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Rendirse

Y, entonces, te rindes. Últimamente parece que es lo único que sabes hacer. Desistir, soltar, antes de que todo estalle. Es lo que también has hecho con el texto en el que has estado trabajando estas semanas. Después de varias moratorias, después de la insistencia, de la planificación, después de todo. No has podido llegar. Sientes que necesitarías un año entero para poder hacerlo. Por alguna razón, ahora todo se te atraganta. Estás lento. Difuso. Has perdido la destreza para escribir artículos académicos. 
Escribes un mail y dices que no. Que lo has intentado pero que no has podido. Te quedas fuera del reader sobre arte y migración en el que están todos los expertos. Un libro importante.
Has estado escribiendo textos por compromiso durante los últimos meses. Entregando uno y comenzando el siguiente. Cubriendo todas aquellas cosas a las que no supiste decir que no. Y posponiendo este texto, quizá el más importante, para más adelante. Porque lo otro era inmediato. Y había que acabarlo.…

Nada

Y, de repente, te preguntas por qué escribes. De repente, te preguntas todo. Pero escribes. Y sigues hacia delante. Aguantas la respiración y continúas. Porque ahora has aprendido a mantener el aire en tus pulmones. O al menos eso crees. La cabeza debajo del agua. El cuerpo sumergido. En el límite del hundimiento. Pero aún flotando. Porque mientras aguantas la respiración consigues mantenerte a flote. Es extraño. Paradójico. Dejar de respirar para poder seguir viviendo. Es extraño. Paradójico. Como el mundo. Como todo aquello que ahora no puedes ver ni entender. Porque tienes la cabeza debajo del agua. Porque aguantas la respiración. Porque intentas moverte hacia delante con aire en tus pulmones. Porque estás aprendiendo a nadar. Porque hay tantas cosas que no sabes hacer... A tus cuarenta años. Tan viejo, tan niño.

Decíamos ayer...

Decíamos ayer... Sí, lo decíamos. Y ayer era hace mucho tiempo. Tanto, que ya casi lo hemos olvidado. Más de tres meses alejados del blog. Y ha pasado media vida. Tan en voz baja queríamos hablar que al final hemos acabado hablando en silencio. Callados. No (ha) lugar a la palabra. Pero las palabras piden ser dichas y escritas. Y también la memoria. Porque fuera de este blog está el olvido. Y aquí no se conoce esa razón. Así que volvemos a empezar. De nuevo. Otra vez. Hasta volver a naufragar. Hasta volver a callar.

Volvemos con la cara limpia. Nuevo formato. También hasta que dure. Volvemos para seguir hablando en voz baja. Y también en esta nueva esquizofrenia. Sin tono. Sin persona. Nosotros, yo, tú y ellos. También nosotras. Y vosotras. Incluso ellas.

Volvemos aquí porque es el lugar en el que todo puede ser dicho. Volvemos aquí porque nos dejan fracasar. Volvemos aquí porque, en el fondo, este vacío es el único lugar para regresar.

Por hoy nos basta con volver. Con haber comenzad…

Un lunes

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Ha pasado una semana y aún no te has recuperado del todo. Demasiadas emociones al mismo tiempo. Y también una detrás de otra. Ni siquiera sabrías por dónde empezar. Simplemente las anotas ahora para volver a pensarlas, para escribir de ellas más adelante. Sin tiempo de nuevo, más que un diario en voz baja, esto empieza a convertirse en un diario pospuesto.

Lunes. Comes con Enrique Vila-Matas, Marta López y los hermanos Castro (Fernando y Javier). Atiendes a las historias. Prefieres escuchar. A Enrique y a Fernando. Apenas dices nada. Hay momentos en los que es mejor callar. No por aparentar, sino por aprender. Callar para saber. El placer de escuchar, de no tener que decir por decir. Ya hablarás en tu conferencia.

Vila-Matas y el arte contemporáneo. La tesis: sus libros activan el arte, lo hacen funcionar más allá de los museos, lo llevan a la vida. Repites esa idea demasiadas veces y al final acabas liado dándole vueltas a la misma cuestión.

Mientras hablas, no puedes evitar mirar de…

Ayer

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Mientras todo se desmorona, unos cuantos raros nos reunimos estos días en el CENDEAC en torno a la literatura de un grande. Como el propio Enrique Vila-Matas escribe hoy, "después de todo, hay una gran literatura que está pensada, no para leerla con una lámpara cayendo sobre la cama, sino con el resplandor mismo de la pólvora." La literatura como intento de poner cordura en medio del gran disparate.

Ayer, por cierto, fue un día mágico, a pesar de mis titubeos ante la responsabilidad de hablar sobre Vila-Matas ante Vila-Matas y, también, de dar una conferencia junto a Fernando Castro, que llevaba 72 páginas escritas y 215 diapositivas en su power point. Excesivo y maravilloso, como todo lo que ocurrió ayer. Antes, durante y después. A veces el tiempo se frena. Y todo parece tener sentido.


No-Time

No tener tiempo ni siquiera para poder escribir que no tienes tiempo. Sacar unos segundos. Abrir la página de este blog y dejar constancia de eso. De la locura de estos días, de estas semanas, de estos meses, de esta vida. Escribirlo, sin tiempo, para ser consciente de ello. Prometerse buscarlo. El tiempo. Hacerle sitio. Darle espacio. Darle tiempo. Saber que fracasarás por mucho que lo intentes. Pero aun así hacer la promesa. Cambiar de tiempo. Buscar el tiempo. El tiempo perdido. El tiempo robado. El tiempo de vida que ya nadie devolverá.

Decir no. Regresar a Bartleby. Ganar tiempo. Decirlo frente al espejo. Prefería que no. Preferiría que no. Preferiría que no. Repetirlo tres veces. Diez. Cien. Mil. Infinitas. Hasta poder pronunciarlo frente a los otros. Hasta que el propio cuerpo lo diga. El cuerpo entero, gritando: Preferiría que no. En voz baja, pero atronador, contundente, denso, como una muralla inexpugnable. Preferiría que no. Prefería que no. Preferiría que no.

Y, al séptimo…

Múltiple

Y ahora vuelvo a escribir yo. Vivo sin lograr encontrar el tono, la voz, ni el punto de vista. Regresas a la segunda persona y, por un momento, parece que funciona. Pero enseguida deja de hacerlo. Entonces vuelvo a utilizar el yo porque creo que está más cerca de las cosas. Y las cosas te repelen. Y llevan a tú. Es un espejo extraño, que me refleja y me refracta, que me expulsa y sin embargo me atrae. Pierdes tu lugar. Estás fuera de ti. Por eso no logras habitar el yo. Por eso no puedo acercarme a mí. Y, sin embargo, tampoco logro irme del todo, convertirme en la voz incorpórea del tú. Supongo que es la esquizofrenia, el sentirme cada vez más escindido, más partido entre el lugar en el que estoy y el lugar desde el que pienso. Y esto te lleva a perder la voz, a confundirla, a vivir desorientado, fuera-dentro de ti, fuera-dentro de mí. 
Así que decides que este diario en voz no tendrá una sola persona, sino que serás múltiple. Seré yo, serás tú y será él. Él o ella, o incluso ello. Ta…