevo ahí, dentro del cuerpo, sintiendo la hechizo del instante. Hay algo de magia en todo esto, piensas. En esta vida, en estos momentos. Y en los que siguen. En que sean posibles, en que puedan ser experimentados, en que tengas el privilegio de vivirlos, de compartirlos, de habitarlos. Quisieras retener esta dicha para siempre. Algo permanecerá, sin duda. Algo tiene que quedar de este presente.

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JUEVES 28 / Preparación
Terminas el proyecto de investigación y el programa del curso y lo envías para traducir. El resto del día lo dedicas a planificar el viaje a Alemania: planchar camisas y pantalones, decidir qué meter en la maleta, ver dónde están los hoteles en los que te vas a alojar, apuntar cómo ir del aeropuerto a la ciudad, saber cuántas horas libres vas a tener para ver algo, cuándo y dónde son las presentaciones y las entrevistas, cómo vas a plantear las lecturas o qué libros vas a llevar contigo. Acabas, como siempre, a última hora. Ves un episodio de Extant, te tomas dos pastillas de Serenia y te vas a la cama. Te acurrucas junto a R. Mañana vuelve a ejercer de Penélope. Y tú vuelves a viajar solo, una vez más. Estás nervioso. Ilusionado y lleno de ganas, sí, pero muy nervioso. En el fondo sientes que todo esto te supera.

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