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Mostrando entradas de agosto, 2010

Posturas establecidas

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A principios del siglo XX, Aby Warburg observó cómo a lo largo de la historia era posible atender la presencia de una serie de gestos que se repetían en las representaciones visuales. Pinturas y esculturas, con independencia de su contenido, ofrecían un catálogo limitado de actitudes y poses estereotipadas en las que se mostraba inconscientemente todo un sistema cultural. Esos gestos mínimos repetidos que en ocasiones pasan desapercibidos, y que también interesaron al psicoanálisis, hablaban de la personalidad del sujeto individual y, sobre todo, de lo que éste había adquirido culturalmente. Revelaban las ideas, las creencias, los órdenes… el complejo entramado que conforma una cultura. Los gestos y las poses nos muestran quiénes somos y dónde estamos.


Hoy esas poses reveladoras siguen vigentes. Y operan sobre todo en el ámbito de la autorrepresentación de los individuos, la manera en la cual nos presentamos ante el otro. Si uno echa una ligera ojeada a las fotografías de Facebook o de…

Escuchar, perder melodías

Siguiendo con el catálogo de olvidos, confusiones y alteraciones de la realidad en el que vivo sumido últimamente, en las últimas semanas me ha pasado algo particularmente extraño. Un día, tocando el piano, esbocé una melodía y me quedé enamorado de ella. Era como si, por fin, hubiese encontrado la melodía perfecta que tanto había buscado. La repetí tantas veces que la hice mía, la interioricé hasta soñar varias veces con ella. Melancólica, triste, emotiva... era la melodía perfecta para el cortometraje cuya música tenía que componer. Pero había algo en esa perfección que no me cuadraba. Algo en la melodía me era demasiado familiar. Pero no sabía qué. ¿Y si no era mía? ¿Y si yo la había escuchado en algún lugar? Empecé entonces a revisar todas las bandas sonoras a lo que aquello me sonaba. El paciente inglés, todo Morricone, todo Alberto Iglesias, El cartero y Pablo Neruda, yo que sé, cientos de lugares donde aquella melodía podría haberse originado. Escuché uno por uno to…

Leer, perder la memoria

Últimamente no hago sino perder la memoria. Creo que la mezcla de la pulsión lectora de estos días con el insoportable calor murciano (que no hay humano que lo resista) me está achicharrando las neuronas. Si viajar es perder países, o teorías (como diría Vila-Matas), leer es perder memorias, o al menos para mí, ahora, en estos días. En estos días en los que pierdo el reloj, las llaves, los bolígrafos, las cartas, el dinero... En estos días en los que por las mañanas me enjabono y me aclaro en la ducha varias veces (cinco es mi record, aunque nunca puedo recordarlo) sin darme cuenta de ello. También me dejo el frigorífico abierto, el ordenador encendido, las luces del coche encendidas o las llaves de la moto puestas. Esto último ya me ha pasado en más de una ocasión y, milagrosamente, no ha habido consecuencias. Aunque lo de esta vez más grave: la moto, nuevecita y aparente, toda la noche, en plena calle, con las llaves en el contacto, a la vista de todos. Demasiado fácil, seguro que h…

El comienzo de la lectura

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Como dije en el post anterior, en mi semana inmersión acuática del verano he seguido con la pulsión lectora del verano. Y allí, por supuesto, allí he disfrutado hasta lo insospechado con El comienzo de la primavera, la novela de Patricio Pron (Mondadori, 2008, XXIV Premio Ciudad de Jaén de Novela), que me ha acompañado los primeros días de estancia. Si hace unas semanas hablé aquí de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, y escribí que era el mejor libro de relatos que había leído en todo el año, de esta novela no puedo decir menos. Es el libro que había estado esperando para leer durante mucho tiempo. Audaz y valiente, inteligente, elegante, y trazado con un magisterio al que muy pocos escritores pueden aspirar (menos aún considerando la juventud de Pron). En los tiempos que corren, en los que algunos escritores (y sobre todo algunos editores) menosprecian al lector creyendo que es necesario poner notas al pie para explicar quién es Stephen Hawking (cuyo nombre lo reco…

Agua, libros y GPS

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Después de una semana de relax intenso en Alhama de Aragón, debería llegar a casa como nuevo, con las pilas cargadas y con ganas de trabajar. Pero por lo que se ve, el cuerpo no ha podido resistir tanto placer y se ha venido abajo. Ya sabía yo que tanto baño termal y tanto masaje acaba pasando factura. La biología se acostumbra enseguida a lo bueno y en cuanto se mete entre pecho y espalda seis horas de coche, se queda para el arrastre. Pero eso fue ayer. Hoy ya doy el habla (y la escritura). Y salvo ese proceso de ajustamiento a la realidad, lo cierto es que la semanita que hemos pasado en el Gran Hotel Cascada (que yo no cesé de llamar Hotel Gran Cascada, y alguna razón tenía) ha sido lo más parecido a la incursión en el Paraíso terrenal que he tenido en mucho tiempo. Agua y lectura. Libros y baños. Y comida de diseño. Y mucho descanso. Y por supuesto, otras cosas que no se pueden contar pero que suceden en los balnearios cuando uno va acompañado.


En mi inmersión acuátic…

Hacia el dolce far niente

En efecto, Mariana y los comanches es una gran novela. Y Ednodio Quintero, un gran escritor. El juego literario y el juego amoroso que propone este libro me ha devuelto las ganas de escribir y de sacar del cajón una cosa que tengo esbozada desde hace algunos años. Quizá sea momento de recuperarla ahora, aunque tendrá que esperar como poco una semana. Y es que mañana salgo para Zaragoza a recluirme siete días en un balneario. Es algo que he pensado hacer muchas veces, pero que siempre, por alguna razón inesperada, he tenido que posponer para un futuro incierto. Ahora, en esta racha que llevo en la que el "para otro momento" comienza a realizarse, me he tomado en serio el asunto del descanso veraniego, y en lugar de realizar un viaje de esos de los que luego uno tiene que recuperarse, estas vacaciones voy a explorar las vicisitudes deldolcefarniente y, sobre todo, a adentrarme en la práctica del noble arte de tocarme las partes bajas. Un toqueteo en el que, por supuesto, me ac…

El otro momento es ahora

La verdad es que esto ya va a ser vicio. No puedo dejar de leer. He emprendido una batalla contra la estantería y estoy poco a poco poniéndome al día de todo aquello que dejé para otro momento. Parece que ese "otro momento" es ahora. Por primera vez en tiempo soy consciente de que he vuelto a por algo que dejé para más adelante. Por lo general esas cosas se quedan ahí para siempre y uno ya no vuelve, sino que sigue acumulando libros para un momento futuro que nunca llega. Pero esta vez, y haciendo un esfuerzo terrible de contención (aunque es cierto que sigo comprando libros este verano, pero me engancho enseguida con ellos), voy leyendo lo ya adquirido, eso que me miraba impaciente desde la estantería.

De este modo, tras acabar la tríada del post anterior, he vuelto brevemente a PaulAuster, y he leído Mr. Vértigo, regalado por una buena amiga que ahora lo está pasando mal. Ese volver a Auster ha sido como un volver a los orígenes, sobre todo porque Mr. Vértigo es aún una his…

Escritores en el borde

En mi reclusión lectora de estos días, he tenido la oportunidad de encadenar tres libros que hacen de la lectura un proceso reflexivo y epistemológico, de adquisición de conocimiento acerca del mundo más allá de las historias que se cuentan. Tres libros que cuestionan las distancias entre los géneros literarios y se sitúan en la frontera entre el ensayo, la ficción o, incluso, la biografía, pero sobre todo tres libros que hablan de la buena salud de la literatura contemporánea en español.

El primer libro es Los muertos, de Jorge Carrión (Mondadori). Sólo había leído las reseñas y algún que otro ensayo de Carrión, y me parecía de lo más inteligente del mundillo literario actual. Los muertos es su primera novela. La he leído de un tirón, pero aún no me he podido formar una opinión clara. El argumento del libro promete. Una serie de personas aparecen en Nueva York sin recordar su identidad y sólo poco a poco van recordando (hasta cierto punto) quiénes fueron y con quién vivieron. Pero lo…